Hmmm...

Unas gotas de sensatez pedagógica

Han coincidido en estos días unas recrudecidas protestas sobre la política educativa del gobierno con mi lectura de un librito que acaba de salir al mercado. 

Ni el asunto ni el título hubieran llamado mi atención en condiciones normales. El libro verde de la educación es un título que me retrotrae a antiguas referencias editoriales muy poco seductoras y el debate sobre la cuestión es para mí uno más de los muchos que hay siempre abiertos en este país: hace tiempo que dejó de afectarme de manera directa y no me considero competente para posicionarme en él. Así que al tal libro me llevó únicamente la amistad, toda vez que ha sido escrito por mi buen amigo Juan Antonio Bueno Álvarez, del que, para ponerlo todo en claro desde el principio, debo deslizar algunas líneas.

Bueno Álvarez es un escritor tan extraordinario como poco conocido. Narrador potente y de largo aliento, tiene publicadas cuatro excelentes novelas y algún cuento notable, además de una historia del fútbol, en colaboración, que representa el mayor esfuerzo documental sobre este deporte que se haya publicado en español hasta ahora. Sé que en el cajón guarda alguna otra obra relevante que aún no ha encontrado editor y me consta que está en estas semanas encerrado con su próxima novela.

Entre el ensayo y la autobiografía

Que Juan Antonio es uno de nuestros mejores autores vivos de ficción a mí no me cabe ninguna duda, dicho sea una vez descontado el plus de amistad inevitable, y algún día me centraré en hablarles de su obra narrativa con algo de detenimiento.

Pero además, no sé si antes o después que escritor, o al mismo nivel, Juan Antonio es profesor. Profesor de instituto, para ser exactos, que es un modo muy concreto de ejercer la docencia y al que tantos nombres señeros de nuestra literatura se han visto adscritos desde siempre.

El libro que Juan Antonio Bueno Álvarez acaba de publicar aúna sus dos vertientes y nos ofrece un texto, a medio camino entre el ensayo y la autobiografía, en el que al hilo de sus casi treinta años de ejercicio docente se adentra en las procelosas aguas de un debate que siempre está sobre el tapete pero que en los últimos tiempos se ha recrudecido.

No es la primera vez que Juan Antonio aprovecha su experiencia docente para convertirla en literatura. Su novela Las estrategias del bachiller es una hermosísima pieza en la que pone su enorme capacidad de observación y su certera prosa al servicio de una historia tan sencilla como tierna,  en la que disecciona con una precisión de entomólogo el mundo de docentes y educandos. En general aborrezco  la literatura de adolescentes, pero con La estrategia del bachiller me sucede, mutatis mutandis, como con El guardián entre el centeno: me interese mucho o poco el intríngulis, me fascina su escritura.

En El libro verde de la educación -el título despista, ya digo- hay dos cosas que atrapan por encima de todas las demás: la desideologizada libertad con que está escrito y la firmeza de las convicciones morales que transmite. Puede parecer contradictorio, pero no lo es. Bueno Álvarez sustenta su papel de educador y pedagogo sobre valores muy nítidos: la escuela pública, el laicismo, el apoyo a los más débiles, el respeto a las minorías... El retrato robot resultante de tan firme ideario debiera conducirnos a una narración en la que apareciera una nítida línea divisoria entre los buenos y los malos, los que viven en la luz y los que transitan en las tinieblas. Los rojos y los azules, por decirlo en lenguaje tradicional. Y sin embargo no es así: Juan Antonio revisa los treinta y cinco años de planificación educativa en democracia con una implacable pasión por los hechos, por los datos y por las evidencias,  lo cual le lleva a quedarse en ese peligroso territorio de nadie en el que –ay-  los unos y los otros dejan de considerarte de los suyos.

