OPINIÓN

Libre comercio: o tigres o leones. No todos ganamos

El cambio tecnológico genera polarización, menos empleos intermedios y más empleos en los extremos sin afectar sensiblemente al nivel de empleo, al menos de momento. Por el contrario, el comercio sí parece afectar al nivel de empleo.

Libre comercio: o tigres o leones. No todos ganamos.
Libre comercio: o tigres o leones. No todos ganamos. HypnoArt

Las dudas sobre la bondad del acuerdo de libre comercio con Canadá (CETA) son razonables y en cierto modo lógicas. Es necesario que cualquier acuerdo que se firme, cualquier tratado que implique reconsiderar nuestras relaciones comerciales con otros países, sea sometido en la medida de lo posible a discusión y exposición pública. Y es que, aunque todos convengamos en que el comercio es deseable, no es menos cierto que los posibles costes que pueden provocar los ajustes ante nuevos tratados deban ser cuando menos explicitados y señalados.

No hace mucho tiempo el discurso era singularmente simple. El comercio es bueno. Punto. Uno apelaba a la ventaja comparativa y se obtenía como resultado que todos los participantes ganaban. “Tigres y Leones, todos somos campeones”, como decía el añorado Torrebruno. Y todo ello a pesar de que ciertos modelos teóricos sobre comercio internacional ya señalaban desde hacía décadas los costes que este implicaba para ciertos colectivos. A pesar de ello, los detractores del comercio, e incluso aquellos que se atrevían a posicionarse en un relativismo moderado, eran tratados con desdén. Algo parecido ocurre con el cambio tecnológico. Si el avance de la tecnología implica una mejora en productividad y, en definitiva, de todos, ¿cómo es posible que surja si quiera una sola voz en contra? Ignorancia, pensaron algunos.

Existe un debate sobre cuál de estos dos factores, comercio y tecnología, empujan más a la desigualdad y cuál genera más perdedores

Sin embargo, con el paso de los años se va entendiendo que los matices importan, y mucho. Creo que siguen siendo minoría aquellos que niegan la bondad del comercio y del cambio tecnológico cuando se aproxima el análisis desde un punto de vista objetivo. Yo sigo estando del lado de los que creen que tanto la libertad de comercio como el avance tecnológico son la base fundamental para el desarrollo y bienestar. Sin embargo, es imperativo discutir sobre la distribución de dichos beneficios, y que en los últimos años parecen ser menos igualitarios de lo que antaño pensábamos. Y es que puede ser que o bien los perdedores sean más numerosos o bien que estos se hagan notar más.

Existe un debate sobre cuál de estos dos factores, comercio y tecnología, empujan más a la desigualdad y cuál genera más perdedores. Hasta la fecha, la mayoría de los análisis han encontrado que mientras el cambio tecnológico se revela como el principal causante del aumento de la desigualdad en algunos países, el comercio parece ser más neutral. Sin embargo, muchos economistas mantienen la sospecha de que algo no se está valorando correctamente. Asumir que solo el cambio tecnológico, y no el comercio, es el causante de la pérdida de rentas por parte de algunos es muy simplista. Y lo es debido a la complejidad que supone aislar ambos factores. Y es que el comercio y el cambio tecnológico no pueden desligarse, son dos caras de la misma moneda. 

Les pongo un ejemplo. Supongamos que trabajaba en un “call center”. En una primera fase de la globalización, gran parte de estos centros de trabajo se trasladaron a países emergentes o en desarrollo. Esta deslocalización es consecuencia clara de dicha globalización. Pero es evidente que sin el cambio tecnológico esto no hubiera sido posible. 

Después de haber soportado el primer envite de la globalización o del cambio tecnológico, uno podría ser optimista y pensar que su empleo, de momento, está a salvo

Supongamos que aún trabaja en uno de los irreductibles “call centers” que sobreviven en nuestro país. Si es así, después de haber soportado el primer envite de la globalización o del cambio tecnológico, uno podría ser optimista y pensar que su empleo, de momento, está a salvo.

