OPINIÓN

Capitalismo o cómo morir de éxito

El mejor garante de un sistema de mercado es que haya competencia, y el mejor garante de que haya competencia, paradójicamente, es que haya regulación.

Capitolio del Estado de Utah, Salt Lake City. Estados Unidos.
Capitolio del Estado de Utah, Salt Lake City. Estados Unidos. Zac Nielson

Recuerdo una escena de un documental sobre el universo donde Stephen Hawking mostraba cómo se crearon las galaxias. Argumentaba que, después del Big Bang (en nuestros términos temporales mucho después) ligeras perturbaciones en la distribución de la materia y energía permitía colapsarlas en puntos concretos, dando lugar a estrellas y estas a su vez a galaxias. Todo gracias a la simple gravedad. Así, si se dejaba la materia a su libre albedrío, lo que vendría sería la concentración de la misma en el espacio, dando lugar a hermosas y bellas formaciones. En la constelación económica, dominada por empresas, ocurre otro tanto. Las empresas, bien por la muerte de la gran mayoría o la absorción de unas por otras, terminan concentrándose en empresas o corporaciones cada vez mayores y por este mismo motivo con más poder de mercado. En este caso son las economías de escala, los spillovers y las barreras de entrada las que reproducen la fuerza de la gravedad y que paradójicamente, como veremos, pueden terminar por llevar al colapso de la legitimidad del sistema económico que conocemos, y por ello, amenazar su propia supervivencia.

Recientemente varios casos aparecidos en los medios me han hecho reflexionar sobre este asunto. En primer lugar, la posible absorción (o compra) de Opel por Peugeot. En segundo lugar, las presiones que Facebook está imponiendo a Snapchat por decidir no pasar a formar parte del gigante de las redes sociales. Por último, y aunque más tangencial, por el conflicto de los estibadores y la permanente llamada de muchos a la necesaria competencia para alcanzar cotas mayores de eficiencia económica.

La mayoría de los mercados son de competencia imperfecta cuando no de oligopolio

En microeconomía explicamos qué es un mercado de competencia perfecta. Muchos saben, sabemos, que este mercado representa una situación irreal. Es un modelo mental donde existen multitud de empresas y donde ninguna de ellas tiene poder de mercado. En esta situación, los bajos precios que son consecuencia de la elevada competencia beneficia a unos consumidores que de este modo maximizan su bienestar. A pesar de que es un mercado irreal, tiene su utilidad, pues permite analizar otros mercados más “reales” poniéndolos en comparación con este supuesto de máximo bienestar.

En realidad, la mayoría de los mercados son de competencia imperfecta cuando no de oligopolio. En estos casos, en general, las empresas tienen poder de mercado. Es decir, tienen capturada parte de su demanda mediante lazos de lealtad o de sensaciones. Esto les permite no sólo mantener políticas de precios que serían imposibles en mercados de competencia perfecta sino incluso capturar parte de esa “felicidad” o bienestar que el consumidor disfrutaría en dicho caso. La razón es que los precios son mayores que cuando muchos compiten y, aunque podamos disfrutar de la diferenciación de productos, estaríamos definitivamente pagando más por un producto que se produce en menor cantidad (menos oferentes). La empresa así “captura” parte de ese bienestar del consumidor. En el caso del monopolio, la “transferencia” de bienestar a la empresa es máxima, por lo que terminamos en la situación menos ventajosa para un consumidor. Por este y por otros razonamientos se ha creído siempre razonable imponer reglas que permitan e inciten la competencia en los mercados. Las leyes anti-trust de principios del siglo XX iban por este camino.

En las últimas décadas se ha intensificado la concentración de empresas, ha aumentado su tamaño medio en numerosos sectores y en consecuencia la competencia se ha visto debilitada

Pues bien, según recientes estudios, en las últimas décadas se ha intensificado la concentración de empresas, ha aumentado el tamaño medio de las mismas en numerosos sectores y en consecuencia la competencia se ha visto debilitada. Así, en el gráfico que se expone a continuación se muestra la variación del peso en el empleo de las empresas de los Estados Undios clasificadas por tamaño entre 1997 y 2014. Como se puede observar, sólo ha aumentado el peso de aquellas empresas con un número elevado de trabajadores. Por el contrario, las pequeñas y medianas empresas son hoy menos importantes que hace 20 años.

