Hmmm...

Aquel momento mágico

A Pedro García Cobo. In memóriam

En la noche del 14 de julio de 2006 el cartel de la XXX edición del Festival de Jazz de Vitoria iba de flamenco. Esta es una de las grandezas que tiene el jazz: en él cabe todo, a cualquier música le encuentra encaje, desde los ritmos más básicos de la percusión ritual hasta la sofisticación barroca de la gran música sacra o la escenográfica complejidad de la ópera. El jazz es como el arroz: todo lo admite y a todo termina por dotarle de personalidad.

Pero no dejen que me enrolle, porque hoy puedo terminar desbarrando si no me concentro.

Les decía: un cartel de flamenco, aquella noche. Primero, el gran Morente, con cincuenta minutos primorosos, rotundos, trabajados, vibrantes. Morente siempre era así porque tenía capacidad y coraje para estar en el límite de lo imposible. Lo de aquella noche no fue especial, sino como siempre: pero es que en Morente lo de siempre era especial. Aquellos cincuenta minutos de Vitoria han quedado, por fortuna, registrados y aquí tienen ustedes la evidencia.

Arroces jazzísticos

Nosotros habíamos ido a ver todo el festival, a pasar la semana completa envueltos en aromas de todo tipo de arroces jazzísticos. Había morralla, como pasa siempre, y algún que otro sentimiento de fraude, como cuando Wynton Marsalis compareció con una big band bastante básica en sus propuestas y muy ruidosa en su ejecución. Había alguna gema imprevista, como Mina Agossi, de la que no sabíamos nada y nos dejó, ya para siempre, prendados de su dulzura y de su atrevimiento. Y había encuentros previsibles y gozosos, como el de Sonny Rollins poniendo el broche final con su grandeza de siempre.

El primer día nos encontramos a Pedro. Él estaba allí por motivos profesionales. O, por mejor decir, había urdido hábiles motivos profesionales para poder estar allí. Iba solo, pero Pedro no necesitaba acompañamiento para convertir cualquier entorno ajeno en gozosa vida social. Nos abrazamos al vernos: nos veíamos poco pero éramos amigos desde niños y eso es un vínculo indisoluble. Desde esa primera velada, todas las noches nos emplazábamos para la siguiente. Él pasaba el día con sus actividades profesionales y nosotros con nuestros ocios. Por la noche, en Mendizorroza, cruzábamos algunas palabras, tomábamos alguna cerveza y veíamos juntos al menos alguna parte del concierto de turno.

La noche del viernes 14, ya digo, cantó Morente y sus cincuenta minutos de concierto pusieron ese punto de desgarro emotivo que solo el cante jondo –y en cierta manera, el tango- es capaz de infundir. Un error de programación había hecho que a continuación les tocara el turno a Michel Camilo y Tomatito. Un error, ya digo, porque estos dos grandes músicos tienen en su haber una calidad indiscutible, pero en su debe una frialdad aterradora: interpretan la música como podrían reparar lavadoras. Con eficacia, pero sin emoción. Tras la entrega de Morente, aquel engolado muestrario de notas bien trabadas no llevaba a ningún sitio.

Así que, cuando aquello iba por la mitad, y sin trazas de cambiar el rumbo, decidimos marcharnos. En los pasillos nos cruzamos con Pedro. “¿Adónde vais?”. “Al hotel. O a tomar algo, ya veremos. Esto no hay quien lo aguante”. “No, no. Esperad. Ni se os ocurra iros. Al final del todo va a haber un bis de Morente. Es una sorpresa que no se espera nadie… Lo vais a flipar…”. Dudamos. Nadie sabía nada de aquel bis, ni había razón alguna para que se produjera, ni entraba en los usos razonables del orden de actuaciones. Pero Pedro era Pedro, tenía sus fuentes y sabía moverse y, si bien en ocasiones le había ocurrido, como a todos, que se le cruzaran la realidad y el deseo, por lo general era un hombre informado.

Más de 25.000 summertimes

Nos quedamos. Terminamos de ver a Camilo y Tomatito resolviendo con solvencia sus arpegios. Hubo aplausos, hubo bises, hubo gente que empezó a moverse. Pero el rumor fue corriendo y fue haciéndose insistente. “¿Es cierto?, ¿es verdad que va a salir Morente?”, se preguntaban unos a otros.

Era cierto. Morente salió. Con un guitarra, solamente. Rafael Riqueni, deduzco a partir del plantel de aquella noche, pero no lo recuerdo. Interpretó con él algo, no recuerdo tampoco qué. Y después, el maestro se quedó solo. Y allí, a capela, ante el asombro de todos, ensayó un Summertime jondo y desgarrado, imposible e inmenso, triste como un gol en propia meta y emotivo como una película de Haneke.

He buscado por todas partes el vídeo de aquella interpretación. No existe. O yo soy tan torpe que no he dado con él. Sueño con volver a escucharlo. A lo que parece, Morente interpretó este tema en alguna otra ocasión, pero no encuentro ninguna grabación, ni visual ni auditiva, que lo contenga. Es asombroso que en estos tiempos de tecnologías ilimitadas un momento así pueda haberse evaporado.

Por lo demás, interpretar Summertime no es ninguna originalidad. Las gentes de mi generación asociamos este tema a la grabación psicodélica y desencajada de Janis Joplin pero, al parecer, existen más de 25.000 versiones registradas de esta breve canción de cuna, originalmente incrustada en la ópera Porgy and Bess de George Gershwin. Tiene todos los ingredientes para el éxito: melodía, versatilidad, ritmo y una letra ligeramente cursi cargada de esperanzadoras connotaciones vitales. Quién no se sube a ese carro.

La versión de Morente, al menos la que escuchamos aquella noche en Vitoria, era muy respetuosa con el original, dentro de lo que cabe en los exigentes cánones del cante jondo. En inglés, por supuesto, en un inglés aproximativo y desacomplejado que sabe dios cómo sonaba en oídos anglófonos.

Asistimos a aquel momento mágico fuera de nuestros asientos, de pie junto a la puerta, casi donde Pedro nos había parado para impedir nuestra marcha. Se acercó a nosotros cuando el artista se retiró y los aplausos remitieron. “Ha merecido la pena, ¿verdad?”. La había merecido, desde luego.

Ahora ya no están ni Morente para repetirlo ni Pedro para avisarnos. Es lo que tiene, la vida.


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