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Dos versiones algo cursis

La música compuesta antes de la invención de los sistemas de reproducción fonográficos solo puede ser conocida a través de persona interpuesta, es decir, mediante la versión que cada intérprete quiera brindarnos de acuerdo con su sensibilidad o con su particular visión del autor y de la pieza que se propone ejecutar. No es fácil, y seguramente no hay motivo, para considerar una versión mejor que otra, siempre que la competencia técnica del intérprete sea solvente y que este se ajuste con respeto a las indicaciones del autor. Incluso en ocasiones (véase el caso de Jacques Loussier), cabe no respetarlo demasiado y sin embargo, hacer una buena lectura. En todo caso, discernir si las suites para cello de Bach son más fieles al autor, o más bellas, en la versión de Casals o en la de Rostropovich conduce a un debate estéril en el que seguramente solo el gusto personal de cada oyente pueda poner la última palabra.

Muy distinto es, sin embargo, lo que sucede con la música actual, con la música popular y masiva que, sobre todo a partir de los años cincuenta, ha inundado nuestras vidas hasta convertirse en una parte de ellas. Conocemos inicialmente esas piezas bien a través de sus autores, bien a través de intérpretes que se han relacionado con aquellos y que han pactado el modo y el estilo en que la canción debía ser interpretada. Cuando nace una canción, nace como el autor la quería y, lo que es más importante, así queda grabada para siempre en los exactos, fidedignos y multiplicadores aparatos de reproducción existentes. De manera que versionar una canción moderna es enfrentarse conscientemente al autor de la misma, corregirlo o al menos matizarlo y, en todo caso, producir una obra con la clara intención de que sea diferente a aquella que el autor propuso. No es fácil salir exitoso de ese enfrentamiento. Lo normal es que el que versiona salga mal parado, sobre todo si se trata de intérpretes de segunda fila que introducen la versión en algún disco con fines de relleno, de emulación o de atractivo comercial.

Pero algunas veces estalla el milagro.

Me gustaría deleitarles hoy con dos versiones poco conocidas de dos clásicos de la música pop. Se trata de grabaciones hechas por mujeres de segunda fila sobre canciones compuestas e interpretadas inicialmente por dos pesos pesados. Son, en mi opinión, excelentes propuestas que, si no mejoran, al menos enriquecen la perspectiva del original. Resultan acaso un poco cursis, pero lo cursi, como ya atisbó el gran Ramón, es a veces una necesidad, un impulso irrenunciable para remover el sentimiento.

Una jazzwoman sobrevalorada

La primera de las versiones que les presento es la más conocida. Madeleine Peyroux saltó a la fama en 2004 con el disco Careless Love, cuando ya llevaba a sus espaldas muchos años de profesión. A partir de entonces ha publicado cuatro álbumes más y se ha convertido en una referencia ineludible en el actual jazz norteamericano.

Lo cierto -ya me van conociendo ustedes y saben que no acostumbro a morderme la lengua- es que la Peyroux es una artista sobrevalorada, situada en lo alto del 'star system' como fruto de una excelente campaña de marketing. Como cantante es bastante básica y como compositora aburre. Tiene oficio, por supuesto, y tiene calidad, pero hay centenares de artistas que igualan y superan a Madeleine Peyroux y que nunca podrán rozar el éxito que ella tiene. Cosas del mercado al que yo tanto defiendo.

Pero ya digo que de vez en cuando ocurre el milagro y el milagro ocurrió cuando esta mujer, de cuya sensibilidad no cabe ninguna duda, se puso a versionar la bellísima canción de Leonard Cohen Dance me to the end of love. La canción fue publicada por el artista canadiense en 1984 en su álbum Various Positions y desde el primer momento pasó a formar parte de sus muchas obras maestras. En alguna entrevista, Cohen contó que compuso la portentosa letra tras la impresión que le causó saber que en algunos campos de concentración nazis un cuarteto de cuerda era obligado a tocar música clásica mientras los prisioneros eran aniquilados ("Dance me to your beauty with a burning violin”, dice el primer verso, que viene a ser, sobre poco más o menos: “Llévame bailando hasta tu belleza con un violín en llamas”). Sin embargo, el autor quiso distanciarse de ese origen y optó por convertirla en una balada de amor en la que la pasión por la persona amada es tan intensa que se convierte en el único sentido de la vida.

El toque melancólico y ligeramente cursi con el que la Peyroux adorna su versión, así como la excelente instrumentación jazzística, parecen retrotraerla a su doloroso sentido original y la dotan de una profundidad y una dureza que la embellecen aún más.

No sé si el efecto es buscado o no, pero cuál sea la intención consciente del artista es un asunto irrelevante: lo importante es el resultado.

Detéganse, haganme el favor, a escucharla.

Una actriz que no sabe cantar

La segunda versión es aún más atrevida.

Ustedes saben quién es Tom Waits, ese músico, actor y showman norteamericano de voz indescriptiblemente carrasposa que nunca tuvo problemas con el alcohol excepto cuando no podía conseguir un trago.

Waits es el hombre que ha traído el realismo sucio al campo de la música pop, el sucesor natural de Bukowski, Carver y compañía. Sus letras son duras y tiernas, poéticas de tan veraces, emotivas en su desolación. Las músicas son melodías sólidas, trabajadas, complejas, resueltas con la sabiduría de alguien que ha digerido muchos ritmos y los ha asimilado bien.

Tom Waits es tan inimitable que para versionarlo hay que tener el valor de alejarse de él, de ignorar sus modos y su estilo. Hay que amarlo, sí, pero hay que traicionarlo para que no te devore.

Que tal osadía la tuviera Scarlett Johansson no puede sorprender demasiado. Excelente actriz, niña mimada del universo hollywoodiense, triunfadora absoluta en las pantallas de los últimos años, la Johansson está en ese momento dulce de su carrera en el que puede hacer lo que quiera y casi todo el mundo le reirá la gracia. Así que un buen día decidió que quería ser cantante y que quería estrenarse, nada menos, que con un disco completo de versiones de Tom Waits.

La chica no es cantante profesional, su voz es inane y su capacidad interpretativa debe haberla reservado toda para el cine, así que el álbum Anywhere I lay my head resulta perfectamente prescindible para la historia de la música.

Salvo que… algo sucedió con el tema Green Grass, una bellísima canción grabada por Tom Waits en 2004 y que pertenece por tanto a la etapa más madura de su carrera. Todo en esta canción es perfecto: la exquisitez melódica, la sobriedad instrumental, pero sobre todo, la letra, de una altura poética que solo ocurre muy de tarde en tarde.

Algo se le debió remover a Scarlett Johansson en la grabación de este tema, porque sacó calidad de donde no la tiene y batió a Tom Waits en su propio terreno: en el de la melancolía, en el de la desolación, en el del susurro. “Piensa en mí como en un tren que pasa”, dice la muchacha como quien no quiere la cosa…

Es breve: merece la pena que la vean y que lo dejemos aquí hasta la semana que viene.


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