Proteccionismo CETA: comercio, camisas oscuras y miradas miopes

Los efectos adversos del CETA, aunque existirán, se están magnificando. El comercio destruye empleo a corto plazo. Pero lo crea con creces a medio y largo plazo. El comercio tiene su repentina cara amarga, sí. Pero tiene una enorme parte positiva.

La Eurocámara aprueba por amplia mayoría el tratado CETA con Canadá.
La Eurocámara aprueba por amplia mayoría el tratado CETA con Canadá. EFE

Resulta conmovedor ver como la izquierda más combativa y la derecha más reaccionaria se besan en los labios cuando el enemigo es el libre comercio. Unos defienden a un Trump que lo único de lo que ha dado muestras desde que es presidente, incluso antes, es de una profunda ignorancia en muchos ámbitos; de una incapacidad para comprender el mundo en el que habita y de entender qué puede ser lo mejor para los trabajadores estadounidenses. En particular, su defensa del proteccionismo es ingenua, naïve, ignorante y por todo ello, errónea.

Aquello de proletarios del mundo o de la internacional socialista se ha quedado en un mero “qué hay de lo mío"

Los otros creen vivir en un mundo de ilusión, donde la mejor manera de sobrevivir a los cambios es escondiendo la cabeza bajo la tierra. Aquello de proletarios del mundo o de la internacional socialista se ha quedado en un mero “qué hay de lo mío (local)”. Son incapaces de comprender que el mundo ha cambiado, que es diferente. Un mundo que como un tsunami estará dispuesto a barrernos de la faz de la tierra a poco que queramos frenarlo con los brazos extendidos. No comprenden que la tarea de la nueva izquierda es procurarnos los medios para poder vivir en este nuevo entorno. Facilitar las oportunidades a aquellos que no las tienen. Permitir que los desplazados, los perjudicados, los damnificados tengan una segunda, tercera y cuarta oportunidad. Y poner al Estado y sus recursos, ahora más necesarios que nunca, al servicio de tales objetivos.

Y es que ninguna de las dos facciones entiende bien qué supone un acuerdo como el CETA. El CETA es uno más, ¡solo uno más!, de los muchos acuerdos comerciales que venimos firmando y aceptando desde que finalizara la Segunda Guerra Mundial. Es un acuerdo que, como muchos otros, permitieron la recuperación de Europa. Sí, un acuerdo que puede beneficiar a las grandes multinacionales. Sí, es un acuerdo que puede suponer cierta pérdida de soberanía. Pero es un acuerdo con un país garante de los derechos laborales, de los derechos de sus ciudadanos. Es un acuerdo con un país que miramos con envidia. Un país ejemplo en muchas facetas. Además, es un acuerdo que también nos beneficia. Es un acuerdo como tantos otros que a largo plazo beneficiaron a los ciudadanos cuyo bienestar no hizo sino mejorar desde entonces. Es uno más de esos acuerdos que nos han permitido integrarnos, vernos como europeos, como ciudadanos libres en un mundo cada vez más igual.

El comercio nos ofrece una oportunidad. Solo hay que tener la voluntad de aprovecharla

Y sí, no es menos cierto que es uno de esos acuerdos que cerrará empresas, que desplazará trabajadores o infligirá daños a colectivos cuyo medio de vida estaba asegurado en los entornos apacibles del proteccionismo. Cierto. Algunos irán al desempleo. Lo veremos en la televisión, lo oiremos en la radio o lo leeremos en las redes sociales. Tampoco es menos cierto que el libre comercio ha aportado su granito de arena en el aumento de las diferencias salariales entre los trabajadores; y entre estos y los más “acomodados”. Es verdad que ha limado algunos derechos para ciertos lobbies, ya sean de empresarios o de trabajadores. Todo esto es cierto. Y por ello debe estar sometido a consideración.

