OPINIÓN

Democracia y tipos de interés negativos

Aplicar tipos negativos, por mucha razón que pueda tener un discurso técnico, puede encontrar una contestación social intensa.

Democracia y tipos de interés negativos.
Democracia y tipos de interés negativos.

La reunión de Jackson Hole ha dejado algo claro. La política monetaria hizo sus deberes y, posiblemente, más de lo que le hubiera correspondido. Una crisis sin precedentes en décadas, unida a una política fiscal generalmente decepcionante, obligó a los banqueros centrales, con el objetivo de sortear la depresión, a disparar con una artillería no conocida hasta el momento. Gracias en parte a tales políticas, dichas economías retornaron a un crecimiento que, sin embargo, quedaba señalado por profundas cicatrices mientras dejaba en el camino a una política monetaria exhausta. En este sentido, es de temer el advenimiento de una nueva recesión con unos bancos centrales que difícilmente podrían reaccionar adecuadamente. Por ello, muchos economistas empiezan a hablar de políticas monetarias “novedosas”, en este caso no tanto por su intensidad – ya hemos experimentado la flexibilización cuantitativa, QE – sino por su instrumentalización.

La política monetaria tiene el objetivo de controlar la inflación. Además, y llegado el caso, debe minimizar los efectos de los ciclos económicos

Recordemos que la política monetaria tiene el objetivo de controlar la inflación. Además, y llegado el caso, debe minimizar los efectos de los ciclos económicos. Desde hace décadas, los bancos centrales articulan los tipos de interés nominales a corto plazo para alcanzar tales objetivos. Interviniendo en dichos tipos de interés, se interviene en las decisiones de los particulares sobre cómo mantener su riqueza financiera, distribuyéndola entre efectivo y ciertos activos financieros con rentabilidad. De este modo, el banco central puede influir en el mercado de bienes y servicios a través de variables reales como el consumo, la inversión y los precios.

La debilidad de los bancos centrales se materializa en que en estos momentos la posibilidad de aplicar tales medidas está casi agotada. El lento crecimiento de algunas economías observado en la recuperación tras la crisis financiera, la bajísima inflación y los bajos tipos de interés a largo plazo impiden que los bancos centrales, llegado el caso, puedan aplicar una política monetaria óptima. Ante la posibilidad de una nueva recesión (que llegará), unos tipos de interés nominales peligrosamente cercanos al 0 % (si es que no lo están aún) impone una desagradable limitación a estas entidades.

Si la economía no está equilibrada en tipos de interés nominales positivos, los bancos centrales no tendrán más remedio que reducirlos hasta donde fuera necesario

Es por esta razón, principalmente, que muchos economistas estén valorando la posibilidad, y las consecuencias, de trabajar con tipos negativos. Esto quiere decir que, para un ahorrador, parte de sus activos financieros menguarían con el paso del tiempo. La razón “técnica” de esta propuesta es que si la economía no está equilibrada en tipos de interés nominales positivos, los bancos centrales no tendrán más remedio que reducirlos hasta donde fuera necesario.

Pero imponer tipos negativos es complejo, al menos en una economía con dinero en efectivo. Por este motivo cada vez más se habla de la eliminación del mismo, pues sería el camino para poder implementar este tipo de políticas monetarias "anormales”. La razón es tan simple como que la existencia de efectivo impide establecer tipos negativos mucho más allá de lo que determinen los costes de transacción entre efectivo y otros activos financieros. Así, en un mundo con billetes y monedas, si un banco comercial fijara rentabilidad negativa en los activos que vende a sus clientes, estos muy posiblemente preferirían llevarse sus ahorros para depositarlos debajo del colchón. Allí, con su estupenda rentabilidad nominal del 0%, sería siempre preferible a una negativa ofertada por el banco. Por supuesto, es probable que el cliente aguantara con sus ahorros en el banco por otras razones, por lo que ciertos niveles negativos pueden seguir siendo preferibles a tener el efectivo en casa, por ejemplo, por seguridad o comodidad. En dicho caso, es como si pagaran una cuota porque te guardaran algo. Sin embargo, es factible pensar que, llegado un límite, llegada una rentabilidad negativa, el ahorro saldría del banco, limitando considerablemente la capacidad de los bancos centrales en influir en las decisiones de consumo, inversión y ahorro. Es por esta razón, y quizás no tanto para luchar contra las actividades ilícitas, por lo que cada vez más oímos hablar de la posibilidad de eliminar el dinero en metálico.

Un tipo de interés nominal negativo actuaría de facto como un impuesto contra el ahorro

Pero esta posibilidad de imponer tipos de interés negativos chocaría frontalmente con una cuestión moral. Un tipo de interés nominal negativo actuaría de facto como un impuesto contra el ahorro. Estos se reducirían mes a mes, año a año, por el simple hecho de tenerlos materializados en activos con rentabilidad nominal negativa. Incluso aunque la rentabilidad real fuera positiva, es decir, si existiera deflación, el ahorrador percibiría que su capital nominal menguaría, lo que le llevaría seguramente a un rechazo frontal de esta medida.

Que un banco central, dirigido por técnicos e independiente de los gobiernos, pueda imponer un coste, un impuesto, a los ahorros de los ciudadanos es complejo de aceptar. Si ya hay quienes protestan por las bajas rentabilidades, ¡qué sería del caso en el que estas fueran negativas! Evidentemente, desde el punto de vista macroeconómico puede tener sentido, como cuando se proponen subidas de impuestos para sufragar el gasto. Pero en el caso de los tipos negativos dos cuestiones lo distancian de una política fiscal basada en subidas de impuestos.

La primera es que en realidad dicho “impuesto” no tendría ninguna finalidad real inmediata. Por supuesto, ayudaría a mejorar el ciclo y a evitar mayores y pronunciadas recesiones. Pero este beneficio sería muy difícil de trasladar al imaginario colectivo. Un gobierno puede argumentar que sube, por ejemplo, el IVA, para poder así financiar sanidad o educación. Sin embargo, un banco central tendría muchas dificultades en trasladar un mensaje convincente sobre el destino de ese dinero “extraído”.

A los gobiernos y sus políticas fiscales se les eligen. Al banquero central, no

En segundo lugar, porque habría un déficit democrático en esta medida. A los gobiernos y sus políticas fiscales se les eligen. Al banquero central, no. Muchos defendemos la independencia de los bancos centrales y su gestión por técnicos preparados. Esto obliga a que en la medida de lo posible su gestión y funcionamiento sea ajeno a los ciclos políticos y por ello, desde luego, a los procesos democráticos. Mientras su actividad sea todo lo “ajena” posible al día a día del ciudadano, la queja de este último será mínima. Pero en el momento en el que sus decisiones entren de lleno en su percepción de las cosas, el déficit democrático de estas entidades actuará como un resorte contra su propia existencia. 

De este modo una posible limitación a la aplicación de tipos negativos no vendría particularmente de las posibles dificultades técnicas, sino especialmente de su aplicación en una sociedad democrática. Aplicar tipos negativos, por mucha razón que pueda tener un discurso técnico, puede encontrar una contestación social intensa.

Esperemos que no llegue a ser necesaria esta posibilidad. Esperemos que en poco tiempo las economías vuelvan a mostrar el vigor necesario para poder afrontar subidas de tipos nominales seguras y adecuadas. Esperemos que nunca haya que elegir entre el bien común, el ciclo de todos, o los ahorros de cada uno. Pero si en algún momento fuera necesario, a quien le toque discernir sobre esta cuestión, tendrá que tragarse un buen sapo.


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