Hmmm...

La ópera del quinto pino

Mi amigo Félix me invitó el otro día a ver la Vida y muerte de Marina Abramovic. Se lo agradecí mucho porque yo las visitas al Real las administro como si fueran medicinas de la Seguridad Social y esta propuesta tan moderna la había desestimado por la inseguridad que me producía.

Al Real, pagando, hay que ir sobre seguro. Si te invitan, la cosa cambia.

De la Abramovic ya lo saben ustedes todo, así que no me pondré pesado: una especialista en performance  y en instalaciones corporales que ha sabido construirse una biografía de provocaciones y atrevidas propuestas a las que, cuando menos, no se le puede negar el calificativo de vanguardia. Y a las vanguardias hay que tenerlas un respeto porque en ellas reside el arte popular de mañana.

Lo mismo cabe decir de Bob Wilson, el director escénico, verdadero autor de la propuesta, una figura singular, al que se podrá criticar por sus excesos, pero sin el que no podrían entenderse algunas de las innovaciones más atrevidas de la escena contemporánea.

De ellos y de los demás aditamentos de la obra -el gran Dafoe, el extraño cantante Antony y todo lo demás-  pueden ustedes leer hasta hartarse en montones de sitios. Pinchen aquí, para hacerse una idea.

A mí, la cosa me gustó. Por lo menos, algunas cosas. Me gustó el texto, muy bien (de)construido y hermosísimo en algunos momentos. La capacidad interpretativa de Dafoe -soberbio- ayudaba mucho a resaltarlo. La escenografía estaba bien: algún exceso innecesario, pero una plasticidad bien lograda y un tempo perfecto para sostener el ritmo. La música, resultona, sin más: ninguna cosa inolvidable, pero tampoco para salir corriendo.

¿Una ópera? Por supuesto que no.  Por mucho que la propia Abramovic se esfuerce en pregonarlo, esto no es una ópera. Una comedia musical pop, podríamos decir, valiente y resuelta con mucha dignidad, que ganaría mucho si se representase en un entorno más adecuado: en el Matadero, por ejemplo, o en el Price, o en los Teatros del Canal, por citar solo enclaves madrileños.

No es un reproche a la Abramovic, claro. Si a mí, un suponer, Mortier me propone que recite este artículo con música del kumbayá y me lo abona conforme a tarifa, no solo le digo que sí sino que salgo en Babelia defendiendo que la ópera moderna de verdad es la que se resuelve en lecturas de artículos con música del kumbayá.

Mortier es lo que tiene, que se pasa de moderno. Pero contra la Abramovic no tengo nada. De verdad que me gustó.

El quinto piso

Pero en realidad yo no les quería hablar de esto. Ya les he dicho hace varios párrafos que si quieren saber algo sobre esta obra busquen en sitios donde hay gente cualificada que habla de ella.

De lo que  les quería hablar es de mi amigo Félix y del quinto piso del Real.

No es por nada, pero a mí la ópera me gusta verla bien. Así que cuando voy, voy al patio de butacas o a las primeras filas de según qué palcos. Me cuestan un dineral, así que voy poco. Ya me gustaría ser hijo de subsecretario o primo de vocal del Patronato: dispondría de invitaciones incluso sin pedirlas. Pero a mí, ni siquiera el gabinete de prensa me manda entradas para los ensayos generales. Así que elijo: o no voy o me dejo una fortuna.

Sé que hay localidades de escasa visibilidad sobre cuya existencia la propia organización avisa. Es un poco extraño que esto ocurra en un espectáculo para el que el sentido de la vista es muy relevante, pero, en fin, si avisan... Lo que pasa es que no avisan siempre. Hace años, me tragué un excelente  Giulio Cesare desde la segunda fila de un palco, que me cobraron a precio de angulas, y lo que más vi fue la desbordante melena de una joven que no paró de decirle a su acompañante que estaba superemocionada.

El Real es lo que tiene, que no es un teatro de ópera sino una sala de conciertos reconvertida con un coste desorbitado por la cabezonería de un ministro que sabía que nunca iba a tener que ver nada desde el quinto piso.

Porque ahí es donde yo quiero llegar, al quinto piso. A las localidades que mi amigo Félix y yo ocupamos para ver La vida y muerte de Marina Abramovic. No son caras, es verdad, así que ahí pueden ir verdaderos amantes de la ópera sin muchos posibles, como mi amigo Félix, que no es nada de figurar pero se pirra por una buena producción. El problema es que se ve regular tirando a poco. Y no porque esté lejos, que también, o porque las butacas en cuestión se encuentren ligeramente ladeadas.

El problema no es ese.

El problema es que la ordenación del escenario, la colocación de los actores, la concepción de la obra en su conjunto -y no me refiero a esta, sino a cualquiera que se ponga en tan docta casa-, todo está pensado para impresionar al público de butaca de patio y de delantera de primero. Ellos son los destinatarios de cualquier esfuerzo, aquellos a los que miran los cantantes, en los que piensan los músicos, a los que tienen en la cabeza los directores de escena. Es natural: ahí se sienta Juan Ángel Vela del Campo, y están los primos de los subsecretarios y los amigos de los miembros del Patronato.

Fíjense: el día que yo fui con mi amigo Félix, en la fila catorce estaba el consejero delegado de ----sa. Se lo oí a un jefe de protocolo que se lo advertía a una de sus subordinadas para que no hubiera descuidos. Y eso un día vulgar, que ni era estreno ni nada.

El arte, como la vida

De manera que quién va preocuparse por el quinto piso. Allí arriba se ve la mitad de la mitad de lo que sucede abajo, pero, eso sí, se han instalado pantallas, varias y en varios puntos, y uno puede hacerse una idea de la representación a base de capturar pedazos del escenario y de cada pantalla e intentar integrarlos en la retina. El cubismo, con su propuesta vanguardista de la realidad fragmentada, es una antigualla en comparación con la modernidad arrasadora que significa ver ópera desde el quinto piso del Real. Ahí es donde verdaderamente operan las propuestas más posmodernas de Baudrillard, las sugerencias punteras de Derrida y el deconstrutivismo. El arte, como la vida: a salto de mata.

Yo fui, gracias a mi amigo Félix, a ver una obra que en sí misma llevaba la modernidad incorporada, pero ahora me apetece regresar a esa misma butaca del quinto piso, a verme un Monteverdi,. o un Vivaldi o, un, pongamos, Bellini, con su dulzor y sus melindres, y me imagino que desde aquellas alturas, con tantas pantallas y tan notable fragmentación, uno debe pensar que se encuentra indagando en pleno corazón del videoarte más puntero.

Sin dudarlo: si el gabinete de prensa del Real decide mandarme entradas, que sean para el quinto pino. Quiero decir, perdón, para el quinto piso.


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