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Los límites de lo cursi

El Ala Oeste de la Casa Blanca dividió al mundo en dos: sus entusiastas seguidores y sus encendidos detractores. Me cuento entre los primeros, lo aviso de antemano, pese a que entiendo a los segundos como si me encontrara entre ellos.

Ya saben: West Winges una de las series televisivas más exitosas de todos los tiempos y la que a lo largo de seis temporadas narró las peripecias del ficticio presidente demócrata  Josiah Bartlet y su indesmayable equipo de colaboradores directos.

La serie estaba sustentada en un portentoso reparto, encabezado por el casi gallego Martin Sheen, y en una cuidadísima producción de Warner Bross. Pero su fuerte, sin duda, era el guion, extraordinario, del creador de la serie, el escritor, escenógrafo y productor estadounidense Aaron Sorkin.

Sorkin no era muy conocido en España cuando la serie comenzó a emitirse, de manera que nos cogió a todos con el pie cambiado y no supimos cómo reaccionar al principio ante aquel producto televisivo tan inusual. ¿Inusual, por qué? Lo diré con claridad: por la verborrea. Lo más parecido que yo había visto a aquella mezcolanza de arengas imposibles y monólogos disfrazados de conversaciones era Crónicas de un pueblo, una delirante aproximación a la ficción político-social que solo recordamos los más viejos del lugar y no sin algún escalofrío. (El Médico de familiade Milikito también tenía lo suyo, pero le faltaba convicción doctrinaria).

Entre Aristóteles y ZP

Sorkin se inspira directamente en Aristóteles para levantar sobre las tablas televisivas un manifiesto liberal. Ya saben: “Los historiadores cuentan lo que ha pasado mientras que los poetas hablan de lo que debería pasar”. West Wing es, en ese sentido, una tragedia clásica disfrazada de sitcom y los personajes que en ella se desenvuelven resultan perfectos herederos de los héroes en los que nuestros clásicos se miraban para entender y afrontar sus propios problemas colectivos.

En El Ala Oeste nada es real: ni los personajes, imposibles de tan bondadosos, ni los diálogos, más propios de tesis doctorales que de conversaciones, ni las situaciones, tan bien urdidas y resueltas que en la vida real resultarían sospechosas. Y sin embargo, la mano de Sorkin logró dotar de verosimilitud las idas y venidas de aquel improbable presidente y su animoso equipo y consiguió meternos en vena una dosis de buenismo que para sí hubiera querido ZP.

Fui un buen seguidor de la serie. No un adicto, porque TVE jugó al despiste permanente en los cambios de horarios y de días y es sabido que las adicciones deben sustentarse sobre la regularidad de la dosis. Un buen seguidor prendado de todos y cada uno de los personajes (aunque por razones profesionales me decantara especialmente a favor de CJ, la impagable secretaria de prensa), pero fascinado ante todo por la maestría de Sorkin para endosarnos su discurso. Había algo de admirable en su empeño por dignificar la política, en la convicción con que mostraba a los gobernantes como servidores públicos entregados sin fisuras a la consecución del bien común aún a riesgo de su propio bienestar. Ni el presidente Bartlet ni sus abnegados muchachos han existido nunca, y de tan bondadosos como eran resultaban cursis, pero es bueno creerse que pueden existir y, en tal caso, podríamos perdonarles incluso la cursilería.

Y, de pronto, Newsroom

Sorkin salió de la Casa Blanca un par de años antes de que concluyera la serie y volvió al cine para firmar entre otras cosas el solvente guion de La Red Social, esa película a medio camino entre el biopic y el retrato costumbrista de nuestro tiempo. Parecía que estaba concentrado en esas y otras tareas cinematográficas, pero no: estaba rumiando su nueva serie, Newsroom, cuya primera temporada pasó recientemente por nuestras pantallas, poco tiempo después de su estreno mundial.

En Newsroom, los ingredientes de la mezcla eran aparentemente distintos pero la fórmula magistral que los une sigue siendo la misma. En dos palabras, y sin caer en spoiler alguno: un periodista de televisión (de esos programas unipersonales que se cultivan en los USA) sustituye aquí al presidente Bartlet. Es igual de bueno que él, e igual de listo, pero, alehop, es republicano, solo que republicano bueno, un republicano que bebe de las esencias mismas de los fundadores de la nación y al que le repelen el Tea Party y los lobbys financieros y corruptos que mueven los hilos del partido. Luego está la chica, que es su ayudante y su exnovia, y es también buenísima y listísima, y está también Jane Fonda, que –a la vejez viruelas- es mala malísima porque además es empresaria y lo único que quiere es forrarse a costa de lo que sea, y menos mal que el prota no se deja arredrar y pone a todo el mundo en su sitio no sin grandes sacrificios personales.

En Newsroom los límites de lo cursi se desbordan más allá de lo que el sentido común puede soportar. Aquí hay también un buen discurso civil, una muy interesante reflexión sobre los grandes temas de la sociedad del momento: el periodismo, los conflictos internacionales, la economía de mercado, el modelo de familia, la ciencia y la tecnología… todos estos y más, puestos sobre el papel uno tras otro. Sorkin se tiene este discurso muy bien aprendido y nos lo transmite en dosis de bilbaíno de chiste a través de los parlamentos de su periodista republicano con la misma convicción con que antes lo hacía a través de su presidente demócrata. Pero esta vez el agitador político se impone al artista y el resultado es un tedioso serial, entre panfletario y sensiblero, que no se soporta ni a sí mismo.

Habrá segunda temporada, imagino. Pero, si no se lo hacen mirar, no podremos con ella.


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