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Del senderismo como una de las bellas artes

El senderismo es, como la ópera, un espectáculo total. Una actividad humana en la que la búsqueda de la belleza se realiza mediante el ejercicio de todos los sentidos. No conozco ningún estudio que acredite que todos los senderistas son amantes de la ópera y todos los amantes de la ópera, senderistas, pero doy por hecho que tiene que ser así porque las similitudes entre ambas actividades son extraordinarias.

Para empezar, la vestimenta. Ni para salir al campo ni para acudir a la ópera puede ir uno vestido de cualquier manera. Hay una etiqueta básica, unos requerimientos esenciales sin los cuales se pone uno en evidencia y acredita su ignorancia o su bisoñez. Es verdad que ya no es lo que era y que ahora se encuentra uno a gente en vaqueros para asistir a un Gluck o en deportivas para subir a Monte Perdido. Pero quien tal hace no ascenderá nunca al santoral de los buenos aficionados.

Tampoco se improvisa para ejercer ninguna de las dos actividades. No es como el cine -arte plebeyo por antonomasia-, sobre el que se decide en un santiamén, las más de las veces sin demasiado criterio. No: ni para la ópera ni para en senderismo cabe preguntarse a mediodía si hacerlo por la tarde. Al contrario: requiere programación, reservas, toma de conciencia, lectura de papeles. Una decisión medida, por decirlo de algún modo.

Y luego el ejercicio en sí. Los cinco sentidos, como digo, se ejercitan en ambas nobles artes, como posiblemente no suceda en ninguna otra. El tacto, como es sabido, tiene en el senderismo un destacado papel: las manos en los bastones, o palpando una hoja, o reconociendo un mineral, o buscando un pañuelo para empapar el sudor. El tacto en la ópera: desde la textura de la entrada, cuyo precio se nos viene a los dedos irremediablemente, la madera noble, el terciopelo de la butaca, ese poso de memoria y deseo que destilan los teatros líricos...

Del olfato qué podemos decir: el campo es una sinfonía de olores de la que no debemos abstraernos. En la ópera hay una ambientación estándar y reconocible que se mezcla con el perfume de las señoras, con el discreto after shave de los caballeros, con algún toque denso de algún acomodador... No es por forzar las analogías: si uno sale al campo en cualquier lugar del mundo, encuentra un olor similar; si asiste a la ópera en cualquier teatro consagrado, comprobará que el olor es compartido.

Alguien con ganas de criticar o incapaz de entender el paralelismo entre estas dos grandes expresiones del arte podrá decir que el sentido del gusto no se ejerce adecuadamente en ellas. Pero se equivoca. A lo largo de una caminata respetable -pongamos diez kilómetros, por hablar de distancias mínimanente serias- llevada a cabo en una época de sequía como la que estamos viviendo, el polvo del camino se convierte en un acompañante obligatorio que se asienta en la boca y se convierte en un sabor inequívoco de la actividad desarrollada. Si llueve ya no es polvo sino barro y el sabor es distinto pero igualmente reconocible.

El gusto, en la ópera, se ejercita mayormente en los descansos, y tiene sabor a cerveza, y a cava, para los más exquisitos, y a la salida tiene forma de cena con infinidad de variantes, alguna tan directamente lírica como los espaguetis alanorma. Son sabores que quedan para siempre asociados a una obra en concreto, a una producción, a un cantante.

Pero los dos sentidos que obviamente se crecen hasta el paroxismo en ambas actividades son la vista y el oído. Es así hasta tal punto que senderismo y ópera, comparados desde la perspectiva de estos dos sentidos, se unen hasta convertirse en una misma actividad. Hay paisajes que están hechos para que en ellos comparezcan Papageno y Papagena haciendo de las suyas; solemnes espacios en los que uno espera la llegada del Hérculeshändeliano; tormentas aguerridas en las que no sorprendería encontrarse con la lanza de Parsifal; rústicas añoranzas como una pieza de Mascagni; sombrías situaciones como un Janaceck ceñudo.

Y los sonidos son igualmente comunes: los acordes básicos de Monteverdi, el optimismo lúcido de Verdi, los complejos matices con que Beethoven revistió a su Fidelio, la compleja modernidad de Stranvinsky... El senderista que se lo propone encuentra en su entorno todas las óperas que se han compuesto, todos los libretos y todas las partituras. A veces es un aria sin aristas, o un dueto en el que se concentra toda la armonía del universo. Pero otras veces sobreviene el vértigo como en un septeto de Rossini o se concluye la jornada como tras la representación de un Wagner.

Ya digo: salir una semana a hacer senderismo es como ir a Bayreuth, pero mucho más barato.


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