Hmmm...

Una filósofa en el cine

Hacer de una filósofa protagonista indiscutible de una película de ficción tiene su mérito, aunque solo sea medido en términos de osadía cinematográfica. Ya lo había hecho Amenábar llevando a la pantalla la figura protohistórica de Hipatia de Alejandría y no hay que restarle valor, por más que construyera la historia de la brillante pensadora con las herramientas del thriller más pueril y una pátina de buenismo que levantaba ampollas.

No hay muchas filósofas en la historia, así que a nadie puede extrañar que, a la hora de filmar a otra, le toque el turno a Hannah Arendt, la relevante pensadora alemana que se ha labrado un lugar  en la historia del siglo xx no sólo por sus aportaciones estrictamente teóricas sino también por el papel cívico y el compromiso político y social con que afrontó los convulsos años marcados por el nazismo.

Pero no está el cine para grandes hazañas y, al menos en lo que a mí me toca, se me empieza a poner cuesta arriba.  Si hace unas semanas fue Superman el que me dejó grogui, ahora es este filme, Hannah Arendt, entre engolado y romo, el que me deja frío. Nada que ver uno con otro, por supuesto. Lo que en Superman era superchería, en este es un esfuerzo  notable pero insatisfactorio, por hacer cine de altura. Nadie puede negarle a la veterana Von Trotta el saber filmar con buena factura, el conseguir una esforzada reconstrucción de ambientes y, particularmente, el arrancar de Barbara Sukowa una interpretación contenida y sólida de la protagonista.

Pero lo que la película tiene de fallido es la base argumental, la escasez de sustancia narrativa y la endeblez de un guion que, de tan profundo que quiere ser, se hace, sin más, aburrido.

Una vida intensa

Cuando Hitler llega al poder y cualquiera con dos dedos de frente podía empezar a sospechar la que se venía encima, Hannah Arendt era ya una firme realidad de la joven filosofía alemana, la discípula predilecta del gran Heidegger y de los no menos importantes Jaspers y Husserl y sin duda uno de los nombres llamados a vertebrar el pensamiento europeo en la segunda mitad del siglo.

Pero con el triunfo electoral del partido nazi, la vida de la joven filósofa se convulsiona para siempre. Judía de sangre y de convicciones, se posiciona desde el primer momento contra cualquier asomo de colaboracionismo, lo que le lleva incluso a romper con sus amigos, empezando por su amado Heidegger, cuya adaptación al nuevo régimen le resulta, con razón, escandalosa. 

Arendt sale pronto de Alemania, en 1933, y en París transcurre su primera etapa de exiliada, hasta que en 1941 llega a Estados Unidos, donde terminará asentándose y consiguiendo la ciudadanía, aunque con frecuentes viajes a Europa y a Israel.

Es en esa cierta distancia relativa desde donde Arendt vive el Holocausto, la guerra y la derrota de Alemania y desde donde contempla y analiza, con el desgarro de su propio protagonismo pero también con la solidez de su formación intelectual, las heridas terribles con las que el nazismo y el estalinismo han transformado a la humanidad.

La filosofía de la otrora joven promesa del esencialismo heideggeriano evoluciona al compás del asesinato de seis millones de judíos y de la destrucción de Europa y evoluciona sobre todo hacia una mayor politización de su pensamiento y una formulación más clara y radical de la ética individual. Su libro Los orígenes del totalitarismo, publicado en inglés en 1951, fija el concepto de régimen totalitario y, con una intuición crucial, equipara en sus presupuestos básicos y en su inmoralidad esencial tanto al fascismo como al comunismo.

Eichmann en Jerusalén

Por razones de exilio, Hannah Arendt siguió con sumo interés, pero con lejanía, los procesos de Nuremberg, en el que los aliados juzgaron a los responsables y colaboradores del régimen nazi. Arendt siempre mostró mucho interés por los aspectos jurídicos, políticos y éticos de estos procesos y es eso lo que le llevó al juicio de Eichmann y nos permite a nosotros regresar a la película.

En 1961, los servicios secretos israelíes detienen en Argentina y trasladan a Jerusalén a Adolf Eichmann, uno de los responsables más directos de la Solución Final y director logístico del traslado de miles de judíos a los campos de concentración donde encontraban la muerte. Hannah Arendt convence a la revista New Yorker de que la envíe como corresponsal para cubrir el juicio y, sobre la base de las crónicas que envía, escribe y publica el que será su libro más polémico -y también más conocido-: Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal. Pues bien, la película a la que nos venimos refiriendo se centra exclusivamente en el periodo de la vida de Hannah Arendt que transcurre desde el anuncio del juicio hasta la publicación del libro y los problemas que le ocasiona.

Los problemas de este librito -un ensayo de poco más de un centenar de páginas que Lumen acaba de reeditar bellamente, en papel y en digital, y cuya lectura les recomiendo- surgieron de dos cuestiones muy concretas de su enfoque. Uno es la claridad con que la autora acusa a muchos judíos prominentes de haber sido, por ignorancia o por torpeza, cómplices de los nazis en la persecución de los demás judíos. No era un tema nuevo ni desconocido para nadie, pero Arendt, al fin y al cabo “uno de los suyos”, fue demasiado descarnada y explícita en la formulación de esas responsabilidades que hoy ya nadie discute.

La otra cuestión es más compleja, y aún hoy sigue sin resolverse. Se trata del famoso término de la “banalidad del mal”. Esta locución, que yo mismo utilicé en un reciente artículo, hace referencia a la actividad delictiva que se sustenta en la sinrazón acrítica más que en convicciones propias. Dicho de otra manera: para Arendt, Eichmann no era un monstruo sino una persona que actuó monstruosamente porque formaba parte de un entorno en el que era así como se esperaba que actuara. Lo cual, naturalmente no justifica al asesino, ni lo hace merecedor de clemencia, pero explica, al menos en parte, el clima moral que hizo cómplices del Holocausto a millones de alemanes –y no solo alemanes- que presenciaron el horror sin mover un dedo para evitarlo.

La banalidad del mal sigue dando mucho que hablar (300.000 entradas de Google solo en español) y hay toneladas de literatura a favor y en contra del concepto. Volveremos sobre él porque da mucho juego. Pero hoy habíamos venido aquí a hablar de cine y es preciso terminar haciendo una recomendación: no se molesten en ir a ver esta película, porque se aburrirán soberanamente y el tema no lo merece. Pero lean el libro de Hannah Arendt. Es más, lean todos los libros de Hannah Arendt que caigan en sus manos porque a estas alturas de la canícula, no han perdido ni una gota de vigor.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba