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Cómo ganar dinero sin arriesgar un céntimo

El gran Augusto no hubiera sido tan grande de no haber contado con dos lugartenientes notables. Uno de ellos fue Agripa. El otro, Cayo Cilnio Mecenas. Excelentes generales ambos, no fueron menos en el campo de la administración civil, de la gestión hacendística y de la organización de las políticas sociales. 

Agripa tuvo más éxitos, militares y políticos, probablemente porque era más currante. Mecenas tenía alma de poeta y, aunque cumplió bien con sus obligaciones, hizo cuanto pudo por quitarse de en medio pronto para dedicarse a lo que de verdad le gustaba: escribir, leer, comprar obras de arte y compartir el ocio con artistas e intelectuales. (También puede que se quitara de en medio para eludir problemas con su amigo Augusto a causa de los tradicionales asuntos de cuernos: pero este tema me lo guardo por si me da para otro artículo).

Mecenas, pues, nos salió cultureta. 

Y, posiblemente sin saberlo, inventó el mecenazgo. 

Inversión, patrocinio y mecenazgo

Ya comprenden ustedes que la anterior frase es una boutade que me encaja bien para cerrar esa primera parte del artículo. El mecenazgo, en realidad, ha existido desde que existen los poderosos y los artistas, y de ambos hay, sospecho, desde los orígenes de la humanidad. El poderoso ha sido siempre, por decirlo en lenguaje dospuntocero, muy fan de la cultura y del arte, y a la que le sobraban cuatro duros allí estaba él para echar una mano al pintor, al poeta o al escritor que apuntaba maneras pero no terminaba de descollar, mayormente porque tenía que dedicar buena parte de sus esfuerzos a lograr un plato de sopa para él y para los suyos.  

El mecenas está ahí para resolverle al artista esas incomodidades de la vida cotidiana y a cambio, por supuesto, no requiere nada más que un agradecimiento elegante, más o menos explícito. No cabe imaginarse a Rilke, por ejemplo, regalándole una camiseta a su protector Werner Reinhart para agradecerle la donación de un castillo en el que soslayar el estrés. Y esto de la camiseta, luego entenderán por qué lo digo. 

Asunto diferente es el patrocinio. Aunque aquí también hay alguien que afloja la bolsa para hacer posible la actividad de un tercero, se trata en este caso, por lo general, de un intercambio claro, en el que el patrocinador busca apoyo publicitario a cambio de hacer posible el desarrollo de una actividad concreta y temporalmente acotada. 

Una fórmula muy interesante de apoyo a la creación eran los conciertos por suscripción que los grandes músicos del final del barroco empezaron a utilizar para quitarse el yugo de la nobleza y establecer una relación entre iguales con la alta burguesía comercial: usted me anticipa dinero para que yo monte el concierto. A cambio, usted tiene garantizada su butaca y la de los suyos y puede salir a la calle presumiendo de haber impulsado a Mozart o a Haydn. 

En el mundo de la cultura, estas modalidades han tenido siempre sus espacios, sus momentos, su razón de ser e incluso su reglamentación, y de todos es sabido la fuerte relación existente entre patrocinio y fiscalidad y las perpetuas discusiones ligadas a este hilo. 

Triunfar sin riesgo de fracaso

Pero que no se nos olvide: el mundo de la cultura es también una actividad industrial e incluso (que las almas inocentes que nos están leyendo se tapen los oídos) un negocio. ¡Un negocio, lo han oído ustedes bien! Y hay gentes que se lucran, legítimamente por supuesto, a rebufo del esfuerzo y la creatividad de artistas e intelectuales. Invirtiendo en ellos, en sus productos y en sus creaciones, corriendo un riesgo empresarial que esperan luego ver sobradamente recompensado. 

Inversión, mecenazgo y patrocinio son, pues, tres formas honestas, claras y legítimas de apoyar la cultura. Me cuesta más entender que se entremezclen y que aparezcan modelos nuevos que, a mí al menos, así, al pronto, se me aparecen más cercanos a la desvergüenza que a la honrada actividad comercial. 

El inglés ayuda mucho para que este enredo se produzca. No porque el inglés sea malo en sí mismo, que no lo es, sino porque aprovechamos lo mal que nos manejamos en este idioma para hacernos los distraídos. 

Un ejemplo: si a una cosa le llamamos crowdfunding, no queda nada claro lo que queremos decir. 

Ya saben ustedes que crowdfunding es un neologismo que, significa, sobre poco más o menos, “financiación en masa”. Y la idea general la tenemos todos clara: fórmula 2.0 para conseguir dinero. La pregunta esencial, con todo, es esta: ¿cuántos tipos de crowdfunding existen? Porque en el crowdfunding caben lo mismo el mecenazgo, el patrocinio o la microinversión. Caben los tres y está muy bien que así sea siempre que todas las partes tengan muy claro que están hablando de lo mismo. 

Por ejemplo, si un artista necesita fondos para componer su obra (Rilke, un suponer, que anda trabado con las Elegías de Duino y necesita rematarlas para no acabar loco), parece lógico que pida micromecenazgos a quienes estamos deseosos de que tal obra se termine y lo único que le pediremos a cambio es que se entregue con pasión y esfuerzo a su tarea. 

Tengo más dudas sobre qué sucede si un cineasta requiere fondos para producir un filme. Como el sentido último de su película es que acabe en el circuito comercial, me deja un poco perplejo que lo que ofrezca como recompensa por apoyarlo sea una camiseta (¡apareció la camiseta!) y dos entradas para el día del estreno. ¿Por qué no ofrece una participación en la productora y, puesto que nos pide arriesgarnos con él, que nos permita disfrutar de sus beneficios? 

Es un terreno resbaladizo, desde luego, este del crowdfunding, en el que hay mucho que deslindar. 

Lo que no necesita deslinde ninguno es la de algunos linces que han descubierto el modo de sumar peras con manzanas, es decir, de ser un avezado emprendedor (lo que antes se llamaba empresario) en busca de pingües beneficios, pero sin arrostrar los riesgos inherentes a tan honrada actividad. 

Es el caso de una editorial de nuevo cuño. Su método: contacta con escritores ansiosos de publicar, les facilita la plataforma para que consigan dinero del crowdfunding y con eso le editan. ¿Que hay beneficios? Para la buchaca del autor… y de la editorial, naturalmente. ¿Que no los hay? La editorial no ha arriesgado un solo céntimo. El pagano de la operación, aquel que ha confiado en el escritor en ciernes y de paso sanea el balance del editor, se lleva, en el mejor de los casos, un ejemplar del libro, una camiseta y el reconocimiento de su aportación en letras de molde. 

La idea es brillante: cómo triunfar sin riesgo de fracaso. No sé por qué estas cosas pasan siempre en el campo de la cultura.


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