Hmmm...

No está fino Tarantino

Hace un montón de años el escritor Antonio Muñoz Molina publicó un artículo demoledor contra la película Pulp Fiction, que entonces arrasaba en las carteleras. Quentin Tarantino era ya por entonces algo más que el enfant terrible de la cinematografía occidental y con esta cinta alcanzaba las más altas cotas de la propuesta posmoderna que poco antes había anunciado en la muy exitosa y admirable Reservoir dogs.

La airada tecla de Muñoz Molina se activó para denunciar la frivolidad con que el director norteamericano trataba la cuestión de la violencia. Sonaba razonable lo que decía, con ese punto de buena prosa y obviedad perenne con que el escritor jiennense suele expresarse. Pero Javier Marías, hombre a quien las polémicas le gustan casi tanto como a Artur Mas su derecho a decidir, contestó de inmediato y se organizó un interesante guirigay entre los dos escritores.

Si tiene ustedes ganas, léanse  el debate completo (aquí, aquí, aquíaquí) porque es esclarecedor e interesante, pero, si andan justos de tiempo, yo les resumo en dos patadas los argumentos de ambos:

Para Muñoz Molina, Tarantino se muestra insensible ante el dolor ajeno y hace de la muerte violenta una mera diversión.   

Para Marías, en cambio, esa visión es puramente moralista. Lo que el artista tiene que hacer es ayudarnos a entender el mundo y para ello puede utilizar los procedimientos que le parezcan oportunos.     

(Supongo que ambos se enfadarán cuando se vean resumidos con semejante simpleza. Espero que sepan agradecer el esfuerzo de enlazar a las fuentes primarias, una de las obligaciones primordiales de cualquier escritor digital, y en lo que yo suelo ser escrupuloso)

Aunque mis coincidencias con Marías son casi las mismas que mis aciertos en la primitiva, creo que esta vez el madrileño llevaba razón frente al andaluz. A Muñoz Molina, excelente crítico, buen observador, intelectual sensible -por más que le brote de vez en cuando algún pecadillo de petulancia que otro-, le pierde un defecto básico: su carencia absoluta de sentido del humor, su poca capacidad para captar la ironía, su rechazo visceral a la frivolidad.

Yo lo tuve claro en aquel momento: las cosas de Tarantino eran bromas y como tales había que tomarlas. Y Marías tenía razón (ya digo, alguna vez hay que dársela) cuando la defendía como una propuesta estética tan aceptable como tantas otras (desde Scorsese hasta Hitchcock) en las que los asesinos funcionan como héroes positivos ante el espectador.

Después de aquello, vi Jackie Brown, que me produjo más frío que calor; me entusiasmé con las dos partes de Kill Bill, estas sí una brillantísima broma con la que pasé y sigo pasando muy buenos ratos; y me entretuve con Death Proof, un ejercicio de estilo razonablemente bien resuelto.

Hasta que llegó Malditos bastardos y con ella mi chip ‘tarantiniano’ cambió.

Una propuesta inmoral

Aquella película, mala en mi opinión, aburrida y previsible, tediosa como ninguna de las suyas, era además inmoral. Inmoral en la medida en que se apropiaba de uno de los capítulos más dolorosos de la reciente historia de la humanidad para jugar con él, para chapotear un rato en su significado y para hacer del recuerdo del nazismo y del Holocausto un juguete con el que el niño mimado de Hollywood podría entretenerse un rato y proporcionar a su público otra muestra de su ingenio.

Me enfadé mucho, pero pensé que era un traspié del que se repondría.

Error de los errores. Ha recaído. Y a peor.

En su más reciente película, Django desencadenado, Tarantino utiliza el mismo truco inmoral que en la anterior: toma un episodio vergonzoso y lamentable de nuestra reciente historia -en este caso, la esclavitud de la población negra en los Estados Unidos- y se monta con ella una pretendida divertida historieta en la que el dolor, la muerte y la vergüenza son meros pretextos para sus piruetas de director solvente.

Manipular la historia es una fea costumbre con la que malos políticos y peores intelectuales pretenden arrimar el ascua a sus confusos intereses. De gobernantes que utilizan pasados episodios para influir en los presentes está el mundo lleno y en España hemos padecido recientemente alguno. Pero también está lleno el mundo de una especie que es casi peor: la de los pretendidos creadores que por conseguir un best seller son capaces de remover los mismísimos pilares de la tierra sin importarles una higa el rigor documental o científico de lo que cuentan. 

El asunto es serio y merecería una análisis más sosegado, al que a lo mejor algún día me pongo: la ficción histórica es, antes que nada, un modo de alumbrar nuestro presente, pero el pasado no puede alumbrar nada si está falsificado, si los datos que lo configuran están tergiversados o la interpretación correspondiente aparece sesgada.

La banalización del dolor

El tema de la esclavitud durante el siglo XIX es uno de los capítulos más bochornosos de nuestra historia. Discrepo en esto de mi admirada Teresa Giménez Barbat cuando sostiene que, puesto que todas las culturas han utilizado la esclavitud como elemento de dominio, es necesario desterrar el mito del blanco malo y repartir equitativamente las culpas entre todos. Esto estaría muy bien si no fuera porque 1776 (independencia de los Estados Unidos) y 1789 (Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano) son fechas esenciales para el surgimiento del hombre moderno, ciudadano libre en un espacio público sustentado sobe la base de la libertad y la igualdad. Que, tras tales declaraciones, la esclavitud se mantuviera vigente durante decenios en buena parte de Europa y en casi toda América es un motivo de vergüenza sobre el que se habla  menos de lo que se debiera.

Pues bien, sobre este tema execrable pone Tarantino sus patitas en este Django desencadenado y lo hace con su estilo habitual: dinámico, efectista, resultón y banal. Sus gracias ya no resultan y sus golpes de efecto están más vistos que los chistes de Wyoming, pero él sigue empeñado en pasarse el dolor ajeno por salva sea la parte con tal de añadir una secuencia más a su colección de ingeniosidades.

La grandísima Hanna Arendt, cuya lectura debiéramos reiniciar con frecuencia para no olvidar nunca, hablaba de la “banalidad del mal” cuando se refería a la ordinaria simpleza de los funcionarios corrientes que ejecutaron el terror nazi desde la obediencia ciega y la sinrazón acrítica. En esta línea, cabría también hablar de la banalización del dolor cuando desde posiciones de estética posmoderna se elude la reflexión sobre nuestro pasado y se juega con él como quien se engulle un videojuego. ¿Posiciones posmodernas he dicho? Es un exceso. En el caso de Tarantino al menos, la cosa es mucho más fácil: acaba de cumplir los cincuenta, pero adolece de un arraigado síndrome de Peter Pan y sigue jugando a ser lo que siempre ha sido: un adolescente malcriado.

Alguien debería llamarle la atención.


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