Hmmm...

Un gran día para la lírica

En junio de 1996, la entonces ministra de Educación y Cultura del Gobierno de España, Esperanza Aguirre, ante los medios de comunicación convocados al efecto, comenzó diciendo: “Hoy es un gran día para la lírica española”.  A continuación anunció, como apoyo de aseveración tan exultante, la destitución de la directora general de la Fundación del Teatro Real y el desmantelamiento de la frágil estructura que menos de un año antes había empezado a configurarse con vistas a la inauguración del recinto, prevista para poco después. Respetó, eso sí, al director artístico de aquel equipo, el francés Stéphane Lissner, si bien lo sometió a un marcaje de tal envergadura que pocos meses después fue él mismo quien presentó la dimisión y se marchó con cajas destempladas haciendo declaraciones tan nítidas como las de esta entrevista que les enlazo y que les recomiendo se lean con sosiego si quieren pasar un buen rato.

La historia delirante y bufa del Teatro Real había comenzado años antes, cuando el ministro Javier Solana decidió gastarse lo que no está escrito en habilitar como teatro de ópera madrileño un recinto que no reunía las condiciones adecuadas y que nunca las podría reunir, porque salvo la acústica, el resto de sus características arquitectónicas -visibilidad y escenario, particularmente- no se avenían, ni han podido avenirse, a las exigencias modernas del género. Fueron más de diez años de obras de acondicionamiento, más de diez años de tirar dinero a grito pelado, intentando dar sentido a lo que no lo tenía y completando el astracán con alguna otra decisión extemporánea como la de mantener durante años a Ros Marbá en el puesto de  director artístico teórico de un teatro de ópera que no existía en la práctica.

Un pacto roto

Después, ya con las obras concluidas, llegó el pacto entre la ministra socialista Carmen Alborch y el presidente madrileño Ruiz-Gallardón por el que se acordó poner al frente del proyecto a Elena Salgado como directora general y al referido francés como director artístico. Lissner venía de dirigir el Châtelet parisino y el festival de Aix-en-Provence y ya no tenía que demostrar a esas alturas de su carrera que se trataba de un número uno en la gestión operística contemporánea. Lo que no sabía ninguno de los integrantes del pacto es que, pocos meses después, la cultura española estaría gestionada por tres de los nombres más incompetentes y soberbios de nuestra política, tan plagada de nombres incompetentes y soberbios: Esperanza Aguirre como titular, Miguel Ángel Cortés como secretario de Estado y Tomás Marco (para cuyas actividades el mundillo circundante había acuñado el neologismo del marcotráfico) al frente de la dirección general correspondiente. El pacto no fue respetado en ninguno de sus extremos. No lo digo yo: relean la entrevista con Lissner que he enlazado antes y admírense de la información que aporta.

Si todo hubiera acabado ahí, podríamos darnos por satisfechos. Pero la realidad es que ahí la cosa apenas empezaba. A Salgado la sustituyó Juan Cambreleng, un señor que sabe mucho de ópera pero cuya capacidad de gestión está aún por demostrar, quien terminó mal con Cortés a los cuatro días. Después llegó Inés Argüelles, una gestora razonable a la que defenestraron porque hubo elecciones (en el país, no en el teatro) y las ganó, culturalmente hablando,  Carmen Calvo, aquel fenómeno que Chaves regaló a Zapatero y de cuyas hazañas aún no nos hemos repuesto. Calvo puso a Muñiz, un político hábil que aguantó hasta que hubo nuevas elecciones… Y todo así. Porque, en paralelo a los cambios de gestores, y con mayor ritmo incluso, han circulado por allí, en apenas veinte años, un destacado número de directores artísticos, directores musicales, asesores, opinadores, semigestores y gentes de buen vivir.

Tómense esto solo a título descriptivo: quien esto firma también se dio por allí una vuelta, así que no seré yo quien tire la primera piedra.

El capítulo Mortier

Ahora le toca salir  a Mortier, otro francés, como Lissner, al que los responsables del Real le aplican el conocido invento nacional de la guillotina.

Mortier ha estado tres años al frente de la ópera madrileña a la que vino cargado con un enorme prestigio, con un currículum envidiable y con un engreimiento indestructible. Ha hecho cosas excelentes (traer a Hanecke a montar Così fan tutte me parece un acierto de primera magnitud), otras discutibles (como la ópera de Marina Abramovic)  y algunas que dependen del según se mire, como fue el San Francisco de Asís de Olivier Messiaen, una atrevida apuesta de vanguardia que causó división de opiniones entre quienes piensan que una ópera de primera tiene que salirse de los moldes trillados y quienes dicen que sí, que vale, que de acuerdo, pero que a cuánto sale la broma.

Y aquí es donde tocamos hueso. La gran cuestión, a la que ya me he referido en otras ocasiones, el debate que tenemos pendiente es qué queremos ser de mayores en lo tocante a la ópera nacional. Es otro de nuestros grandes dilemas a resolver y, como en tantas cosas, llevamos treinta años en ello. ¿Queremos ser los mejores, los más listos, los más modernos? Pues a sacar la chequera y a traernos figuras  que salen por un riñón no solo porque sus emolumentos son galácticos sino porque sus propuestas se basan en el conocido principio de “que no falte de ná”. Los que defienden esta visión sostienen que meter a Madrid en la champion league de la ópera mundial aporta a nuestra ciudad y a España entera una visibilidad cultural notable, un prestigio intelectual de primer orden y unos ingresos significativos ligados a un turismo de primerísima calidad.

Otros sostienen, por el contrario, que la ópera es muy minoritaria y muy cara y que basta, para no perder comba, con tener y mantener una estructura de segundo nivel, más cercano a la realidad cultural y económica de España.

En este debate, ni siquiera yo, que tengo opinión para casi todo, me termino de aclarar. Hay razones sólidas para sostener una posición u otra. Como amante de la ópera me decanto por lo primero, más aún sabiendo que, aunque tenga que pagar mi localidad (porque el gabinete de prensa no termina de enrollarse), seré uno de los tipos más subvencionados que quepa imaginar; en cambio, como ciudadano sableado a impuestos, me inclino a pensar que ya está bien de alimentar el gusto de cuatro exquisitos. Pero alguna opción hay que tomar: las apuestas culturales son, por definición, a muy largo plazo. No puede ser que al arbitrio de cada (ir)responsable político eche por tierra con una periodicidad raquítica lo que haya hecho el anterior. La historia reciente del Teatro Real, de Lissner a Mortier, es una gran metáfora de este país, desgarrado entre la pasión impaciente de sus ilustrados y la torpeza innata de sus conservadores.

En ese permanente ser-o-no-ser, ahora cae otra cabeza. No sé si el ministro de Cultura considera que hoy es otro gran día para la lírica. Puede ser: aquí la mayoría de las veces se confunde la cultura con la caza. Con la caza mayor.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba