Hmmm...

Todo un lujo

Acaban de cumplirse tres años de mi primera colaboración en este periódico. Vozpópuli también acababa de nacer y andábamos todos en esta casa buscándonos el pulso, tanteando el modelo que mejor convenía para asentarse y triunfar en el proceloso mundo del periodismo en la red que, pese a las apariencias, es más bien un periodismo sin ella.

Yo tenía solo unas vagas ideas sobre lo que pretendía. En realidad, llevaba años sin colaborar de manera estable con un medio y nunca había tenido que hacerlo con la presión de una entrega semanal, de manera que estaba de estreno. Con los responsables del periódico, habíamos acordado que escribiría “de cultura”, locución suficientemente ambigua como para que pudiera traducirse de diversas maneras, todas ellas marginales en relación con la propuesta mollar del diario. A partir de ahí, terreno libre para ensayar, para proponer, para dictaminar. Tres años a tumba abierta. Todo un lujo.

La hora de la autocrítica

Hoy entono la despedida. Aprovecho que el año se ha acabado para retirarme con él. Es una decisión meditada, a la que llevaba tiempo buscándole el broche, y que me veo en la obligación de explicar al puñado de lectores fieles que durante todo este tiempo se han acercado por aquí a ver de qué iba la ocurrencia semanal.

Hay un factor de cansancio, pero eso, francamente, es un tema menor. Cualquier actividad lo lleva aparejado y lo que hay que hacer es saber administrarse. Cansado, pues, lo normal, y además eso es asunto mío sobre el que no se me ocurriría venir aquí a darles la murga, a ustedes que ya tienen lo suyo.

La primera razón verdaderamente seria de mi retirada  es una consecuencia lógica de aplicar sobre mí mismo la lupa que durante este tiempo he proyectado sobre los demás. Ustedes saben que mi actitud crítica sobre el mundo de la cultura, mi enfado casi perpetuo con ese entorno tiene que ver, entre otras cosas, con la falta de sentido autocrítico de los intelectuales y artistas que lo conforman. En estos tiempos de populismo a granel, suele decirse, faltando palmariamente a la verdad, que los políticos no dimiten nunca. Lo que nadie dice es que la mayoría de los intelectuales nunca se callan aunque no tengan ya nada nuevo que decir. Cuando uno de ellos pilla un runrún que le da fama o dinero (a ser posible, las dos cosas), explota la mina hasta que no queda raspa y aun después sigue extrayendo restos del filón agotado aunque de allí ya solo salga morralla.  No me obliguen a dar nombres, pero por las páginas de los periódicos circulan a diario algunos de los que hoy me avergüenzo especialmente, quizá porque en el pasado fueron esenciales para mi propia educación sentimental.

No quiero que me ocurra lo mismo. Yo sé sobre cuatro cosas, no mucho sobre ninguna de ellas, y ya se las he contado. En los últimos meses, la sensación de que me estaba repitiendo era cada vez más palpable. Corría el riesgo de construir mi propia caricatura y para eso la prensa española ya está llena de ejemplos sin necesidad de que yo aporte uno más.

Lo decía Josep Pla: “Es más difícil describir que opinar. Muchísimo más difícil. Por eso todo el mundo opina”

Repensar el periodismo

Hay un segundo motivo, bastante más hondo, en mi opinión. Necesito repensarme como columnista, del mismo modo que el periodismo en su conjunto debería repensarse ahora que la crisis universal le da una buena oportunidad para ello. No creo, en absoluto, como creía Larra, que escribir sea llorar. Él escribía desde un espíritu regeneracionista para una España en ruinas y creía que la escritura periodística habría de tener un papel demiúrgico y transformador. En esto, como excepción, soy bastante menos optimista y pienso que, si este país necesita mejoras, su periodismo aún más.

A ver si me explico sin ofender a nadie: escribir una columna es lo más fácil que hay en el mundo. Solo requiere saber algo de sintaxis –no mucha- y tener una opinión sobre cada cosa, e incluso varias, aunque sean contradictorias. No hace falta más. Incluso la parte de la sintaxis ha ido cediendo terreno con los años y desaparece por completo cuando el formato es audiovisual. Basta pues con tener opiniones que, como ustedes saben, es lo único que nos sobra a todos.

Y así se está construyendo el periodismo de nuestros días, a golpe de opinión. Tiene su lógica aplastante: la noticia es cara y no están los bolsillos de los editores como para pagarla. Hace años me contaba un periodista amigo, empleado en uno de los medios míticos que fue testigo y protagonista de la Transición, que su mujer dudaba de que verdaderamente trabajara porque su firma aparecería en ese medio muy de tarde en tarde. No le resultaba fácil a mi amigo explicarle a la mujer, profesional sanitaria que tenía que dar cuenta a cada minuto de su trabajo, que él necesitaba muchos días, semanas a veces, para construir la noticia con la suficiente calidad de fuentes y contrastes como para que mereciera los honores de su publicación. Una noticia así cuesta mucho dinero, y ya no lo hay. ¿Una opinión, en cambio? En un par de horas, e incluso menos, le despacho lo que usted me pida, le propongo soluciones para arreglar el mundo o le pongo a parir a quien se me cruce por delante, que para eso mi tecla es acerada y tengo ingenio a raudales.

Lo decía Josep Pla: “Es más difícil describir que opinar. Muchísimo más difícil. Por eso todo el mundo opina”.

Incluso él lo hizo. Y yo he estado tres años opinando con soltura y desparpajo. He procurado ser honesto e, incluso –fíjense si soy raro-, en alguna ocasión he pedido disculpas. Pero no hay que abusar de las fórmulas, ni siquiera de las propias. Ha llegado la hora de parar y de repensarme.

Le debo a este periódico, y al gran Jesús Cacho, el lujo de haber vivido esta vertiente de la creación, con la que tanto he aprendido. Y, salvo dar las gracias a mis pacientes lectores, no me queda más que acogerme a la lucidez del gran Ángel González -al que siempre le deberé un artículo- y decir con él:

            y sonrío y me callo porque, en último extremo,

uno tiene conciencia

de la inutilidad de todas las palabras.


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