Pero debemos tener altura de miras. El comercio no solo nos puede perjudicar. El comercio nos ofrece una oportunidad. Solo hay que tener la voluntad de aprovecharla. El comercio nos permite vender, comprar, disfrutar, compartir, conocer, saborear, sentir, oler… Nos permite acceder a bienes que antes no estaban a nuestro alcance. Nos permite exigir a nuestras empresas menores precios o mayores calidades. Nos obliga a ser mejores, y a cambio, a largo plazo, nos retribuye con más por menos esfuerzo. El comercio destruye empleo a corto plazo. Pero lo crea con creces a medio y largo plazo. El comercio tiene su repentina cara amarga, sí. Pero tiene una enorme parte positiva.

El porcentaje de productos libres de aranceles que ya se exportan desde Canadá a la Unión Europea, en términos de valor de las importaciones, fue del 82,1 % y 82,4 % respectivamente

Además, los efectos del CETA, aunque existirán, se están magnificando. Así, según los datos de la Organización Mundial del Comercio, las exportaciones canadienses a la Unión Europea ya poseen unas tarifas arancelarias que podríamos definir como muy bajas. Para datos de 2014, las exportaciones canadienses de productos agroalimentarios tenían que hacer frente a un tipo impositivo medio del 3,1 %. Para productos no agroalimentarios, ese tipo fue del 0,9 %. Así, de un valor de dichas exportaciones a la UE de 32.724 millones de dólares, el monto total satisfecho en concepto de aranceles fue de 358 millones, tan solo un 1,1 %. Además, el  porcentaje de productos libres de aranceles que ya se exportan desde Canadá a la Unión Europea, en términos de valor de las importaciones, fue del 82,1 % y 82,4 % respectivamente.

En cuanto a España, ha ganado extensamente gracias al comercio internacional. Soy aún joven, pero tengo edad suficiente como para recordar aquél “ya somos europeos”. Desde entonces el país ha cambiado. El PIB es hoy el doble en términos reales que en 1986. En empleo, hay casi 6 millones más de ocupados. Es verdad, nuestra integración a la Unión Europea puede ser una, y quizás no la más importante de las causas de esta tendencia a largo plazo. Pero no es menos posible entender con estas cifras que no tiene ningún sentido apelar a visiones apocalípticas cada vez que asumimos un nuevo acuerdo comercial con un país tercero. De nuevo, es necesario considerar que la integración provocó importantes cambios en términos de distribución de empleo y producción por sectores. Pero surgieron nuevos empleos, nuevas oportunidades y nuevos sectores. Así pues, a pesar de esos costes a corto plazo, que son muy evidentes, debemos apelar a los beneficios a largo plazo, quizás más difusos, pero no por ello inexistentes.

Cualquier debate sobre apertura comercial se dota rápidamente de colores extremos que no provienen de observaciones ni análisis sosegados, sino de juicios y prejuicios

Y es que en realidad, el debate sobre el libre comercio en general y del CETA en particular de lo que realmente se trata es de un enfrentamiento en dos dimensiones. En una de ellas, entre globalización y democracia. Los acuerdos de libre comercio implican sacrificios de soberanía y cesión de decisiones a organismos que no son elegidos directamente por los ciudadanos. En segundo lugar se trata de un enfrentamiento ideológico: la relamida discusión Mercado-Estado. En este sentido, cualquier debate sobre apertura comercial se dota rápidamente de matices y colores extremos que provienen no de observaciones ni análisis sosegados, sino de juicios y prejuicios fundamentados en visiones de una realidad radicalmente diferente.   

Cuando oigo y leo a liberales de camisas oscuras o a comunistas de mirada miope argumentar contra el libre comercio, me hago siempre la misma pregunta: ¿por qué no seremos capaces de entender que para caminar no hay que mirar al suelo, sino al frente, y cuanto más lejos, mejor? Solo de este modo seremos capaces de alcanzar cualquier objetivo que queramos sin por el camino sufrir tropiezo alguno.


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