Hmmm...

Mis poetas muertos

Uno

El primer poeta consagrado al que di la mano se llamaba Federico Muelas. Era ya muy mayor cuando vino a mi colegio a pronunciar una conferencia y yo andaba transitando en los primeros cursos del bachillerato elemental. Muelas era, para mi percepción de entonces, inmensamente viejo, hosco de tez, monótono y tedioso, pero estoy seguro que nada de esto era cierto y todo se debía a la lóbrega escenografía de aquel salón de actos. Recuerdo lejanamente que habló de Cuenca sin que viniera a cuento -luego he sabido que siempre hablaba de Cuenca- y que leyó algunos poemas sencillamente incomprensibles. Leía sin gracia, con mucha solemnidad y aplomo, y yo, que debía andar por los once años y ya empezaba a tontear con los versos, me asombraba de que un hombre tan mayor se tomara en serio aquel juego. Al terminar, se acercó a unos cuantos de nosotros y nos dio la mano. No entendí aquel gesto. Federico Muelas, que murió pocos años después, era un nombre que no me decía nada entonces y después me ha dicho poco, aunque soy capaz de reconocerle un buen dominio de la técnica y cierta sensibilidad descriptiva un poquito pastosa. Tal que así: 

Alzada en bella sinrazón altiva

-pedestal de crepúsculos soñados-,

¿subes orgullos, bajas derrocados

sueños de un dios en celestial deriva?

¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!

¡Oh, aventura de cielos despeñados!

Cuenca, en volandas de celestes prados,

de peldaño en peldaño fugitiva.

Gallarda entraña de cristal que azores

en piedra guardan, mientras plisa el viento

de tu chopo el audaz escalofrío.

¡Cuenca, cristalizada en mis amores!

Hilván dorado al aire del lamento.

Cuenca cierta y soñada, en cielo y río. 

Dos

A José García Nieto, casi contemporáneo del anterior, lo conocí muchos años después, en un acto cultural pretencioso e insípido auspiciado por un ayuntamiento próximo a la capital, cuando los ayuntamientos próximos a la capital empezaban a dárselas de cultos. Habían premiado a un excelente poeta amigo mío, a quien le resultaba imposible asistir, y allá que fuimos, mi mujer y yo, a recoger en su nombre el cheque y la placa -”sobre todo el cheque”- de manos del complaciente alcalde de turno. Lo que no sabíamos era que el plato fuerte del acto lo marcaba la conferencia de don José de la que no recuerdo nada salvo su engolamiento y su longitud. En el cóctel lo saludé en mi condición vicaria de agasajado e intercambiamos algunos tópicos del oficio. No nos caímos bien, no puedo negarlo, y eso que yo apreciaba por aquel entonces su garcilasiana capacidad de escribir bien sin decir gran cosa. Cuando en el 96 le dieron el Cervantes me quedé un poco perplejo (¡aún no lo había recibido Ferlosio!) pero comprendí, pese a mi insultante juventud de entonces, que en este mundo de los grandes vates los favores son moneda de cambio. Cuando murió, cinco años después, la obra de García Nieto empezó, me temo, a difuminarse. Un suponer: 

Erraba sin sosiego… Nadie sabe…

Verde su corazón era, y ardía

coronando a la piedra. Le pedía

vecindades al sol, júbilo al ave.

Era un arco hacia Dios. La forma grave

espuma, vuelo, soledad se hacía,

y el sueño, el aire, el agua repartía,

sola estrella, fiel ala, incierta nave.

Corceles desbocados de la tierra

le pusieron la voz y el alma en guerra;

quedó el verso flotando sobre el ruido, 

y, abajo, el hombre, en su mortal estrecho,

con una rosa abierta por el pecho

y en pájaro sonoro convertido. 

Tres

Rafael Morales, solo ligeramente más joven que los anteriores, tuvo el valor, allá por los ochenta, de hacerse conmigo un viaje desde algún lugar de Andalucía hasta Madrid, en mi achacoso 127 de segunda mano. Yo pisaba el acelerador como si estuviera compitiendo en un rally y él disertaba, con placidez y sosiego, y me cubría, con elegancia y sin sacarme los colores, mis muchas lagunas sobre su obra. No sé muy bien en qué evento habíamos coincidido, y no habíamos cruzado palabra hasta que yo comuniqué a los organizadores que me volvía en mi coche antes de que aquello acabara. Tímidamente, casi con rubor, me pidió que lo trajera arguyendo también algunas prisas genéricas (tengo para mí que el evento en cuestión había dado de sí todo lo que podía). Cruzar Despeñaperros y La Mancha en un 127 hace treinta años da para charlar largo y tendido, y en aquel viaje yo aprendí mucho de aquel hombre que tenía por entonces casi setenta años y las había visto de todos los colores. Me invitó a su tertulia del Gijón, pero, tonto de mí, nunca encontré hueco en mi apretada agenda. Le envié algún libro mío y me contestó, a mano, con tinta verde, letras enormes y firmes, en papel de la Academia, dando muestras de habérselo leído y de no parecerle mal del todo. No nos volvimos a ver, pero tras su muerte en 2005 aún a veces lo rememoro con piezas como este tierno poema al cubo de la basura: 

Tu curva humilde, forma silenciosa,

le pone un triste anillo a la basura.

En ti se hizo redonda la ternura,

se hizo redonda, suave y dolorosa.

Cada cosa que encierras, cada cosa

tuvo esplendor, acaso hasta hermosura.

