Hmmm...

Hemos vuelto a ganar a los franceses

El pasado domingo, nuestros bravos futbolistas caían derrotados en Maracaná frente a la escuadra brasileña, poniendo así fin a una racha espectacular de victorias que era la envidia del mundo. Pero pocas horas antes nuestras bravas baloncestistas habían asombrado a Europa entera derrotando a las francesas en su propio feudo en una vibrante final del Eurobasket femenino. El ajustado resultado, de un solo tanto a favor de las españolas, es totalmente engañoso: nuestras chicas fueron superiores en táctica, en técnica y en coraje y las jugadoras francesas solo pudieron, al final, con la plata en las manos, llorar como hombres lo que en la pista no supieron ganar como mujeres.

Con esta nueva derrota deportiva Francia supo una vez más con qué vecino se juega los cuartos. Es verdad que el último Premio Nobel de Física (compartido), Serge Haroche, es francés, pero comprenderán que el motivo de su reconocimiento, sus “innovadores métodos experimentales que permiten la medición y manipulación de sistemas cuánticos individuales” al decir de los otorgantes, apenas tiene interés en comparación con el mérito de introducir una pelota en una cesta situada a una altura considerable.

Algo similar había ocurrido hace dos años: el franco-luxemburgués Jules Hoffmann se alzó con el Premio Nobel de Medicina “por sus descubrimientos sobre la activación de la inmunidad innata", pero a quien realmente envidiaron los franceses fue al Barça que conquistó la Champions en Wembley derrotando al mismísimo Manchester United.

2008 será un año eternamente recordado por la victoria de España en la Eurocopa de fútbol, que prorrogaba una etapa de triunfos indiscutibles. Que ese mismo año dos franceses -Françoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier- obtuvieran el Nobel de Medicina por su descubrimiento del virus de la inmunodeficiencia humana tenía cierto interés, sin duda, pero bastante secundario.

El año anterior, otro francés, Albert Fert, fue premiado con el Nobel de Física “por el descubrimiento de la magneto resistencia gigante”, que algún interés debe tener, seguramente, pero nada comparado con la conquista de París por Alberto Contador en el Tour de ese mismo año. Algo similar a lo ocurrido dos años antes, cuando Nadal triunfó en el Rolland Garros con autoridad y desparpajo mientras que los franceses hubieron de conformarse con compartir el Nobel de Química en la persona de Yves Chauvin por algo tan secundario como el desarrollo del método de metátesis en la síntesis orgánica *.

La guerra sin sangre

Así podríamos seguir ad infinitum. Entre los franceses y nosotros ha habido una perpetua rivalidad natural de vecinos y, aunque en tiempos pasados los gabachos nos dieron siempre sopas con ondas en casi todos los terrenos, de un tiempo a esta parte hemos puesto, como se ve, las cosas en su sitio.

Solo que…

En fin, hablemos en serio. La obsesión por el deporte profesional como espectáculo de masas es bastante reciente, de apenas un siglo de vida. A principios del veinte, y en el marco de sociedades muy militarizadas y obsesionadas con los valores marciales, empezaron a escucharse destacadas voces que encontraban en la práctica deportiva una buena metáfora del patriotismo combativo. No se preocupen, no los abrumaré con bibliografía, pero piensen que un tipo como Ortega y Gasset, en tantas cosas sensato, tuvo también sus malos momentos y escribió disparates tan notables como “El origen deportivo del Estado”, un ensayito surgido al calor de sus entusiasmos por la dictadura de Primo de Rivera, en el que nuestro pensador de cabecera consideraba el espíritu deportivo como una metáfora del deseo humano y lo dotaba de atributos como –ahí es nada- la entrega desinteresada.

En esas andaba el barón de Coubertin, que algunos años antes se había inventado lo de los Juegos Olímpicos modernos cuyo éxito inicial fue muy relativo pero que, poco a poco, adoptaron las grandes potencias como un modo de fomentar las filias y las fobias entre ciudadanos y pueblos de un modo razonablemente más barato y menos sangriento que el tradicional sistema de matarse a tiros.

