Juan Manuel Moreno-Luque

A vueltas con la banca sana. Tengan cuidado con las palabras

El presidente del Banco Santander, Emilio Botín, ha pedido, nos cuentan los "corresponsales financieros", que se evite que los contribuyentes y la banca sana paguen más rescates.

Suena bien, pero es una petición capciosa. Botín sabe que no es posible. No existe la "banca sana" y, en consecuencia, ni ha pagado ni va a pagar ningún rescate, ni en Estados Unidos, que ha rescatado 414 bancos, ni en Europa. Tampoco puede existir la banca sin ayudas públicas. El Fondo de Garantía de Depósitos está seco. Su balance de situación muestra, a 31 de diciembre de 2011, un patrimonio negativo de 2.025,5 millones de euros. ¡Vaya garantía! Por otra parte, el BCE es rehén del sistema bancario. Se ve obligado a actuar como prestamista en última instancia no ocasional y ha perdido toda capacidad de maniobra. Por si fuera insuficiente, S&P acaba de rebajar la nota del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera creado en 2010.

Mientras que la Comisión Europea ha aprobado ayudas públicas a la banca por importe de 4,5 billones entre 2008 y 2012, el Fondo de Garantía de Depósitos español, el dique bancario junto al capital contra la crisis, que garantizaba a finales de 2012 depósitos y valores por 1.160.022,3 millones €, aprobó, para restaurar su "suficiencia patrimonial", una derrama de la banca a pagar en 10 cómodas cuotas anuales de 234,6 millones de euros. Ver para creer.

En consecuencia, tengan cuidado con las palabras como "banca sana" o "banca bien gestionada". Para empezar, no son expresiones equivalentes. Las palabras son herramientas de doble uso, aclaran y confunden. Koselleck, el principal estudioso del lenguaje político y social, nos enseña cómo dependen las palabras de los intereses de los que las ponen en circulación y las emplean. Desconfíen también de palabras como "rescate", si no le dicen a quién se rescata, o "contribuyente", versión muy reduccionista del ciudadano.

No confío en las palabras de Botín ni en su preocupación por los contribuyentes y, menos, en la salud de una banca que ha olvidado las funciones que la justifican y suspira por especular con el dinero ajeno.

La fragilidad de la banca plantea diversas cuestiones merecedoras todas ellas de atención pero tan heterogéneas que ningún modelo puede abarcarlas. La economía bancaria está en plena evolución y son muchas cuestiones por resolver. La UE, como siempre, avanza, desde el año 1966 (Informe Segré), con extraordinaria lentitud y torpeza. Ha aprobado últimamente un reglamento y una directiva en junio de 2013, con el objetivo de limitar los incentivos perversos de las disparatadas e injustificadas remuneraciones de los banqueros, de mejorar la supervisión prudencial y capitalizar un sistema infracapitalizado. Han sido necesarios 600 mil millones de euros desde 2007, según Botín, para recapitalizar el sector europeo. Pero la directiva sobre el rescate y resolución de entidades de crédito, que es de lo que aquí hablamos, está todavía sin aprobar dadas las polémicas cuestiones que se vienen discutiendo desde 2008 para la construcción de un marco que regule los poderes de la autoridad encargada de la resolución y la financiación de los rescates.

La experiencia del FROB, que se ha desentendido del masivo fraude de las preferentes y de la deuda subordinada y ha expropiado los ahorros de cientos de miles de familias españolas es, sin duda, un caso de escuela de fraude de ley y de desviación de poder, incompatible con los principios de la UE e inaceptable en un Estado de derecho. La UE no obligó ni podía obligar a que las víctimas de una estafa pagaran el rescate de los estafadores.

No existe la "banca sana" por más que en un país de tantos ciegos el tuerto sea rey. A partir de los años 70, el entorno de los bancos cambió profundamente. Diversos factores entre los que cabe destacar graves problemas de control de los riesgos que gestionaban y variaciones extremas de los tipos de interés hicieron muy peligrosa la transformación de riesgos que realizaba la banca y las crisis bancarias sancionaron la incapacidad de la lógica exclusiva de intermediación de riesgos por transformación de los balances bancarios. Los años 1970 y 1980 en los países anglosajones y la primera mitad de los años 90 en la Europa continental han conocido crisis bancarias cuyos costes sociales han sido enormes. Para enfrentarse a las disfunciones de la intermediación, los bancos se embarcaron en una lógica totalmente diferente sostenida por los mercados y apoyada por la ingeniería financiera, disociando los riesgos complejos en factores de riesgo elementales aptos para ser transferidos. Las interdependencias creadas por este proceso hacen al sistema financiero vulnerable a la desaparición brutal de liquidez en cualquiera de los segmentos de la cadena, cada vez más compleja, del riesgo.

No es fácil comprender los aspectos contradictorios de las finanzas contemporáneas, ni sus impredecibles y catastróficos resultados.

En contra de lo que da a entender Botín, la llamada "banca sana" y los "contribuyentes" (mejor, ciudadanos) no son, ni pueden ser, compañeros de viaje. En caso de debacle, son los ciudadanos los únicos capaces de pagar los defectos y excesos de la banca. La banca puede crear enormes problemas pero es incapaz de darles solución. En consecuencia, en democracia hay que reconocer y conceder el control a los ciudadanos. Los defectos y excesos estructurales del sector bancario (los problemas de solvencia y liquidez, la exposición a las retiradas masivas de depósitos y a los pánicos bancarios, la persistencia del racionamiento en el mercado de crédito) justifican la regulación, la supervisión y los mecanismos excepcionales de rescate, pero siempre respetando la seguridad jurídica y bajo el control democrático de los ciudadanos, que son los que crean riqueza.

Botín debería desconfiar de los "corresponsales financieros", sobre todo si son más papistas que el Papa, o leer El Quijote. En el capítulo 25 de la primera parte Sancho Panza le dice a su señor: no debería haber puesto en mi boca la palabra asno ya que no se debe nombrar la soga en casa del ahorcado.


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