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La felicidad en una taza de té

Los japoneses viven asentados en un territorio inhóspito, difícil, cargado de riesgos y de limitaciones. Así que han sido desde siempre muy hábiles en hacer de la necesidad virtud y en convertir en sofisticada cultura lo que en origen no era otra cosa que adaptación a la naturaleza.

El budismo llegó a Japón en el siglo VI a través de la península coreana y encajó muy bien  con la idiosincrasia de sus habitantes. La sustancia del budismo se resume en un silogismo elemental: el ser humano vive anhelando deseos y aspiraciones, la mayoría de los cuales no se cumplen, lo que conduce inevitablemente a la frustración; luego eliminando el deseo desaparecen las frustraciones y se alcanza la felicidad. (Fuera de este esquema, como muy acertadamente percibió Borges, el resto del budismo no es sino aderezo y parafernalia, incluida su elaborada teoría de la transmigración, añadida un poco a empujones a la inspiración inicial para poder ayudar a sus seguidores a sobrellevar el miedo a la muerte, que es, como todo el mundo sabe, la base esencial de las religiones).

Sobre este silogismo esencial, a los japoneses el budismo les encajaba de lleno en un modelo de vida condicionado por todo tipo de desastres, unos naturales y otros organizativos: la vida duraba poco y estaba amenazada a cada momento, de manera que lo mejor era extraerle el jugo disponible viviendo el presente con intensidad. Pero el jugo de la vida era escaso, así que los detalles adquirían una importancia decisiva.

Así es como el budismo –convertido en zen-  llegó a ser el mejor aliado del japonés, fuera este poderoso o pobre, militar o campesino: la búsqueda del vacío era el modo natural de conseguir la plenitud.

El camino hacia la nada

Pero llegar a la nada no es fácil. Somos seres imperfectos, dominados por la ansiedad, perpetuamente anhelantes de objetos y metas inalcanzables. Es preciso un entrenamiento intenso para desprenderse de la voluntad, para anularla. Y a partir de ahí, los japoneses empiezan a trazar diferentes caminos, cuya práctica intensa y perfeccionista sirven para conducir hacia la única meta con sentido: la vivencia intensa, irrepetible, de cada momento presente, el único al que no tenemos que aspirar porque vivimos en él.

No sé si me siguen, pero lo que quiero decirles con palabras normales -he procurado no dejarme llevar por la engañosa palabrería de los términos eruditos- es que el zen japonés carece de toda dimensión trascendente y no pretende alcanzar, contra lo que suele pensarse, ningún extraño paraíso sobrenatural. A lo único que aspira es a que los seres humanos vivamos con la menor angustia posible.

Se lo resumiré en una anécdota antes de avanzar a donde quiero llevarles. En una ocasión un grupo de empresarios norteamericanos y japoneses se reunió a reflexionar sobre asuntos algo más etéreos que la cuenta de resultados. Los americanos eran, claro, cristianos, un surtido variado entre protestantes y católicos. Los japoneses, budistas en su mayoría, explicaron largamente a sus colegas la esencia de sus convicciones zen pero el asunto no debió quedar muy claro porque finalmente uno de sus interlocutores dijo: "Verán, es que no lo entiendo. Ustedes nos cuentan muchas cosas  que se alejan de nuestras creencias, pero, al final, a la hora de la verdad, de afrontar los negocios y el trabajo, actúan igual que nosotros. ¿Podrían explicarnos de un modo concreto dónde está la diferencia?". Y uno de los japoneses replicó: “Mire, la diferencia es solo esta: cuando a ustedes les suena el teléfono, se lanzan a cogerlo. Apenas lo dejan sonar una o dos veces. Nosotros, en cambio, dejamos que suene, terminamos lo que estamos haciendo, nos concentramos en el hecho de que el teléfono suena, y solo entonces lo cogemos. Esto es el zen".

Flechas, flores y té

Así pues, decíamos, hay que adiestrarse, hay que aprender a instalarse en el presente y a desterrar la ansiedad. Y para eso, los japoneses han trazado varios caminos, varios modos de aprendizaje, varias herramientas.

El tiro con arco es una de ellas y un día que tengan ustedes ganas les hablaré de esta práctica comparándola con su equivalente occidental. El arreglo floral es otra. Y la caligrafía. Y alguna otra de nombres endiablados relacionada con las artes marciales.

Pero la más simple de todas, la más elemental, la más obvia, es la ceremonia del té.

No le den mucha importancia a lo de ceremonia, ya les digo que las palabras son muy tramposas cuando se empeñan en revestir de solemnidad actos simples y cotidianos. Porque la sustancia del asunto no puede ser más elemental: los monjes coreanos que implantaron en Japón el budismo llevaron también el té y lo consumían para evitar la somnolencia en las largas horas de adiestramiento. De ahí pasó a ser consumido por todos y a ser utilizado como elemento básico de la relación social.

De modo que la ceremonia del té no es más que el encuentro de varias personas que se proponen pasar un rato juntos compartiendo algunos gustos comunes. No hay más. Ese es todo el misterio.

Eso sí, con esa endemoniada capacidad de los japoneses para detenerse en los detalles y hacer de ellos la esencia, tomar el té desde las mencionadas premisas requiere de un prolongado aprendizaje en el que cada gesto, cada movimiento y cada mirada exigen de una esforzada disciplina encaminada a que el cuerpo memorice la ceremonia de modo que la mente, despojada de cualquier preocupación, pueda centrarse en lo importante: la compañía, la belleza de los objetos, la armonía general.

Insisto: contra lo que suele pensarse, no hay en este ritual, como en ninguno de los similares, la más mínima trascendencia, ninguna evocación de lo sagrado, ninguna búsqueda de realidades esotéricas. Todo muy simple, todo muy plano, todo muy elemental. Para un occidental, educado en el exceso y en la sobreabundancia de recursos, el desmedido esfuerzo por alcanzar la perfección en los detalles y en la menudencia puede llenarlo de perplejidad. Pero ¿y si de verdad la felicidad se esconde en esa taza de té bebida conforme a las rigurosas normas marcadas por Sen Rikyu a mediados del siglo XVI?


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