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Tres formatos, una obra

En estas últimas semanas ha estado en la escena madrileña El nombre de la rosa, una propuesta que ya había sido estrenada en Cáceres por cuatro compañías teatrales españolas, bajo la dirección de Garbi Losada, con un elenco de actores razonablemente competente. 

El nombre de la rosa es la adaptación teatral de la película del mismo nombre, dirigida por Jean Jacques Annaud y estrenada con éxito notable en 1986, que a su vez era la adaptación cinematográfica de la novela de Umberto Eco de 1980 que arrasó en las librerías en su momento y se convirtió en uno de los éxitos editoriales más asombrosos de todos los tiempos.

El nombre de la rosa, pues: la misma obra en tres formatos a lo largo de un cuarto de siglo, exprimiéndole el jugo a una historia medieval de dudosa verosimilitud y nula relación con nuestras vidas. Como para dar una pensada a las claves de tal éxito.

El lector como creador

Eco escribió esta obra cuando ya era un consagrado teórico de la semiótica estructural y un reconocido especialista en cultura medieval, pero carecía de antecedentes en el campo de la ficción. La semiótica, ya saben, es la disciplina que persigue aprehender los misterios del lenguaje como generador de significados y, desde esa perspectiva, Eco ha sabido leer la historia de la cultura occidental con una lucidez y una originalidad extraordinarias.

Las razones por las que Umberto Eco, con un bagaje a su espaldas de sólido ensayista y riguroso académico, se lanzó a escribir su primera novela -las posteriores no son, en mi opinión, más que el fruto autocomplaciente de su éxito editorial- tienen mucho que ver con sus convicciones más profundas en cuanto al papel que la ficción juega en la conformación de los mitos, es decir, en el modo en que el ser humano entiende y modela la realidad que le envuelve, a partir de la fabulación.

Simplificando mucho -ya sabe que yo soy muy de simplificar-, la gran aportación de Eco al pensamiento contemporáneo está sustancialmente contenida en su libro Lector in fabula, donde sostiene la tesis de que en la obra escrita, y particularmente en la ficción, tan importante como lo que el autor quiera transmitir cuenta lo que el lector quiera encontrar. En una novela no hay una historia: hay tantas historias como lectores se enfrentan a ella y la asimilan y la reinterpretan. De manera que la realidad termina por no ser única sino compleja y subjetiva.

Borges ya había anticipado que "si el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de 'rosa' está la rosa y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'". Eco hace suya este nominalismo radical -lo hace tan suyo que lo convierte en el título de su novela- pero añade también el condimento de la interacción entre autor y lector para ofrecer como resultado un modo radicalmente moderno de entender la literatura: no leemos para saber, leemos para crear. Este radical cambio de perspectiva es lo que explica que un libro cargado de filosofía medieval y oscuros debates teológicos haya podido convertirse en uno de los bestsellers más potentes de todos los tiempos.

El nombre de la rosa, la novela, está construida, con una enorme eficacia, sobre tres niveles de información. El primero se sostiene sobre una tópica historia policial, plagiada prácticamente de Conan Doyle y sin otro atractivo que la peculiaridad de los personajes, por lo demás bastante arquetípicos. Este nivel, el más fácil para el lector actual, cumple la función de locomotora narrativa y es la que sirve para que el lector se zambulla en el texto.

Disputas teológicas

El segundo nivel es algo más abstruso pero todavía razonablemente asimilable. Narra los preparativos y el proceso en el que Michele de Cesena, general de los franciscanos, defiende ante el enviado del papa Juan XXII, Bernardo Gui, su defensa de la espiritualidad y de la pobreza franciscanas en contra de las posiciones de los dominicos y del propio papa. Esta historia, verídica y documentada, situada en los primeros años del siglo XIV, exige del lector algunos conocimientos más especializados para poder seguirla en su integridad y, desde luego, una cierta voluntad de adentramiento en vericuetos teológicos altamente interesantes pero no muy frecuentados, como es natural, en estos tiempos.

El tercer nivel es el más complejo y se sustenta en la filosofía de Guillermo de Occam y en los debates medievales sustentados en la primacía doctrinal de Santo Tomás de Aquino a partir de su personal relectura de Aristóteles. En este nivel, de una gran importancia para la conformación del pensamiento occidental moderno, Eco exige del lector una buena preparación cultural, unas ganas notables de transitar por terrenos abstrusos y un permanente afán de jugar al encuentro de citas, de referencias, de parodias, de insinuaciones. En este nivel es donde la propuesta de Eco de la 'obra abierta', en la que el lector también construye y reinterpreta, se hace más patente.

El encaje de estos tres niveles en una obra aparentemente fácil es lo que hace de El nombre de la rosa una obra maestra difícilmente igualable.

La película de Annaud, en cambio, no se complica la vida. Artesano habituado a proporcionar productos comerciales de razonable calidad y rápida digestión, el director francés se limita a construir un film en el que el primer nivel y una parte del segundo se ofrecen al público con todos los atractivos del mejor cine comercial: actores de primera, cuidada producción, excelente guion, dinero a espuertas... El resultado: una cinta que se ve bien pero que carece de la magia de la novela porque ya no hay en ella posibilidad de que el espectador participe.

Que la obra de teatro tuviera más o menos interés dependía por tanto de cuál fuera la base sobre la que se reescribiera. Si se hacía a partir de la novela, cabía la posibilidad de que se intentara recrear el milagro de los tres niveles y de la obra abierta. Se ha optado por lo fácil: coger la película y reproducirla tal cual, incluso buscando expresamente el parecido físico de los actores y, por supuesto, calcando la escenografía y el guion. Comprendo a los productores: en estos tiempos tan duros, a ver quién es el guapo que se arriesga a montar una obra para espectadores inteligentes.


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