Juan Manuel Moreno-Luque

El discurso vacío de la banca digital

Cuando vuelvo de las tensas juntas de los bancos del norte (peligrosos, ineficientes y sostenidos por subvenciones implícitas), siempre me acuerdo de los resabios arcaizantes del Nobel M. A. Asturias y de su Señor Presidente, que mandaba para disimular su descortesía recitar al poeta oficial el Cantar de los Cantares. Nada que ver con los dos mil trescientos años de cortesía que evoca Borges en “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké non Suké”.

El presidente del BBVA, Francisco González, al que habíamos escuchado un discurso sobre las excelencias de la banca digital tan vacío como su silencio sobre los grandes problemas que afronta la banca de nuestro tiempo, interrumpió de forma abrupta mi intervención en la junta de accionistas y me obligó a abandonar el estrado porque no le gustó la reflexión que hacía sobre la eficiencia del banco. Intervenía en nombre de un buen número de accionistas con vocación de permanencia y con gran experiencia en banca.

Pensando en el futuro, analicé la evolución de dos coeficientes que son fundamentales en la calidad y permanencia de buenos resultados: el ratio de eficiencia y el ratio de la rentabilidad del capital: el ROE. Cuanto más bajo el primero y más alto el segundo mejor para el banco y sus accionistas.

El Banco tenía un ratio muy bajo, es decir, muy bueno en relación con sus competidores de referencia. Pero a lo largo de los últimos años la situación había ido empeorando

El BBVA históricamente, se ha distinguido por prestar mucha atención al ratio de eficiencia, lo cual es muy positivo por lo que tiene de estructural y recurrente, con impacto favorable en los beneficios y, por lo tanto, en la capacidad de pagar dividendos. El Banco tenía un ratio muy bajo, es decir, muy bueno en relación con sus competidores de referencia. Pero a lo largo de los últimos años la situación había ido empeorando. Del 38,1% de 2007 se había pasado al 51,3% de 2014, incluso por encima de competidores muy significativos.

Me preguntaba por las causas de este deterioro. Pensaba que una de estas razones podría ser los importantes gastos (3.300 millones € en cuatro años) que exige un banco digital, con resultados todavía escasos y también inciertos. En efecto, era legítimo preguntarse en qué medida la banca digital responde a la transformación a largo plazo de los mercados de capitales. Sólo un ejemplo: en 1940, en Estados Unidos, el ahorro no bancario suponía el 50% del PIB. En 2014, el ahorro no bancario suponía el 250%. Como consecuencia, la mayor entidad no bancaria mundial por activos bajo gestión es mucho mayor que el mayor banco del mundo. Y un banco digital no parecía el gestor más idóneo para esta inmensa masa de recursos financieros fuera del sector bancario.

Es perfectamente válido pensar que empresas como Google fueran, en un futuro más o menos próximo, competidoras en negocios típicos bancarios, como por ejemplo, en sistemas de pago (más seguros, baratos y eficientes). Pero es bastante menos verosímil que empresas tipo Google pudieran competir eficazmente con gigantes no bancarios como Blackrock, Vanguard o State Street, por citar los tres más importantes. En otras palabras, la llamada banca digital cubría una parte, al parecer decreciente en términos de activos, del negocio tradicional bancario. Podría ser, pues, una respuesta, parcial e insuficiente, al proceso de desintermediación bancaria. Pensemos, para guardar el sentido de la proporción, que el 1,50% de los activos bajo gestión de las 10 principales gestoras de los Estados Unidos equivale al valor en bolsa de la totalidad de las acciones de la banca española.

No se trataba de una crítica, era una reflexión que se originaba al ver el proceso de deterioro del coeficiente de eficiencia y de contemplar procesos que se han producido en los mercados de capitales más avanzados y que pueden producirse en nuestro país. Los fondos de inversión y de pensiones no alcanzan en España ni siquiera el 30% del PIB, mientras que los activos de la banca superan el 300%: un mercado de capitales propio de la prehistoria.

El presidente Francisco González no me dejó continuar y los accionistas no pudieron escuchar una última y breve reflexión que había preparado sobre la rentabilidad de los fondos propios

El presidente Francisco González no me dejó continuar y los accionistas no pudieron escuchar una última y breve reflexión que había preparado sobre la rentabilidad de los fondos propios: el ROE. Es evidente que el ratio de eficiencia afecta al ROE. En 2007, el ROE del Banco era del 34,2% y en 2014 del 5,6%, aunque parece apuntar a una cierta tendencia al crecimiento. La crisis ha sido muy profunda, pero en 2007 el ROE del banco BBVA estaba muy por encima de otros bancos de referencia y hoy está algo por debajo del de esos mismos bancos.

Aquí la reflexión tenía  otra perspectiva. De nuevo las causas del deterioro son múltiples, pero sin duda la primera parece ser la profundidad de la crisis, variable en buena medida exógena a la gestión del Banco. Pero hay otras de difícil cuantificación que sí son propias de la gestión. Parece verosímil que la expansión del Banco –la asignación de capital a nuevos negocios o ampliación de los existentes– se ha hecho en negocios, además de la informática, que no habían madurado todavía o no han respondido a las expectativas. Quizás es pronto para sacar conclusiones, pero no para estar alerta.

En el año 2007, en un libro que dedique al desgobierno de los fondos de inversión, dije que no era fácil comprender una cultura financiera como la española, autocomplaciente y poco amante de las críticas y de las evaluaciones independientes. Siete años después, a pesar de la hecatombe, veo que la situación va de mal en peor.

La descortesía, la intolerancia y la falta de respeto al accionista se compadecen mal con un banco que se presenta como el nec plus ultra de la vanguardia digital y de la excelencia en sus relaciones con clientes y accionistas.

La descortesía siempre es un error, por ello, yo, dado que representaba a otros accionistas, nunca pensé hablar en la junta de mis problemas personales como, por ejemplo, de mi fondo de pensiones en el BBVA, que se ha depreciado en los últimos 14 años en términos reales un 21%, mientras que el Banco ha cobrado en comisiones de gestión y depositaría el 35%, que han representado un 75% de los rendimientos del fondo. El mío no es un caso aislado.

Por más que se nos diga lo contrario debemos estar preparados para seguir sufragando los excesos de la banca, entre ellos, los de la banca digital

La crisis de 2007 ha revelado muchas cosas sobre la fragilidad de la banca y de su ineficiencia y sobre la incompetencia e ignorancia de la UE en relación con los mercados de capitales. Los mercados de capitales europeos nada tienen que ver con los mercados de capitales de los Estados Unidos, en donde la banca ocupa mucho menos espacio. La última Directiva europea sobre resolución de entidades de crédito me convence del alto y progresivo riesgo y coste que los clientes de la banca europea estamos asumiendo, y la experiencia del rescate bancario español me convence de que los contribuyentes por más que se nos diga lo contrario debemos estar preparados para seguir sufragando los excesos de la banca, entre ellos, los de la banca digital.


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