El método no les sirvió para evitar las dos conflagraciones mundiales que encenagaron la mitad del siglo, ni algunos otros salpimentados del estilo de la guerra civil española, pero bien cabe pensar que el razonable statu quo alcanzado entre los bloques durante lo que se ha venido en llamar 'la guerra fría'ha debido mucho a la exaltación del deporte profesional como referente máximo de la patria y sus valores. Sin saber muy bien cómo ni por qué, los deportistas han pasado en muy pocos años a convertirse en el máximo exponente de la representación nacional.

Pendientes de los votos

El caso del fútbol es bien emblemático. Como deporte tiene una peculiaridad muy significada: es la única actividad humana que se desarrolla casi exclusivamente con los pies. Según algunos autores, es esto lo que podría explicar su rápido desarrollo y la fascinación casi universal que despierta. Pero no es suficiente para justificar el grado de embeleso, de fanatismo y de pasión con que sus seguidores se entregan a la veneración de sus colores. El club local o la selección nacional se han convertido en la representación simbólica de los valores del terruño o de la patria, y ay de aquel que afirme que no se siente representado por ese puñado de jóvenes multimillonarios malcriados porque corre el peligro de ser descalificado con el peor insulto que cabe imaginar en tiempos revueltos: el de antipatriota.

Pero no hace falta centrarse solo en el balompié. La profesionalización del deporte ha alcanzado a todos los rincones y disciplinas y ya a nadie le sorprende ver a alpinistas, golfistas, pilotos o jugadores de waterpolo disfrutando de un estatus salarial y reputacional muy altos por el hecho de practicar un deporte que, en sí mismo, a la mayoría de los ciudadanos le trae sin cuidado.

Desde luego que los medios de comunicación han jugado un papel muy destacado en la valoración del deporte profesional. Baste pensar que en España se editan varios diarios deportivos, amén de un sinfín de programas de radio y televisión que bombardean a cada minuto las más nimias informaciones referidas a los héroes modernos, en tanto que, por hacer una comparación cualquiera, el primer diario de información científica acaba de nacer al calor de la facilidad de internet y aún con cifras y capacidades muy modestas.

Sea por las razones que sean, a la gente le interesa de verdad el deporte y sus aledaños; las actividades científicas, por el contrario, no forman parte, digámoslo finamente, de su agenda cotidiana.

Deporte o ciencia

Un reputado científico me decía hace poco que la culpa del estado actual de la ciencia en España había que achacársela, cómo no, a los políticos, que solo están pendientes de los votos. Puede ser, no seré yo quien contradiga al docto doctor. Pero a mí, qué quieren que les diga, no me disgusta que nuestros representantes se sientan responsables ante sus votantes. Mucho mejor que aquel otro que tuvimos, que solo respondía ante Dios y ante la Historia. En consecuencia, me pregunto qué sucedería si, en la disyuntiva de elegir entre el deporte y la ciencia, nuestros gobernantes decidieran actuar en contra del sentir general de sus representados.

Qué sucedería si optaran de pronto por restablecer las ayudas a la ciencia a base de quitárselas al deporte. (Supongamos -digo, es un decir- que los fondos destinados al Plan ADO y a los JJ.OO. de Madrid, y las subvenciones a las Federaciones y las ayudas a los clubes en ruina, y sus deudas a Hacienda y a la Seguridad Social, se destinaran a los programas de investigación que han sido abandonados y a restablecer los equipos de jóvenes científicos que han tenido que emigrar).

Qué sucedería si decidieran que lo que enriquece a un país, en lo económico, en lo intelectual y en lo emocional, es su avance en materia de investigación científica y tecnológica y no el número de copas y medallas que se atesoren en las vitrinas. Qué sucedería si, en coherencia con este análisis, dejaran estallar la burbuja de la Liga de fútbol más endeudada del mundo y el palco del Bernabéu se viniera abajo.

Qué pasaría si estos gobernantes decidieran que es más importante sumar premios Nobel que medallas olímpicas.

No sé si estos hipotéticos políticos, tan responsables y tan serios, obtendrían mucho respaldo popular. No estoy seguro de que nuestro compromiso ciudadano llegue a tanto. Porque, al fin y al cabo, estarán conmigo en que lo que mola es ganar a Francia un año tras otro y conseguir que los gabachos se mueran de la envidia.

* El enfoque y la mayoría de estos datos están tomados de aquí, vía la intervención del profesor Esteban Domingo en los Diálogos del Conocimiento del pasado mes de junio. Gracias a unos y a otros por permitirme la cita.


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