Juan Manuel Moreno-Luque

La historia inacabada del euro

Me niego a escribir sobre Grecia al dictado de quienes se sienten cómodos con los axiomas de las Instituciones que no ven que la zona euro se empieza a hundir a sus pies. Tampoco deseo escribir influido por quienes, viendo que el mundo se hunde a sus pies, piensan que la UE ha acabado siendo una estructura de opresión y de represión, un conjunto profundamente antidemocrático y antisocial. Mi posición no es, sin embargo, equidistante entre ambas visiones.

Analizando las contradicciones que estamos viviendo resulta que la principal, la viabilidad o inviabilidad del euro, es responsabilidad de la UE y no de Grecia

Analizando las contradicciones que estamos viviendo resulta que la principal, la viabilidad o inviabilidad del euro, es responsabilidad de la UE y no de Grecia, como también es responsabilidad de la UE su incompetencia y lentitud en todo lo relacionado con la construcción de un mercado de capitales europeo (fragmentado, ineficiente, costosísimo e inseguro) demostradas durante los últimos 50 años y su torpeza en estos últimos meses en la gestión de la crisis griega, el país más frágil y más desequilibrado de la zona euro asumiendo un importante riesgo reputacional, como ha demostrado el reciente referéndum, por tratar de condicionar de forma irrealista el tercer plan de ayuda a Grecia, desde todo punto de vista inevitable.

Ya en 2001 en un premonitorio libro, Pedro Montes (La historia inacabada del euro), economista del servicio de estudios del Banco de España, advertía que si el euro vio a luz no fue como un paso lógico económico sino como fruto de la voluntad política de los gobernantes europeos, antes dispuestos a volver la espalda a la realidad que a admitir el fracaso de un proyecto largamente cultivado, en el que muchos de ellos habían empeñado su prestigio. El principal problema era, y sigue siendo, que la zona en que se implantó el euro no era, ni de lejos, una zona monetaria óptima. Es decir, entre países con un alto grado de homogeneidad y con las suficientes herramientas para hacer frente a los cambios bruscos en la demanda y en la oferta y los desequilibrios del sector financiero. Este problema ahora es todavía más grave.

Las teorías de las áreas monetarias óptimas se desarrollaron a partir de los 60 y, precisamente, el Premio Nobel de Economía de 1999 se concedió a Robert Mundell por su artículo "Teoría de las áreas monetarias óptimas" publicado en 1961 en la prestigiosa Economic Review. Mundell fue miembro del Grupo de Alto Nivel que en 1970 emitió el Informe Werner, el principal proyecto de integración monetaria europea antecedente del informe Delors de 1989 en que basó el Tratado de Maastrich aunque ambos informes muestran diferencias muy importantes. Las diferencias entre uno y otro informe se explican por la diferente composición de los Comités y por los diferentes paradigmas económicos, anteriores y posteriores a los años 70.

Karl Otto PÖHL, economista alemán presidente de la Bundesbank y miembro del SPD, advirtió que el euro exigiría fondos extremadamente importantes para remediar las diferencias de desarrollo

El Informe Delors aunque fuera fruto de una comunidad epistémica (amplia mayoría de gobernadores de bancos centrales, 13 sobre 17, con los mismos puntos de vista, valores, prácticas y objetivos) no fue, ni podía ser, pacífico. En el seno del comité Delors, Karl Otto Pöhl, economista alemán presidente de la Bundesbank y miembro del SPD, advirtió que el euro exigiría fondos extremadamente importantes para remediar las diferencias de desarrollo; Lars Heinkensten gobernador adjunto del Banco de Suecia, Pierre Jaans, director del Instituto Monetario luxemburgués, y Wim Duisenberg, economista holandés primer presidente del Banco Central Europeo de 1998 a 2003, por citar a los más reticentes, se unieron con críticas a PÖHL en diversos anexos incluidos en el Informe Delors.

Paul Jenkins, gobernador adjunto del Banco de Canadá, tomando el ejemplo de las provincias canadienses, en un libro publicado en 1997 por el FMI también advirtió que los mercados penalizarían a los más débiles imponiendo intereses prohibitivos o rehusando a prestar.

Por si fuera insuficiente, el colapso de los mercados y la insolvencia de los bancos de agosto de 2007 agravaron los problemas relacionados con la zona euro y provocó una monumental crisis de la deuda y una no menor crisis de las Instituciones que reaccionaron tarde y mal ante tantos problemas.

Numerosos economistas de varios países han analizado los efectos negativos del euro en los últimos años y son numerosas las bases autorizadas que hoy proponen disolver el euro, entre los que se encuentran economistas no europeos de talla internacional como los Premios Nobel Krugman, Sen y Stiglitz.

Los vicios estructurales del euro, durante mucho tiempo negados o minimizados, son ya abiertamente reconocidos

Los vicios estructurales del euro, durante mucho tiempo negados o minimizados, son ya abiertamente reconocidos. Está claro que la mejor solución sería la creación de un Grupo de Alto Nivel que estudiara los beneficios y costes que ha generado la unión económica y monetaria y que no descartara como opción la disolución del euro. Si ésta se decidiera, debería ser consecuencia de una decisión europea y no una vuelta a las políticas nacionalistas. Ello evitaría un desmantelamiento progresivo o desordenado de la zona euro, desastre que es imposible asumir. Permitiría definir los niveles de evaluación razonables de las monedas nacionales y de dotarse de mecanismos reguladores susceptibles de controlar las nuevas paridades y permitiría lo que es esencial, que las deudas sean automáticamente redenominadas en la moneda del país de emisión conforme al derecho internacional. La disolución podría hacerse en uno o dos días. Esta es, por ejemplo, la conclusión del Informe de la Fundación Res Publica, Los escenarios de la disolución del euro, elaborado en 2013 por dos profesores críticos del euro, el primero director de estudios de la Escuela de Altos Estudios Sociales, Jaques Sapir y Philippe Murer, con la contribución de Cédric Durand.

Si, por el contrario, se decide ignorar los problemas que está ocasionando el euro, será necesario asumir las consecuencias económicas, políticas y sociales de esta decisión sin ampararse en leyes inexorables no sujetas a ningún tipo de responsabilidad.


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