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Cuando el fútbol era un deporte

Darle patadas a una pelota es actividad que se remonta a los comienzos de la civilización. Sobre la base de algún antecedente más o menos pintoresco, cualquier nación actual puede intentar hacerse con la paternidad del fútbol moderno, pero lo cierto es que fueron los británicos, a lo largo del siglo diecinueve, los que de verdad hicieron el trabajo y lo culminaron brillantemente.

Los antecedentes los habían puesto en las islas británicas las legiones romanas de Julio César y durante toda la edad media y la edad moderna el pueblo llano se había distraído con variedades bastante bruscas del golpeo de pelotas y adversarios. Cómo sería la cosa que, en tiempos tan broncos como aquellos, hubo intentos incluso de prohibir estos juegos, pero sin éxito.

Jugar entre varios con un objeto esférico tiene varias ventajas: es una forma barata de ocio, es una manera de hacer ejercicio, muy necesario para quien no lo practica en su vida ordinaria, y es un buen modo de fomentar la camaradería. Estas ventajas las tuvieron tan claras en las escuelas secundarias y en los colleges británicos que todos ellos terminaron por desarrollar fórmulas propias de practicar este deporte.

Fútbol asociación

Al principio hubo tantos tipos de fútbol como escuelas. El desarrollo industrial vino en ayuda de su unificación porque el ferrocarril acortó las distancias y permitió que las diferentes escuelas pudieran competir. Esto era esencial para impulsar el factor de identificación del grupo, así que todas lo fomentaron. Pero durante un tiempo la situación era tan absurda que, cuando dos equipos se retaban, tenían que echar largas horas de negociación para determinar las reglas de cada partido.

Hay una fecha esencial. Entre el 26 de octubre y el 8 de diciembre de 1863 se realizaron seis reuniones en la Taberna Freemason's a la que asistieron doce clubes de distintas escuelas de Londres. Se trataba de fijar unas reglas definitivas y de crear un órgano que regulara su cumplimiento. El acuerdo se alcanzó y se creó el Football Association –término que le diferenciaba de otros formatos en vigor-, aunque la prohibición expresa de los placajes y algunos otros detalles hicieron que uno de los clubes abandonara para impulsar la Rugby Football Union, el máximo órgano del rugby inglés. Desde entonces, esta escisión ha pesado para siempre en la dicotomía de “un deporte de caballeros practicado por salvajes” y “un deporte de salvajes practicado por caballeros”. Adivinen cuál es cuál y desde qué lado se pronunció la frase.

Hay que entender algo para poder seguir. En el fútbol inventado por los escolares británicos victorianos ganar no era lo importante: lo importante era cohesionar el grupo y practicar el fair play, los dos valores esenciales sobre los que los ingleses terminaron por construir un imperio. Obsérvese lo que decía al respecto un diplomático español de la época (entendiendo a este respecto que “español” y “época” son dos términos que producen bastante melancolía):

El deporte representa en Inglaterra el más avanzado y eficaz de los métodos pedagógicos. Veamos como en un partido de foot-ball, pongamos por caso, se advierte a los jugadores que en el equipo, lo mismo que en la vida, lo que menos interesa son los alardes individuales, el exhibicionismo fanfarrón, incluso cuando sea fruto de excelentes cualidades futbolísticas. Lo que hace falta, lo mismo en el deporte que en la vida pública, es el espíritu de equipo, de colaboración, sacrificando la brillantez personal a la eficacia colectiva. Jugar el juego (play the game), o ir unidos y solidarios (stick together) o jugar limpio (play fair) o ser deportivo (sport o sporty) son los módulos que el chico aprende en la escuela municipal de párvulos o en el colegio aristocrático. […] Podríamos equivocadamente deducir que de lo que se trata en el partido de foot ball de nuestro ejemplo es no de que luzca un jugador pero sí de que gane el equipo. Pero esto es erróneo. El equipo ha de hacer cuanto buenamente pueda para ganar pero no ha de hacer todo lo que pueda. Las frases “sea como sea”, “ganar a toda costa” están desterradas del vocabulario deportivo británico. (Transcripción exacta del original)

Esta férrea voluntad de fair play se reflejó desde el primer momento en las reglas, pensadas por lo general no para hacer el juego más vistoso ni para conseguir más goles (de hecho, los marcadores eran ridículamente bajos en los inicios del fútbol) sino para garantizar la limpieza del juego, la igualdad de oportunidades y la cohesión del grupo.

El fuera de juego

El caso de la regla del fuera de juego es especialmente clarificador. El fuera de juego se creó para evitar que nadie se colocara en la portería contraria descaradamente y esperara allí sin esfuerzo la llegada del balón. Era una medida pensada para evitar la trampa y el escaqueo. En una primera formulación, la regla exigía que, cuando un jugador estuviera en posesión de la pelota, ninguno de sus compañeros pudiera posicionarse por delante de esta. Ello obligaba a pasar el balón únicamente hacia atrás y dificultaba hasta extremos absurdos la llegada a la portería contraria. De modo que, pronto, el organismo regulador del Football Association cambió la regla para dejarla en que el fuera de juego se comete cuando entre el último jugador sin balón y la portería contraria hay menos de tres jugadores del equipo que defiende. Esta regla, que luego redujo a dos el número de jugadores y como tal se ha mantenido hasta la actualidad, define la esencia del fútbol tal y como hoy lo conocemos, porque es la que permite que los jugadores se interrelacionen en el campo con una mezcla fascinante de fuerza y de pericia.

Una vez convertido el fútbol en el fenómeno de masas que llegó a ser a lo largo del siglo XX, los británicos han sido poca cosa en el escalafón mundial, entre otras razones por su admirable empeño de mantener independientes las cuatro federaciones correspondientes a las naciones integradas en el Reino Unido. Solo Inglaterra mantiene un cierto nivel y su liga y sus clubes se codean con lo mejorcito de la Europa continental. Como selección, Inglaterra tuvo su momento de gloria en 1966 cuando ganó su propio Mundial con un fútbol ejemplarizante de las lecciones fundacionales sobre las que había creado este espléndido juego.

Después vinieron los Havelange, los Florentinos y toda esa caterva interminable que ha hecho del fútbol un lamentable espectáculo de egolatría y despilfarro y que ha conseguido convertirme en un exaficionado. No me interesa apenas el Mundial de Brasil y el partido inaugural del jueves último, mediocre, manipulado y sobreexpuesto, ha terminado por vacunarme. Me limitaré a ver una vez más los seis goles de la final de Wembley y releeré, en los ratos libres, las 730 páginas de la Historia del Fútbol en la que Juan Antonio Bueno Álvarez y Miguel Ángel Mateo cuentan tantas cosas de interés, algunas de las cuales acabo de entresacarles. 


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