Hmmm...

La vida misma

El recuerdo de su recuerdo. Óleo, grafito sobre lienzo 126x184cm. 2013

Carlos Vidal se enfada -y se enfada de verdad: no se trata de ninguna pose- cuando se le llama artista. Pintor, corrige él, en el sentido más artesanal del término. La consideración de artista, entiende, va ligada  a un esteticismo que le resulta ajeno. Un artista es alguien que indaga en la belleza, que busca penetrar en las esencias. A Carlos Vidal las esencias no le interesan nada; le interesan las cosas y el modo en que se relacionan entre ellas: el espacio que las circunda, el tiempo en que suceden. Convertir la pintura en una indagación del ser; pero del ser en la medida en que está.

A Carlos lo llevamos el mes pasado a los Diálogos del Conocimiento y, como suele pasar en estos casos, el proyector falló. Hacer una tertulia con un pintor sin poder exhibir imágenes es un reto del que nuestro protagonista salió con nota. Tiene trampa, lo suyo: Carlos Vidal utiliza la palabra como un elemento más de la materia con la que trabaja y la sabe utilizar con tanta maña como el pincel. De manera que, en su caso, la palabra suple en ocasiones a la imagen. Y al revés.

Palabras, materia

En realidad, nuestro pintor, que no artista, se crio entre palabras. Allá en su pueblito de Chiapas, siendo un mocoso, se sentaba en la mesa de la cocina, mientras sus hermanos mayores estudiaban, y aprendió a leer al revés, tal como los libros se le presentaban desde el otro lado de la mesa. Al revés aprendió a escribir, y en el proceso de recolocar las letras, y las palabras, descubrió que todas ellas eran maleables y que formaban parte de la materia circundante. Busquen en cualquiera de sus cuadros: es difícil que encuentren alguno plenamente ágrafo.

Carlos Vidal ha aprendido en otros muchos sitios, a la sombra de muchos maestros, en unos cuantos países. Pero su escuela actual, la que a él le sigue resultando vigente, es la del Rastro madrileño en las mañanas de domingo. Muy temprano, cuando los expositores y los tenderos y los feriantes empiezan a extender sus mercancías, Carlos se detiene a investigar el orden del desorden, el modo solo en apariencia arbitrario en que las cosas ocupan un lugar, dan sentido a un espacio. Un puesto del Rastro es un microcosmos en el que la vida -al menos una parte de ella- se ordena y se interpreta. Nada es casual, nada es improvisado. Puede funcionar mejor o peor -y del acierto o yerro de esa decisión dependerá la venta- pero en ese primer momento de la mañana el vendedor está haciendo patente su visión del mundo.

Carlos Vidal funciona, metodológicamente, no como un vendedor del Rastro sino como un Rastro completo. No pinta un cuadro ordenada, metódica, cronológicamente: pinta muchos a la vez: veinte, treinta, decenas en todo caso. Cada cuadro es un espacio vacío –y, generalmente, no pequeño- en el que debe colocar objetos. Objetos de todo tipo, naturalmente: oníricos, simbólicos, reales. Rostros y rastros. Letras y símbolos. De ahora y de antes. Cada tela es el microcosmos en el que el pintor indaga el modo de ordenar el mundo. No para conseguir la armonía sino para descifrar la realidad, para entenderla. El que deposita en su puesto del Rastro la quincalla que ofrece no busca la armonía del escaparate de moda de Serrano sino la eficacia para que su eventual cliente se sienta atraído. Del mismo modo, Carlos Vidal pinta para enseñarnos el mundo, para ofrecérnoslo tal como él lo ve, tal como lo percibe, tal como se le viene a la mano.

Tiempo y espacio

Hay algo más: por sus cuadros transcurre el tiempo. La vida es tiempo y es espacio y es difícil entender el uno sin el otro. En los cuadros del pintor chiapateco el tiempo se hace sustrato. En los dos, tres o más años que transcurren desde el primer brochazo hasta el último, su mano captura el tiempo a través de capas de pintura. A veces deposita un objeto, y después una nueva capa de pintura lo cubre por completo. No desaparece, se esconde: no se borra, se oculta. Docenas de capas superpuestas configuran el cuadro: como en la Sima de los Muertos, el conjunto de estratos atestigua el transcurrir del tiempo.

Y, finalmente, los títulos. Como dueño que es de las palabras, Carlos Vidal es el pintor que mejor titula. Sus exposiciones, sus piezas... El título, para él, no es un complemento del cuadro, es parte del cuadro, un elemento tan esencial del mismo como los trazos salidos de la brocha. Los títulos de las exposiciones (Preparativos para pasar la noche en un espejo, El cuarto de paredes sin pintar, El agua contra el agua) marcan el territorio, acotan el espacio del particular Rastro expresivo en que el autor va a extender su mercancía. Los títulos de los cuadros (Por tus ojos amanezco, El árbol de la voz, o El recuerdo de su recuerdo, que encabeza esta página) parecen aleatorios, azarosos, un punto surrealistas. Nada más lejos que el surrealismo en su obra. El surrealismo es mecánico, irracional, aleatorio. En Carlos Vidal hay un orden, un empeño, una peculiar y rabiosa búsqueda de la armonía. Puro realismo, y realismo del bueno: del que se aferra a lo real con sus mismos armas: la complejidad, la sugerencia, el desorden. La vida misma.


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