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A vueltas con la ciencia

El 26 de noviembre del pasado año, el robot Curiosity, como pieza básica de la misión Mars Science Laboratory de la NASA, emprendía viaje hacia Marte, donde se posará en agosto de este año para estudiar las condiciones del planeta rojo y las posibilidades de que la vida se haya desarrollado en él. La misión es básicamente norteamericana pero cuenta con la participación y el apoyo de centros de investigación de un puñado de países punteros en lo que se considera una de las grandes apuestas científicas del momento. Uno de los participantes en el proyecto es España. El robot incorpora el instrumento REMS (Rover Environmental Monitoring Station), una estación ambiental desarrollada por el Centro de Astrobiología de Madrid, cuya función es estudiar el entorno ambiental, es decir, la temperatura del aire y del suelo, la velocidad y la dirección del viento, la dosis de radiación ultravioleta que baña la superficie del planeta y la humedad ambiental. Será la primera vez que se midan estos parámetros en la superficie de Marte con la precisión de que es capaz REMS.

Esta aportación española a la misión marciana es modesta, pero significativa: es la primera vez que nuestro país participa en una misión científica con destino a otro planeta, lo que se ha logrado en una dura competición con instrumentos propuestos por otros países. Sin embargo, el día de su lanzamiento en Cabo Cañaveral no había ningún representante del gobierno español para apoyar nuestra presencia en el empeño. Los había de otros países. Los franceses, que nunca han dado puntada sin hilo, enviaron a un representante del más alto nivel para la foto, y allí se presentó, como era su obligación. Españoles, había ingenieros y científicos, naturalmente, y estaban los responsables de las entidades participantes en el proyecto.  Pero ni un solo representante político. La ministra de Ciencia y el ministro de Industria, máximos exponentes en la materia de un gobierno en funciones que en esas fechas ya nada tenía que hacer, no encontraron un hueco en sus agendas para acercarse a Florida a transmitir el mensaje de que España quiere estar entre los países de cabeza de la investigación espacial. Ni un mal secretario de estado tuvo un minuto libre. Los medios españoles, coherentes con la importancia que su gobierno le otorgaba al evento, cubrieron la información con una faena de aliño, como es usual con las noticias científicas, siempre tan escasamente glamurosas.

La anécdota, tremenda, es susceptible de ser leída en clave de categoría. ¿Qué ha pasado de pronto con la ciencia? 

Sin que haya motivos para la euforia, España había emprendido desde los primeros ochenta una trayectoria razonable, en términos de planificación e inversión, para recuperar el tiempo perdido y conseguir ser alguien dentro del pelotón de cabeza de los países desarrollados. La ley de Ciencia del ministro Maravall fue apoyada, respaldada e impulsada por los sucesivos gobiernos socialistas y populares, y la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero pareció anunciar un tiempo de vino y rosas para los científicos españoles. La creación del Ministerio de Ciencia e Innovación en 2008 y el anuncio de una nueva ley eran signos prometedores. La crisis se lo llevó todo por delante. La nueva ley de Ciencia se aprobó, pero convertida en un bello texto literario sin traducción presupuestaria alguna, y se inició un espectacular declive inversor. El presupuesto de 2010 recortó un 15% el del año anterior; el de 2011 se dejó en el camino un 8% más y el nuevo gobierno de Rajoy acaba de anunciar otro tijeretazo de 600 millones que representarán, aproximadamente, otro 7% de menos sobre el monto total. Estos recortes condenan a buena parte de nuestros jóvenes (y no tan jóvenes) científicos e investigadores al paro o a la emigración y arroja a la basura años de inversión en formación de todos estos titulados. Además, como es sabido, dejar de invertir en ciencia es un proceso irreversible. Los países civilizados lo saben. En su último gran recorte presupuestario, por ejemplo, Alemania metió la tijera en todo menos en dos rubros: la educación y la investigación. Tal vez por eso los alemanes son la referencia para medir la profundidad de nuestra crisis.

El nuevo gobierno español, con una coherencia poco frecuente, ha tenido incluso el gesto de eliminar la palabra ciencia de la denominación de sus órganos de dirección tanto en el rango de ministerios como en las secretarías de estado, lo cual no sucedía desde 1965, cuando Manuel Lora Tamayo, con mucho voluntarismo todavía, sustituyó el Ministerio de Educación Nacional de la posguerra por el mucho más flamante de Educación y Ciencia. Nominalismo, sí, pero ya saben ustedes qué importante es la gramática.

A modo de coda final. Hasta 1978, año de entrada en vigor de la Constitución vigente, España contaba con dos medallas de oro olímpicas, las obtenidas por los pelotaris vascos Amézola y Villota en 1900 y la muy aireada de Fernández Ochoa en los Juegos de Invierno de Sapporo en 1972. En el mismo periodo, dos españoles habían obtenido el premio Nobel en disciplinas científicas: Ramón y Cajal en 1906 y Severo Ochoa en 1959. Durante los tres primeros cuartos del siglo veinte, el empate a dos entre deporte y ciencia era un resultado ciertamente pobre pero equilibrado.

Desde esa fecha hasta el día de hoy nuestros deportistas han cosechado 26 medallas de oro en las disciplinas más diversas, en tanto que nuestra ciencia no se ha hecho acreedora de ningún reconocimiento de la academia sueca. 26-0 es un resultado que solo se ve en el rugby de vez en cuando, y siempre con bochorno. Miedo me dará mirar al marcador cuando concluyan los Juegos de Londres, que se celebrarán este verano.


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