La edad de oro de la educación

Hay tres puntos de primordial interés en este libro. El primero, cuando, al hilo de su propia trayectoria personal,  como alumno y como profesor, el autor se entretiene en buscar "la edad de oro de la educación secundaria". ¿Por qué la busca? Porque todo el mundo dice que ha existido. Es normal escuchar por todas partes que los adolescentes de ahora aprenden menos que los de antes, salen menos preparados, tienen menos habilidades cognitivas, flojean más en lengua  y matemáticas... Es un lugar común, casi una verdad revelada. El problema surge cuando hay que fijar ese antes en el calendario: ¿Se ubica, ese antes, en el periodo franquista de la ley Villar Palasí que llegó hasta los que ya frisamos los sesenta? ¿Fue la edad de oro la que implantó la denostada LOGSE? ¿O lo ha sido después en alguna de las incontables reformas y sopas de letras que han ido regando las sucesivas reformas? Con implacable coherencia y con bastante humor, Bueno Álvarez avanza por los diferentes momentos del recorrido para constatar que en todos ellos había siempre un antes áureo, una etapa en que las cosas habían sido mejores y los muchachos más listos y más preparados. Siempre un antes que nunca, nadie, ha sido capaz de encontrar.

El segundo aspecto que me ha seducido es la facilidad con que el autor desmonta algunos de los lugares comunes que adornan habitualmente el debate educativo. El periodismo, siempre tan propenso a convertir la anécdota en categoría, ha jugado un papel primordial al construir un imaginario de nuestros colegios e institutos plagados de sucesos truculentos, de alumnos que pegan a profesores, de bandas de delincuentes campando por sus respetos, de muchachos malcriados que dormitan y superan los cursos sin esfuerzo por mor de una legislación permisiva que facilita el tránsito curricular sin aprovechamiento. Lo que me gusta del libro de Juan Antonio es que desmonta este cúmulo de patrañas con rigor, con conocimiento de causa, pero sin pasarse al lado opuesto de describir un mundo idílico. Si tiendo a creerlo más a él que a los titulares de los periódicos  y que a los opinadores profesionales es porque lo suyo se parece más a la vida, a la normalidad cotidiana en la que por lo general se transita con lentitud y se va construyendo un territorio de convivencia e interrelaciones que no es exactamente el paraíso, pero desde luego tampoco el infierno que algunos parecen siempre dispuestos a describir.

Finalmente, me gusta mucho cómo habla Bueno Álvarez de sí mismo y de sus colegas, profesionales dignos que desarrollan su tarea con más o menos agrado (el concepto de vocación queda en este libro perfectamente desterrado) en un ambiente en el que tienen razones para alguna reivindicación y en el que la sociedad tiene razones para plantearles alguna exigencia. Es decir, un colectivo muy parecido a tantos otros colectivos, como si fueran personas tan normales como nosotros mismos.

Un único pero

Hay solo, en mi opinión -y que Juan Antonio me perdone-,  una carencia en este libro: echo de menos una referencia pausada y en detalle al papel de los padres –y de las madres, naturalmente- en la enseñanza secundaria -o en la enseñanza en general: pero es en la secundaria en la que centra su análisis-. En algún momento, al relatar su autobiografía, el autor se detiene a hablar de algunos, refiere alguna escena y transcribe alguna conversación. Pero en ningún momento eleva esas anécdotas a categoría ni mucho menos analiza el papel de las asociaciones de padres en la organización de nuestros institutos.  Cuánto me hubiera gustado leer su punto de vista, tan medido, sobre los consejos escolares, sobre las AMPA y sus asambleas, sobre la participación de los no docentes en la vida interna de un centro escolar.  Yo tengo mi opinión, nacida de mi experiencia como padre y que coincide punto por punto con la que el gran Ferlosio formuló en el apartado segundo de su extraordinario ensayo Borriquitos con chándal y que se resume esquemáticamente en la idea de que los padres se han adentrado en un terreno que no les compete hasta llegar a entremezclar lo privado y lo público de un modo profundamente perjudicial para nuestros adolescentes.

Pero de esto tal vez hablemos otro día y en todo caso mi opinión no cuenta. Ya digo que me hubiera gustado que Bueno Álvarez, desde la lucidez pasmosa de sus treinta años de docente sensato y comprometido, hubiera pergeñado un capítulo más poniéndonos, a los padres,  en nuestro sitio y redondeando un libro que, en todo caso, es lúcido y necesario.

Lo cual es más de lo que puede decirse de la mayoría de las novedades. 


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