Aquí de una naranja se aventura

la herida piel silente y penumbrosa.

Aquí de una manzana verde y fría

un resto llora zumo delicado

entre un polvo que nubla su agonía.

Oh, viejo cubo sucio y resignado,

desde tu corazón la pena envía

el llanto de lo humilde y lo olvidado. 

Cuatro

A Jaime Gil de Biedma no llegué a conocerlo personalmente, pero sí nos carteamos. Era, cuando entonces, mi ídolo y aún sigue figurando en el top ten de mis grandes poetas. En los estertores de los ochenta tuve la osadía de pedirle que me presentara un libro que estaba próximo a publicar y cuyas galeradas le adjuntaba. Me contestó con rapidez y amabilidad, con indicaciones muy certeras sobre el libro, con recomendaciones concretas de mejoras, con exaltación de algunos logros y mención detallada de chirridos. Fue un máster para mí, aquella carta. Al final, el maestro declinaba la invitación con argumentos plausibles, pero a mí me los dio para mantener la correspondencia. Argumentos que se derrumbaron bien pronto porque en enero del noventa Gil de Biedma murió. Su obra, tan viva como siempre, resuena cada día con renovada actualidad:

En un viejo país ineficiente,

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna. No leer,

no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,

y vivir como un noble arruinado

entre las ruinas de mi inteligencia. 

Cinco

Con Gonzalo Rojas coincidí por casualidad, él ya octogenario y sin que el Cervantes aún lo hubiera ungido. Cuando andaba por Madrid se pasaba casi a diario por una librería con la que yo andaba entonces profesionalmente enredado. Sabía de él, claro. Ya había recibido el Reina Sofía y era una referencia obligada para todo el que quisiera estar al tanto de la poesía en español digna de tal nombre, pero confieso que apenas lo había leído y mis ideas sobre él era bastante tópicas. Venía a la librería en horarios tranquilos de días laborables, así que era perfecto para pegar la hebra. Hablaba un castellano exacto con el acento sedoso de los chilenos viajados y era divertido e irónico, y estaba cargado de anécdotas y de bromas. Me dedicó sus libros y los leí fascinado: esa poesía fragmentaria y frugal, juguetona y en apariencia dislocada... Dejé la librería y no lo volví a ver. Cuando le dieron el Cervantes dudé en felicitarlo, pero siempre he pensado que en esos casos conviene no abrumar. Hace tres  años murió, pero lo sigo oyendo:

Tanto hablar de libertad para parar en esto, el barrial

le llegaba a la cintura y yo soñando con su pureza, lo más

que me gusta ver son las estrellas

al mediodía pero es difícil, no hay

arcángeles, ¿qué va a haber arcángeles?, se habría

oído decir, el juego es otro, el balbuceo,

el silabeo, el centelleo, el parpadeo es otro: cosa de cutis

y arrogancia, desplante

y desparpajo

y nada más, le pregunté cien veces

para venirse a vivir conmigo si era valiente,

pero no era valiente. 

Seis. Y siete.

A Luis Rosales y a Félix Grande los conocí a la vez, lo cual está bien porque, pese a la diferencia de edad y de generación, llegaron a convertirse en hermanos gemelos. Los tres fuimos  miembros del jurado de un premio literario en un sonado municipio manchego. El jurado lo presidía el alcalde, un hombre obeso y gritón, que lanzaba sin parar citas equivocadas del Quijote, y actuaba como secretario el director de la Casa de Cultura, que se admiraba de la capacidad de algunos para escribir sonetos en los que todos los versos, sin fallar uno, conseguían medir once sílabas. Rosales y Grande se tomaban aquel despropósito con una gran profesionalidad y demostraron que se habían leído la mayoría de los trabajos presentados aunque tenían muy claro a quién querían premiar. Yo era joven e inocente, así que, tras pelear inútilmente en pro de otro candidato, rendí mi voto al suyo para alcanzar la unanimidad.

Conocía la obra de los dos, y la admiraba. De Rosales creía, y aún creo, que hubiera podido ser uno de los más grandes de la generación del 27 si la guerra no le hubiera condenado a mantenerse en una posición tibia y cobarde del lado de los vencedores. Con todo, la calidad de su obra es incuestionable. Félix Grande había publicado ya sus dos obras maestras: Las rubaiyatas de Horacio Martín y la Memoria del flamenco. Hablamos aquella noche y aprendí de ambos -aunque Rosales, el hombre, ya estaba muy achacoso y tenía problemas con el habla: murió poco después-. Con Grande me carteé posteriormente, y hablamos por teléfono –no recuerdo con qué motivo- y nos vimos en un par de ocasiones. Era orgulloso, y vehemente, y tenía la autoestima acaso un punto subida. Pero era brillante, y sabio, y mantenía un empeño admirable en buscar la belleza. Su muerte me ha dolido y estos días, más que nunca, me resuenan sus lúcidas palabras: 

He querido expresarme

Toda mi vida he querido expresarme.

No tengo otro destino, otro afán, otra ley.

Fui actos sucesivos

y el olvido que destilaban

los corroía a ellos y a mí.

Sobre los actos fui palabras

y ellas buscaban una lumbre

que no me calentaba a mí.

Palabras y actos juntos

nada son sin placer del cuerpo.

Ahora regreso de esa vida umbría

buscando siempre calor de mujer.

Palabras y actos sólo allí me expresan.

Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje.

Todo cuanto pretenda enmudecerlo

maldito sea.


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