Gráfico 1.
Gráfico 1. A.H.

En el siguiente gráfico muestro la variación del peso en el VAB total industral de las empresas industriales españolas entre 2008 y 2014. De nuevo se clasifican por tamaño. Y también, otra vez, se observa un aumento claro del peso de aquellas empresas de mayor tamaño a costa de las empresas más pequeñas. El proceso parece pues consolidarse allá donde miremos.

Gráfico 2.
Gráfico 2. A.H.

Empresas más concentradas y empresas más grandes, con menos competencia, son empresas que capturan más renta. Entre otras cosas, esto les permite pagar mayores salarios u ofrecer más posibilidades a largo plazo a cambio de la adquisición de experiencia. Además, este efecto es tanto más intenso cuanto más relevante sea en la empresa el empleo cualificado (aquí), por lo que este proceso no es ajeno al cambio tecnológico. Además, todo ello genera un círculo virtuoso pues los mayores salarios les permiten contratar trabajadores más cualificados y que claramente poseerán incentivos a seleccionar dichas empresas a la hora de elegir empleo. Esto eleva aún más las ventajas de estas corporaciones frente a sus competidores, concentrando más aún el mercado. De hecho, está demostrado que gran parte del aumento de la desigualdad salarial desde los años ochenta proviene de las diferencias en los salarios pagados entre las diferentes empresas y no tanto, como se pensaba, del aumento de las retribuciones a ciertas características de los trabajadores.

Gran parte del aumento de la desigualdad salarial desde los años ochenta proviene de las diferencias en los salarios pagados entre las diferentes empresas y no tanto del aumento de las retribuciones a ciertas características de los trabajadores

Por otro lado, otros estudios observan como la mayor concentración del negocio en pocas empresas puede estar provocando un menor crecimiento económico. Así, la menor competencia elimina el incentivo a mejorar, lo que puede llevar a su vez a una menor inversión y en definitiva a un menor crecimiento. Así, el corporativismo podría ser una causa más del menor crecimiento económico (y rentabilidad) a largo plazo que se observa en los países occidentales de los últimos años.

¿Cuál es la solución? Por suerte, la microeconomía lleva años desarrollando análisis y proponiendo intervenciones para mejorar la competencia de los mercados. Y sí, el modo es primordialmente a través de una regulación que es absolutamente necesaria. La competencia debe ser impuesta. Es por ello que existe ya una larga tradición, no solo de leyes sino de instituciones que buscan defender la libre competencia, como es el ejemplo de la Comisión Nacional de los Mercados y Competencia en España. Hay que asegurar que las empresas compiten en igualdad de oportunidades entre ellas, hay que eliminar barreras de entrada, hay que evitar que los estados favorezcan a ciertas empresas, hay que reducir al mínimo la existencia de mecanismos que las conviertan en meros buscadores de rentas en vez de en verdaderos productores eficientes de bienes y servicios. Es necesario intervenir y exigir. Paradójicamente, el mejor garante de la competencia es el propio estado.

Hay que asegurar que las empresas compiten en igualdad de oportunidades entre ellas, hay que eliminar barreras de entrada, hay que evitar que los estados favorezcan a ciertas empresas

Como le pasaba a Hawking en su ejemplo, pequeñas diferencias entre empresas determinan caminos diferentes que pueden y, así será, determinar la aglomeración de la actividad en pocas manos. El efecto sobre la desigualdad y un crecimiento no inclusivo mermará y minará la legitimidad del sistema. Por ello, y como siempre ha sido así, el mejor garante de un sistema de mercado es que haya competencia, y el mejor garante de que haya competencia, paradójicamente, es que haya regulación.

Nota: este post es el resultado de conversaciones con Gonzalo López, Kamal Romero y Jorge Díaz-Lanchas. Parte de las ideas expresadas aquí es reflejo de sus valiosas aportaciones.


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