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Cómo ganar un 86 por ciento más

Ustedes ya saben de mi admiración por Richard Ford, el novelista vivo que más me interesa, dentro de lo poco que me interesan los novelistas vivos. En cuanto se anunció la publicación de Canadá, su última obra, me apresté a adquirirla. En los primeros días de su distribución comercial tuve en la mano un ejemplar de la novela: su precio, 23 euros, entraba dentro de los parámetros habituales, pero su tamaño, 512 páginas, me disuadió de la compra y me llevó a pensar en la búsqueda de la edición digital.

(Permítanme un paréntesis al respecto: como yo los libros no los compro ni para adorarlos como reliquias, ni para dejarme llevar por su fragancia, ni para extasiarme ante las maravillas tecnológicas, sino que los compro lisa y llanamente para leerlos, no tengo una posición dogmática sobre el soporte más adecuado, aunque es cierto que últimamente prefiero lo digital por razones de espacio y de comodidad de transporte).

Fui pues a buscar la edición digital de la novela. Existe, efectivamente, lo que es de agradecer, porque no siempre es así. Pero el problema era el precio: 17 euros. Y ahí me planté.

Para que entiendan bien el motivo de mi plante les haré una cuenta muy básica.

La versión en papel del libro que nos ocupa vale, como hemos dicho, 23 euros. De ellos, el 10% (redondeando mucho, puede que en este caso un poco más) van al autor y al traductor, es decir, a los dos elementos de la cadena que no incurren en costes de gestión más allá de su propio esfuerzo intelectual. Son, pues, dos euros. Los 21 euros restantes se reparten, aproximadamente en tres tramos iguales, para el editor, para el distribuidor y para el librero, que tienen que soportar un gasto notable en la gestión del producto.

Nuestra editorial, por tanto, se embolsa 7 euros de mi hipotética compra, de donde tiene que descontar sus gastos, el más destacado de los cuales es, sin duda, el papel.

De la versión digital (17 euros) el autor y el traductor consiguen algo más, admitamos (y ya es mucho admitir) que incluso el doble, es decir, 4 euros. Pero todo lo demás queda limpio: aquí ya no hay distribuidor, ni librero, ni, por supuesto, papel en el que imprimir. Aquí el editor se gana 13 euros como doce soles, y con pocos gastos. Es decir, incrementa su beneficio respecto al formato tradicional en un 85,71%. Un 86 por ciento, para entendernos.

¿Entienden ahora por qué me enfado?

La trampa de las mayúsculas

El discurso sobre asuntos culturales vigente en nuestro país tiene más trampas que una gala de Morrison El Magnífico. El problema arranca con las palabras: hablamos de literatura, de cine, de música o de teatro y, para empezar, las escribimos todas con mayúsculas y las encerramos en otra mayúscula más grande a la que hemos dado en llamar Cultura. A partir de ahí, cuantos se mueven en ese mundo se encuentran legitimados para solemnizar su discurso y para recubrirlo de un aura cuasi religiosa. A partir de ahí se arrogan derechos de los que el resto de los humanos quedan excluidos, y así, por ejemplo, exigen que su IVA sea inferior al de los fontaneros, probablemente amparados en el hecho, sin duda convincente, de que fontanería se escribe con minúsculas. El poder político les reconoce -¡a todos ellos, patanes incluidos!- una influencia especial y acude a las bodas de sus hijos con el mismo embeleso con el que antes besaban las manos de los prelados. Y si a algún despistado del gobierno de turno se le ocurre decir alguna evidencia, sea sobre sus gustos personales, sea sobre la realidad de las taquillas, llueven sobre su cabeza todos los exabruptos a los que da derecho la bula de la excepción cultural.

Por el lado de los buenos, que también los hay, es decir, de aquellos que honestamente aspiran a un mundo más justo por la vía de la literatura y el arte, la cosa se enreda en complejos debates sobre el ser y la nada, en encendidas disputas sobre si vamos o venimos, sobre si galgos o podencos, sobre si ciudadanos o consumidores, como si existieran ciudadanos a los que los que no les fuera dado consumir o consumidores que perdieran, por el hecho de serlo, su condición de ciudadanos.

Y, entretanto, en este batiburrillo confuso y desestructurado, los espabilados, que son unos cuantos, se esmeran en buscar la manera de incrementar su beneficio en un 86 por ciento.

El ejemplo de los tenderos

Menos mal que la vida real es a veces más simple de lo que nos empeñamos en hacerla. La vida real es, por ejemplo, la experiencia de los tres días de cine en los que se ha evidenciado lo que ya sabíamos todos: que el cine es demasiado caro.

La vida real es, por ejemplo, que alguna sala de cine que ofrece ópera en directo de excelente calidad a un precio muy aceptable haya tenido que duplicar su oferta porque la demanda era enorme.

La vida real es que las encuestas acrediten que el español medio está dispuesto a pagar cantidades razonables por libros digitales, pero que, si el precio no es razonable, piensa seguir pirateando.

La vida real es que los yogures se venden porque se venden baratos. Sin necesidad de precio fijo, ni de subvenciones ocultas, ni de premios amañados para pagar favores.

Se venden porque los tenderos no aspiran a incrementar sus beneficios en un 86 por ciento.

Se venden porque existe el simple mecanismo de la oferta y la demanda: dos partes que convienen  intercambiarse bienes a cambio de un precio.

Es verdad que, en esto del mercado, el arte y la literatura cuentan con factores que le añaden al asunto un punto de complejidad. Stendhal sabía que sus obras no serían apreciadas hasta cincuenta años después de su muerte y, en esas condiciones, el mecanismo comercial requiere de tipos muy valientes, casi heroicos, que arriesguen su dinero y su esfuerzo sabiendo que el beneficio tardará en llegar. Estoy de acuerdo: eso tenemos que hablarlo y a lo mejor podemos encontrarle al Estado algún papel.

Pero, Stendhal aparte, la mayoría de los componentes que se engloban hoy día bajo el engolado paraguas de la Cultura son elementos tan de consumo inmediato como las camisas, las patatas o el desodorante –y, en muchos casos, de bastante menor utilidad.

En resumen, que los 17 euros me parecieron ofensivos, y así lo puse de manifiesto en Twitter, donde le dije a la editorial que ante semejante disparate solo me dejaba una tercera opción, aludiendo a la descarga ilegal de la obra. La editorial me contestó, con una ironía algo chulesca, que efectivamente me quedaba una tercera opción: pedir el libro prestado en la biblioteca. Se le olvidaban otras, como copiarlo a mano o robarlo de sus almacenes.

O, la mejor de todas: hacer entender a la editorial que se equivoca, que su estrategia de precios de ebook es un disparate y que por esa vía no solo se daña a sí misma sino que nos daña a todos.

Aún no me he comprado Canadá, pero acabaré leyéndolo.


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