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El involuntario antibelicismo de Los últimos de Filipinas

He tardado 40 años en volver a ver Los últimos de Filipinas. No sólo no me ha defraudado sino que la he incorporado de inmediato a mi colección de malas películas imprescindibles. Buenas malas películas, por así decir. 

La categoría de  malas buenas películas incorpora aquellos filmes que, aun cargados de defectos, resultan imprescindibles para entender el mundo. Son películas condicionadas por un presupuesto miserable, o por la censura, o por la escasa calidad de los actores, o del director, o del guion, o por todo ello a la vez, y, sin embargo, transpiran verdad y sirven en la pantalla una buena ración de emociones auténticas o, por lo menos, de testimonio sociológico. 

Algo de todo esto le sucede a Los últimos de Filipinas. Para empezar, es una película española de 1945. Les suena el contexto histórico, supongo. Una España que acaba de salir de una brutal contienda civil y está metida de lleno en los equilibrios estratégicos de la segunda guerra mundial. Una España fascista regida, con permiso de la Academia de la Historia, por un dictador. Un dictador zafio e inculto al que, sin embargo, le gusta el cine y lo sabe una pieza esencial para el uso eficaz de la propaganda. No es baladí el papel del cine en la España de Franco ni es irrelevante el número y la calidad de las películas realizadas para ensalzar el espíritu del nuevo régimen. El propio Franco ejerció de cineasta y a su sombra creció una industria que se descubrió pronto demasiado sometida al poder: para lo bueno en forma de subvenciones, para lo malo bajo la sombra de la censura y la simple prohibición.

Los últimos de Filipinas se rueda en este ambiente propagandístico y de exaltación de lo bélico, pero no tiene un contenido ideológico demasiado específico. Carece de la pasión puramente fascista de Raza; del mensaje falangista de Rojoynegro; del tufo nacionalcatólico de Molokai, ni el entusiasmo imperial de Sin novedad en el Alcázar. Es, aunque pretende tener un poco de todo esto, otra cosa completamente distinta. Y yo diría que, vista con los ojos de hoy, se trata de una película fallida en la medida en que resulta una película antibélica. O por lo menos una película antiheroica. A mi modesto entender, claro.

El sitio de Baler

Los últimos de Filipinas narra, como se sabe, un hecho histórico, entre doloroso y absurdo. En 1989, los 50 hombres que componen la guarnición española de Baler, en Filipinas, acosados por los independentistas tagalos, tienen que refugiarse en la iglesia de la aldea y allí resisten un duro asedio que se prolonga durante casi un año. Un acto heroico y de resistencia más de los que pueblan el imaginario patrio si no fuera porque, a los pocos meses de iniciado el asedio, el gobierno español, agobiado por mil males -entre los cuales figura la derrota militar contra Estados Unidos- abandona la soberanía sobre la colonia. Los militares de Baler son advertidos hasta en tres ocasiones de esta circunstancia de la que no se dan por enterados hasta que la lectura casual de un periódico les revela la realidad de la tragedia: están defendiendo un territorio que desde meses antes ya no es suyo.

La historia verídica de este puñado de militares tiene mucha enjundia, como la tiene el estudio pormenorizado del esperpéntico papel de España en los estertores de su dominio colonial. Puestos a esto, el papel de nuestro país en el concierto internacional a lo largo de todo el siglo XIX es asunto a examinar, entre el estupor, la indignación y la lástima, para entender, acaso, buena parte de las desgracias que aún hoy nos asolan. Pero que mis lectores no teman: no les abrumaré con todo esto. De nuestro Ochocientos no voy a hablarles y, para saber de los acontecimientos militares acaecidos en Baler en 1898, harán ustedes bien en acudir a este sitio, donde el excelente periodista y mejor bisnieto Jesús Valbuena viene desde hace años realizando un trabajo ímprobo para recuperar la memoria de aquellos sucesos.

Pero yo quiero retornar a la película, que es lo que en esta columna me corresponde.

