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¿A qué huelen los libros electrónicos?

En el imaginario colectivo, Gutenberg y su imprenta se nos aparecen como una línea perfectamente delimitada en lo que se refiere al nacimiento del libro tal como lo hemos entendido en los últimos cinco siglos. Tenemos en la retina cerebral la imagen del monje benedictino miniando los códices y en la imagen siguiente, sin transición ninguna, se nos aparece el libro impreso y editado más o menos al modo en que todos nosotros lo hemos conocido.

La realidad fue bastante más compleja. A Gutenberg se llega no como resultado del golpe de suerte de un tipo más o menos listo sino como culminación de un proceso en el que la sociedad necesita cada vez más libros, cada vez más ejemplares, cada vez más rápido.

A lo largo de los siglos XIII y XIV la escritura se había hecho más necesaria que nunca. La renovación intelectual y artística del Renacimiento italiano algo tuvo que ver con ello, pero más todavía el auge económico y demográfico de la Europa central. Las universidades, muy vivas entonces, auténticos centros de formación de la naciente burguesía, y el entramado comercial surgido en el nuevo tejido ciudadano, empezaron a necesitar libros en cantidad de ejemplares muy por encima de lo que los sistemas tradicionales de copia manual podían proporcionar. El ingenio tuvo que aguzarse y empezaron a surgir iniciativas hasta entonces inimaginables, como el sistema de pecia, que no es más que un método de copiar a mano de forma organizada e industrial, frente al artesanal sistema tradicional. La aparición del papel como sustituto del pergamino ayudó a democratizar las copias y, lo que es más importante, un buen número de profesionales y empresarios empezaron a entender que en el sistema de reproducción de libros había un gran negocio en ciernes a disposición de quien fuera capaz de dar con la clave del problema.

La geografía de la innovación

Por suerte para aquellas gentes, no sabían nada del discurso vacío del emprendimiento ni de las sutilezas de las subvenciones, así que se pusieron a buscarse la vida. Los que saben de esto hablan -y la expresión es bien bella- de una ‘geografía de la innovación’ que abarca desde Flandes hasta la Italia del norte, pasando por el valle del Rhin y el sur de Alemania, Suiza y el norte francés. Ciudades como Brujas, Colonia, Estrasburgo, Núremberg, París, Bolonia, Lyon, Milán, Maguncia, Basilea.... Regiones en las que la densidad de población, la cercanía de las ciudades, la facilidad de circulación y el mayor índice de riqueza favorecieron unas categorías culturales más democratizadas y un modo de vida más holgado. En ese ambiente innovador y necesitado de nuevas respuestas a las nuevas demandas es donde pequeños grupos  de inventores y empresarios empezaron a trabajar sobre problemas técnicos de toda clase, en la búsqueda de métodos industriales que permitieran multiplicar los textos.

Hay que esperar al siglo XV para obtener los primeros resultados realmente espectaculares. Se tiene noticia de un herrero y un cerrajero que en Aviñón consiguieron un procedimiento de “escritura mecánica” cuyos detalles no han perdurado. En Harlem y en Brujas, en los antiguos Países Bajos, se desarrollaron también técnicas prototipográficas en torno a la década de los cuarenta. En 1480 se edita en Maguncia ya un libro (Especulum humanae salvationis) impreso con caracteres estáticos de estaño.

Es en este entorno en el que nace y se cría el magunciano Johan Genfleish, llamado Gutenberg, cuya vida no les voy a contar porque la tienen ustedes a un clic. Baste decir que Gutenberg era un artesano y un orfebre, pero era sobre todo un empresario atrevido que hizo varios intentos de salir adelante con otros proyectos hasta que consiguió un socio, Johann Fust, que financió su idea de una imprenta de tipos móviles. El primer libro completo impreso mediante este procedimiento, que ha pervivido hasta la llegada de la informática, fue un manual de aprendizaje del latín que salió a la luz entre 1453 y 1454. Pero el primer gran libro europeo moderno fue la Biblia a 42 líneas, publicado entre 1455 y 1456, del que se imprimieron 180 ejemplares, 50 de los cuales lo fueron sobre pergamino.

Casi dos años de trabajo, seis tipógrafos y una docena de operarios con cuatro prensas son cifras que dan idea de lo arriesgado de aquel arranque. El invento de Gutenberg tuvo éxito pero su desarrollo fue lento y complejo porque aquella industria necesitaba de una fuerte inversión, mucha mano de obra y un esfuerzo constante.

El olor de las nubes

Aquellos primeros libros no olían bien ni probablemente resultaban agradables al tacto, pero venían a dar respuesta a una necesidad social. Imagino a algún cursi, ya entrado el siglo XVI, añorando los manuscritos iluminados de los benedictinos y despreciando la vulgaridad de aquellos textos producidos en cadena. Se estaba perdiendo, diría, la esencia de la lectura, la belleza de los verdaderos libros. Ahora, cualquier pelanas podía acceder a ellos por muy poco dinero, pero ya no tendría el sentido majestuoso que había tenido hasta entonces.

Lo diría, supongo, con los ojos entornados y el tono evax correspondiente.

Y no podría imaginar que cinco siglos después algún editor enfurecido bramaría contra los cacharros que habían venido a sustituir a los libros de papel, a los de verdad, a los auténticos, a los que habían salido de la imprenta de Gutenberg y que ahora empezaban a verse atacados por unos artilugios electrónicos absolutamente despreciables.

En efecto, la historia se repite. Estamos ahora en los primeros escarceos, en los prolegómenos del nuevo modelo, en la fase del protoebook. Probablemente aún no ha llegado el nuevo Gutenberg. Pero las condiciones están dadas -las sociales, las económicas y las tecnológicas- y esa llegada está a punto de producirse.

La bobada del olor de los libros no conduce a nada ni tiene otro sentido que la de esparcir esa falsa añoranza con la que siempre se oculta el temor a lo nuevo, pero si alguien quiere aún aferrarse a ella, ya le anticipo que también los libros electrónicos olerán a algo. No sé a qué, pero a algo. Y dentro de decenios o de siglos algo vendrá a sustituirlos y ese olor será reivindicado por los cursis de siempre.


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