Hmmm...

Diez libros para Paula

Paula tiene veintidós años y un rasguño en la nariz. Está a punto de graduarse en Arte y de especializarse en atrezo cinematográfico. Nos conocemos desde hace tantos años como ella tiene y nos tenemos cierto cariño. El otro día me preguntó por mis librerías favoritas. Le hice un repaso detallado, algo menos duro de lo que acostumbro, porque a una interlocutora de veintidós años no hay que crearle traumas. Después le pregunté la causa de tan inusitado interés y me explicó, más o menos:

-Es que estoy harta. Me gusta leer, leo bastante, y ahora que tengo la carrera encauzada me gustaría leer más. Pero fuera de los temas de mi especialidad, no tengo criterio y al final la gente termina recomendándome literatura para jóvenes que me tiene aburrida… Quiero formarme un criterio propio: ir a las librerías de fondo, hablar con los libreros, empezar a aclararme...

Me quedé preocupado, ya se lo imaginarán ustedes. Por varias cosas. La primera, porque en efecto se confirmaba, tal y como escribía Juan Soto Yvars en un periódico de la competencia, que de los institutos se sale, en el mejor de los casos, sin saber una palabra de literatura. En el peor y más frecuente, aborreciéndola. La segunda preocupación se encerraba en esa misteriosa locución, literatura para jóvenes, cuya sola formulación me produce escalofríos: prefiero no saber lo que significa. Me preocupaba, en tercer lugar, el método elegido por Paula para buscar libros. Recorrerse, una por una, las librerías de prestigio en un tiempo en el que internet funciona razonablemente bien, me resulta chocante. Y, por último, lo de los libreros como prescriptores queda, sobre el papel, muy romántico, pero, por favor, no me obliguen a dar nombres.

Así que me dije para mis adentros: Hay que hacer algo para ayudar a esta chica. Y decidí hacerle una primera lista, al menos para que afrontara la temporada otoño/invierno con unos mínimos. Me dije: venga, diez títulos, de calidad indiscutible, pero no demasiado punteros, ni demasiado de moda, ni demasiado nada. De 1950 para acá –ya tendremos tiempo de ir retrocediendo-, pero que combine elementos dispares y heterogéneos. Que sean breves –con veintidós años no está uno para La montaña mágica-, de distintas lenguas y tradiciones, de distintos géneros literarios y de distintos géneros de los que antes se llamaban sexos.

Una lista a voleo

Así, un poco a voleo, me han salido estos títulos, que le propongo a Paula que se lea desde lo más reciente a lo más antiguo. Si le gusta, haremos otra lista cubriendo los cincuenta años anteriores, y así hasta llegar a La Ilíada, a la que tengo por la lectura seminal de cualquier lector de Occidente que aspire a un mínimo de competencia en el asunto.

He aquí la lista:

1. Ventajas de viajar en tren – Antonio Orejudo (2011)

Orejudo es, probablemente, nuestro mejor novelista vivo joven (ya se sabe que, en literatura, se es joven hasta los sesenta). Cualquier cosa suya es buena y, en particular, yo soy muy fan de su novela histórica Reconstrucción, pero esta Ventajas de viajar en tren es una gozada por su manera de estar construida, por lo entrañable de sus personajes, por la eficacia de su prosa. Se lee como quien se toma un gintónic y no daña el hígado.

2. Raval: Del amor a los niños – Arcadi Espada (2003)

No todo van a ser novelitas divertidas. La no ficción tiene que tener su sitio y esta investigación del periodista Arcadi Espada sobre un disparate judicial-periodístico-policial es el mejor ensayo que se ha escrito en lo que va de siglo. Hay que leerlo y releerlo y quedarse pasmado ante la lucidez asombrosa del autor, el horror de lo que cuenta y la precisión de su escritura.

3. La concesión del teléfono – Andrea Camilleri (1998)

En Italia hay mucho, y mucho bueno, y el siglo XX fue especialmente generoso en la aportación de obras y autores del país vecino. Vamos a empezar por esta joyita de Camilleri, al que desgraciadamente se le ríen las gracias de su mediocre comisario Montalbano y se le olvidan sus piezas esenciales, como esta novelita epistolar, en la que, entre carcajadas, uno entiende muchas cosas sobre el Estado moderno, los servicios públicos y la supervivencia del ciudadano de a pie.

4. Agua negra – Joyce Carol Oates (1993)

A la Oates le darán el Nobel un día de estos, y si no se lo dan tampoco pasa nada: su obra será colosal de cualquier modo. Colosal, tanto en términos de calidad como de tamaño. Esta novelita corta es una muestra de su mejor literatura introspectiva y comprometida e indaga en el famoso episodio de Chappaquiddick en el que se vio envuelto Ted Kennedy hace tropecientos años.

5. El misterio de la cripta embrujada – Eduardo Mendoza (1979)

Volviendo a España –a Cataluña, para ser más exactos- topamos con una referencia obligada. Eduardo Mendoza inauguró la literatura posfranquista con La verdad sobre el caso Savolta, bellísima obra que solo tiene una pega: aparece en los libros de texto de la ESO. Para evitar la colisión, recurro a la novela posterior, la primera de la trilogía sobre el investigador loco, marginal e innominado que retrata la Barcelona de la Transición –ahora tan añorada– con una crueldad y un humor absolutamente asombrosos.

6.  El Emperador– Ryszard Kapuscinski (1978)

Al polaco se le ha alabado tanto que se le ha terminado sacando de su sitio. Kapuscinski era lo que era: un gran periodista que, como Pla, prefería describir antes que opinar  y que, como Pla, cuando le dio por opinar, se vino abajo. La obrita sobre el emperador de Etiopía Haile Selassie sigue siendo su cumbre.

7. Lo bello y lo triste – Yasunari Kawabata (1965)

Hay mucho para elegir en la literatura oriental y, particularmente, en la japonesa. Yo le tengo mucho cariño al Nobel Kawabata y en particular a esta novelita tierna, triste y sentimental, como mandan los cánones.

8. 1.280 almas – Jim Thompson (1964)

Jim Thompson no aspiraba a ganar ni el Nadal ni el Planeta, así que no se propuso nunca escribir novela negra, sino novela a secas. Pero, como él era negro y negro el panorama en el que siempre estaba envuelto, escribió un puñado de historias que lo pusieron en la cumbre del género. La protagonizada por el buenazo del sheriff Nick Corey debe releerse cada vez que se anuncia el lanzamiento de la Nueva Novela Negra. Para saber lo que es bueno.

9. Pedro Páramo – Juan Rulfo (1955)

Ya sé que ha sido el centenario de Cortázar, y que murió Octavio Paz, y no sé qué de Borges, y esas cosas de Bolaño, y García Márquez, y el Vargas Llosa de cuando sabía escribir, pero qué quieren, si se trata del realismo mágico, Pedro Páramo sigue siendo esencial. Lo tiene todo y condensado. Y, como suelen estar en el mismo volumen, nos leemos de paso los cuentos de El llano en llamas.

10.  Entre visillos – Carmen Martín Gaite (1954)

No queda otra: hay que echarle un ojo a la posguerra. De ella venimos, así que más vale no hacerse los distraídos. Y entre las varias posibilidades, me he acordado de esta, que sigue siendo, en mi opinión, la gran novela de Martín Gaite, a la que, por lo demás, admiro mucho en su condición de ensayista (El proceso de Macanazestá demasiado olvidado para lo que se merece). Desolación provinciana, melancolía y el mensaje final de que para ser feliz hay que salir fuera. Una visionaria, esta mujer.

Ya digo. En cuanto Paula se lea estos diez, continuamos el recorrido.


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