Curiosamente, y en contra de lo que suele decirse, el filme se ajusta bastante bien a la realidad histórica. No a su esencia, por supuesto, ni a su milimétrica exactitud, pero, a grandes rasgos, digamos que de forma epidérmica, no contiene errores de bulto. Cuenta el modo en que el regimiento ha de refugiarse en la iglesia, único edificio de piedra en toda la aldea y por tanto el único que puede resistir un asedio. Cuenta cómo el capitán Las Morenas organiza la defensa y se esfuerza por mantener el espíritu de resistencia. Habla del rechazo a los sucesivos ataques tagalos y del papel del médico, doctor Vigil de Quiñones, que será determinante. Habla de los primeros ataques de beriberi que se van agravando a medida que se acaban las vituallas. Explica cómo, a causa de esta enfermedad, fallece el capitán y es el teniente Martín Cerezo quien se hace cargo de un grupo cada vez más mermado. Aparece el episodio en el que, por indicación del médico, un grupo de soldados españoles ataca el poblado para conseguir hacerse con verduras frescas. Y, sobre todo, la película no escatima el hecho, verdaderamente asombroso, de que, en tres ocasiones, el capitán primero y el teniente después, rechazan, con el argumento de que son trampas tendidas por el gobierno filipino, a emisarios enviados por el gobierno español para ordenarles que depongan su resistencia.

Cine antibélico español

Ciertamente a la película le faltan varias cosas: profundizar en la psicología de los personajes, ahondar en el profundo dolor y cuasi locura en que aquellos hombres viven encerrados durante 350 pavorosos días con sus noches, narrar algún episodio poco honroso como el fusilamiento en el último momento de dos soldados que semanas antes habían intentado desertar.... Y le sobra, por así decir, engolamiento patriotero.  En cuanto a  la trama sentimental que se desarrolla de forma paralela, obligada en cualquier película que se precie, carece de toda sensatez y verosimilitud pero está lo bastante bien llevada como para que no entorpezca la narración.

El guion está construido a partir de un relato radiofónico y algunos artículos dispersos. Lo que pretende es exaltar el valor de los soldados españoles y, sobre todo, su profundo sentido del deber, llevados al extremo en una situación límite. Es posible que hubiera incluso en su origen un oculto interés en aludir a la legitimación franquista del militar que actúa más allá de las decisiones políticas, pero vista hoy, a distancia de años y de ideología, el efecto que transmite es exactamente el contrario: qué cabezonería tan absurda la del teniente Martín Cerezo, qué modo tan necio de sacrificar vidas y esfuerzos, qué incapacidad para pensar, qué desastre...

Vista así, vista hoy, vista con cariño -y no me pregunten ustedes por qué se lo tengo-, Los últimos de Filipinas se me ha presentado de pronto como una película antibelicista, dirigida con solvencia e interpretada con razonable eficacia. Puede parecer un dislate, pero su revisión me ha traído a la cabeza la única película bélica española de la actual etapa democrática que me parece digna de resaltar: Guerreros. Como aquella, la de Calparsoro es también una mala película que se convierte en necesaria -por lo tanto, buena-  porque destripa, con una desoladora eficacia, algunos de los tópicos militaristas que con tanta soltura se manejan. Antes era la defensa del imperio, ahora son las misiones humanitarias. En todo caso, estos filmes vuelven a poner sobre el tapete la pregunta sobre los ejércitos, el valor, el deber, o, por decirlo con música de Brassens y Paco Ibáñez, la “música militar”. El cine norteamericano, tan belicista él, no se ha recatado nunca de filmar las mejores narraciones antibelicistas que en el mundo han sido. Los españoles preferimos filmar comedias divertidas, para no estresarnos. Así que conviene revisar con buenos ojos  las pocas muestras de cine bélico digno que sale de nuestras cámaras. Aunque sean malas películas.

Y alguna, además, como le pasa a Los últimos de Filipinas, contiene la más bella canción que el cine español haya aportado nunca. Les dejo con ella.


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