Sin embargo, de nuevo no es así, ya que tanto el cambio tecnológico como la globalización acechan este y muchos más empleos. Supongamos que la Inteligencia Artifical se pone al servicio de estos “call centers”. Tarde o temprano, en cuanto la tecnología alcance los niveles óptimos para poder satisfacer la demanda concreta de un cliente, algunos afirman que en 2020 como muy tarde, esta IA podrá sustituir a personas en dichos empleos. Seremos capaces de interactuar con máquinas que podrán respondernos con lógica y con sentido a nuestras demandas. En ese momento hablaremos muy probablemente de la pérdida de millones de empleos, no solo en países como el nuestro, sino particularmente en muchos otros. No habrá limitaciones para que gran parte de este servicio se localice en pocos servidores situados en cualquier país, y desde donde exportar sus servicios al resto del globo. Todo gracias al cambio tecnológico y al comercio (la globalización). Benditos sean.

Desligar cambio tecnológico con globalización es complejo. Sus efectos están entrelazados y en gran parte son comunes

Así pues, desligar cambio tecnológico con globalización es complejo. Sus efectos están entrelazados y en gran parte son comunes. Sin embargo, siempre parece más fácil aislar los efectos del cambio tecnológico. Son numerosos los trabajos que han encontrado causalidad entre cambio tecnológico y aumento de desigualdad, pero no así desde la globalización. Una razón puede ser que “globalización” es un concepto ambiguo y excesivamente agregado. Es complejo establecer las relaciones causales e identificarlas convenientemente. Es mucho más fácil escoger un empleo o una tarea y ver si esta, a lo largo del tiempo, ha sido automatizada. Ver hacia qué ocupaciones o tareas han sido “deslocalizados” los trabajadores. Sin embargo, es mucho más difícil relacionar aumento de importaciones con pérdida de empleo o, por ejemplo, desigualdad. Las relaciones causales son más difusas. De ahí el problema con el gráfico del elefante de Milanovic. Por último, los nuevos canales comerciales, las cadenas de valor muy relacionados con la transmisión de “know how” o el aumento del comercio de servicios dificultan aún más identificar dichos efectos.

Sin embargo, cuando uno acude a análisis de precisión quirúrgica, como son los que últimamente nos ofrecen David Autor, David Dorn y Gordon Hanson, obtenemos una visual mucho más “limpia”. Es como si nos pusiéramos unas gafas para distinguir efectos. Y es lo que hacen estos autores. Nos ofrecen esos anteojos, ese microscopio que permite desligar efectos.

Así, lo que estos autores encuentran es que el cambio tecnológico genera polarización, menos empleos intermedios y más empleos en los extremos (servicios de bajos salarios y empleos muy cualificados y muy bien remunerados) sin afectar sensiblemente al nivel de empleo (gracias a un efecto renta), al menos de momento. Por el contrario, el comercio sí parece afectar al nivel de empleo, reduciéndolo.

Ambos pues afectan por ejemplo a la desigualdad. Ambos penalizan a un tipo determinado de trabajador. Pero mientras uno no supone especialmente la pérdida neta de empleo, otro parece sí afectar al nivel. Sus efectos por lo tanto no son similares, aunque en cierto modo de consecuencias similares en términos de equidad.

Estos efectos son preocupantes y no deben pasar desapercibidos o desatendidos. Como ya expliqué en su momento, comercio y cambio tecnológico, tal y como se observa en los últimos tiempos, pueden provocar desigualdad y rencor. Y ambos son corrosivos para una convivencia en paz dentro de sociedades libres y democráticas. Es por ello que es el momento de discutir seriamente cómo afrontaremos estos problemas de futuro. Ya saben lo que se dice, esperemos lo mejor y preparémonos para lo peor. No sé si fue Torrebruno al primero que se lo escuché. Quizás sí, o quizás no. Pero es un buen consejo.


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