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Lo que estaba pasando

Cuando escribió La carta, Raúl Guerra Garrido ya tenía a sus espaldas una sólida obra narrativa de variado espectro en la que el tema vasco había adquirido un peso específico muy determinante. Vasco de adopción, inmigrante asentado desde muy joven en San Sebastián y buen observador, había ido construyendo su obra desde la anotación implacable de cuanto le rodeaba. Entre 1976, año en que publica Lectura insólita de El Capital, y 1989, en que concluye la escritura de La carta, abordar con rigor temas referidos al País Vasco, a sus gentes y a sus asuntos, era imposible sin toparse con la cuestión de ETA y del terrorismo. Guerra Garrido lo había hecho en varias ocasiones, pero de forma muy directa, en dos: la mencionada Lectura… y la excelente y poco reconocida novela La costumbre de morir, una elaboradísima ficción sobre el modo en que un joven decide vengar la muerte de su padre, guardia civil destinado en Euskadi y asesinado por ETA.

Escribir sobre ETA hace veinticinco años no era frecuente. Hacerlo con lucidez, con precisión literaria y con exactitud ética era cosa de cuatro locos. Tiempos muy extraños, aquellos. Muy extraños.

Centenares de muertos

En 1989, mientras Guerra Garrido escribe su novela, ETA asesina a 19 personas. El año anterior habían caído veintiuna y el anterior, más de cincuenta. Felipe González estaba en lo más alto de su segundo mandato y José Luis Corcuera ejercía en la cartera de Interior: la lucha policial contra el terrorismo etarra se había ensuciado con episodios lamentables, pero su eficacia también se había hecho notar. En medio de aquella ensordecedora lucha contra unos asesinos que ya cargaban sobre sus espaldas centenares de muertos, en Ajuria Enea gobernaba el peneuvista y plácido José Antonio Ardanza con el apoyo explícito del socialista y plácido José Ramón Jáuregui y el silencio cómplice y miedoso de una población que optaba por callar y hacer como si nada.

Dicho con más claridad: en 1989, en España, el silencio y el miedo hacían el juego al terrorismo etarra.

Y de eso va La carta.

La carta novela la historia de Luis Casas, un ficticio empresario leonés emigrado al País Vasco -un trasunto del propio autor- que vive plácidamente las rutinas de una vida acostumbrada a no mirar demasiado lejos y que un buen día recibe una misiva de un grupo terrorista que le conmina a entregar cincuenta millones de pesetas en concepto de impuesto revolucionario. El modo en que el empresario aborda este chantaje y su adentramiento en la sociedad vasca y sus instituciones configuran la trama de la novela.

No voy a hace espóiler de ella, más que nada porque aspiro a que la lean de inmediato quienes no lo han hecho, e incluso a que la relean los que no se acuerden bien, pero sí me veo en la obligación de adelantarles que el final es desolador y terrible por lo que tiene de profético. La moraleja de la obra es que si el miedo y la cobardía llevaron a la sociedad vasca hasta donde estaba en aquel momento, el mismo miedo y la misma cobardía seguirían tejiendo una trama de autoengaños y connivencias de las que no es fácil salir.

Novela clandestina

En 1990 Raúl Guerra Garrido intenta publicar su novela pero su editorial habitual la rechaza. La edita Plaza & Janés, pero lo hace casi a escondidas, sin alharacas ni anuncios. En Bilbao, en San Sebastián y en Madrid se anuncian presentaciones del libro que deben suspenderse ante las repentinas enfermedades alegadas por quienes iban a hacerlo. Las reseñas en prensa son escasas y leves, como de salir del paso.

Una de las más lúcidas novelas políticas de nuestra literatura, una pieza a la altura de El contexto de Sciascia o de La broma de Kundera, circula clandestinamente y se empieza a saldar a los cuatro días.

Después de La carta, Raúl Guerra Garrido siguió escribiendo mucho y bien. Sobre el País Vasco, algo; sobre la violencia y el miedo algunas otras cosas extraordinarias, como la inigualable Tantos inocentes, de lectura obligatoria para las alegres muchachadas y las etílicas cuadrillas de todo tiempo y lugar; y sobre asuntos mucho más alegres y entrañables, como ese gran fresco que es La Gran Vía es New York o el lúcido y brillante Castilla en Canal.

Sí: después de La carta sucedieron muchas cosas, como otros asesinatos terribles -algunos bien cercanos al autor-, como el Foro de Ermua y el comienzo de una conciencia ciudadana de amplias dimensiones, como el Premio Nacional de las Letras... Muchas cosas.

Entre unas y otras, entre sucesos desgarradores y una permanente necesidad de escribir, Guerra Garrido ha querido desvincularse cada vez más de ese País Vasco que tanto dolor le ha producido. Su visión sobre lo que allí sucede es profundamente pesimista y alguna vez le he oído decir que, con ETA o sin ETA, los problemas sustanciales no se han corregido. Pero él insiste en dolerse de que algunos entusiastas de su obra se empeñen en limitarla al enfoque vasco, y entiendo su queja porque cuanto ha escrito y publicado sobrepasa con mucho, en calidad y en temática, la problemática concreta de aquella sociedad. Pero como una vez alguien le dijo, su obra puede entenderse sin el País Vasco, pero el País Vasco no puede entenderse sin su obra.

Cuando escribió La carta hace veinticinco años, solo él tuvo la lucidez suficiente para describir, negro sobre blanco, lo que estaba pasando. Veinticinco años después, La carta sigue siendo una obra dolorosamente vigente, como lo son los clásicos.


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