Hmmm...

La paradoja catódica

La otra noche me senté a ver Gran Hermano. No es una gran noticia, desde luego. Lo hace mucha gente y casi nadie se pone después a escribirlo. En mi caso tiene algo de novedad porque habían transcurrido doce años desde la última vez. Exactamente desde la primera temporada de tan afamado programa, a la que, a esa sí, le eché unas cuantas horas por aquello del experimento sociológico del que hablaba la Milá.

¿Por qué he vuelto a verlo? Porque se lo debo a ustedes, mis fieles lectores, a los que quiero hablar hoy sobre televisión y me parecía mal hacerlo sin una buena dosis en vena de lo que hoy se despacha en el mercado. Así que me he sentado a ver GH, Toledo y algunos ratos sueltos de El Hormiguero 3.0 y de Sálvame de Luxe, junto a telefilmes y concursos, y con la mezcla de todo ello he formado un cóctel que me ha servido para confirmar de manera empírica las conclusiones que ya tenía preconcebidas. Se las expongo en pocos trazos.

La primera conclusión es que la televisión se ha quedado obsoleta. Como me decía alguien hace poco, es un invento del siglo pasado, y eso se le nota. (Claro que la rueda es un invento bastante anterior y sigue siendo útil. Pero no perdamos el hilo). A quienes han crecido a la sombra de internet se les hace rara una herramienta que no permite interactividad, ni combina elementos multimedia, ni concede protagonismo alguno al usuario; un medio en el que el telespectador es un sujeto pasivo, al que no le cabe más que aceptar una programación establecida y unos contenidos marcados por cada proveedor. El único derecho del televidente consiste en cambiar de canal o apagar el aparato.

La segunda conclusión es que los contenidos siguen siendo, en términos generales, tan zafios como han sido siempre. Atención al matiz: tan zafios como siempre, que no más. (Y en este punto me veo obligado a advertir de nuevo sobre el extendido síndrome de Jorge Manrique). Los deportes, los telefilmes de gran consumo y los llamados programas de entretenimiento configuran un entramado de programación de escasísimo interés intelectual, apropiados para una clientela poco exigente y necesitada de grandes dosis de evasión. O sea, como siempre. Es posible que ahora se grite más y se digan más barbaridades, pero el nivel de tolerancia ha subido también en la calle y la televisión no hace más que reflejarlo.

La tercera conclusión es que la televisión sigue jugando un papel esencial en la conformación de la opinión pública. En mi opinión, y esta es solo una hipótesis, la profunda crisis de la prensa tradicional y la confusa configuración de la información digital han ayudado a mantener el telediariocomo un referente informativo clave: fácil de entender, fácil de digerir, perfecto para las épocas de crisis en la medida en que ordena el mundo y ayuda a controlar el nivel de angustia existencial. No hay matiz en la información televisiva: el medio no lo admite, pero es que el público no lo busca. Así que todos contentos.

Pero la cuarta conclusión es sorprendente y provoca una auténtica paradoja: los mejores productos audiovisuales de los últimos años se están haciendo en formato televisivo y están pensados para la televisión. Tampoco esto es una radical novedad, ciertamente. La series de StevenBochco tienen ya unos cuantos años a sus espaldas y la búsqueda del asesino de Laura Palmer no es cosa de ayer mismo. Pero en los últimos años se han rodado una docena de títulos que han demostrado la actualidad del lenguaje televisivo e incluso su capacidad para ponerse por encima del cinematográfico. La cumbre que, en mi opinión, representa El Padrino en lo que a lenguaje audiovisual se refiere no había sido alcanzada -incluso, probablemente, superada- hasta la llegada de Los Soprano. A partir de ahí, la lista de grandes obras en formato de series televisivas crece cada año (The WireMad MenRoma…) y la de grandes directores fascinados por el medio la encabeza en la actualidad gente tan poco sospechosa de ignorante como Steven Spielberg y Martin Scorsese.                    

Pero el problema, y la paradoja, vienen ahora. Ateniéndonos a la primera conclusión -la televisión obsoleta-, cabe pensar que las nuevas generaciones la están abandonando. ¿No ven entonces estas nuevas series? Por supuesto. Las ven, y son los que más las aplauden. Pero no las ven en el televisor sino en la pantalla del ordenador o en el iAparatocorrespondiente. No ven televisión, en el sentido en que lo hemos entendido toda la vida, sino materiales audiovisuales a través de internet.

¿Da lo mismo? No, desde luego. No da lo mismo en términos de sintaxis narrativa y de manera de concebir los episodios. No hay publicidad que los interrumpa, no hay una periodicidad impuesta... Pero ahora eso es lo de menos. Lo importante es el disloque de la audiencia. Hay series que tienen muy bajas cifras de audiencia en la televisión convencional y que sin embargo son muy seguidas en internet. Sin adentrarme ahora en el proceloso mundo de la piratería, lo que quiero señalar es que hay un problema de canales. Lo formularé para que quede claro: Si la televisión está perdiendo adeptos, ¿por qué las nuevas series no se piensan para ser canalizadas, directamente, por internet? ¿O es esa la nueva televisión queempieza a intuirse? Tendremos que volver sobre este tema...


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