Hmmm...

Menos famoso que Gehry

Cuando el jurado del Príncipe de Asturias de las Artes se enteró de que yo iba a escribir de arquitectura esta semana, decidió pisarme la primicia y otorgó el galardón a Frank Gehry. Nada que objetar: cada uno es muy dueño de obrar como le parezca en su chiringuito –siempre dentro de los límites del Código Penal, por supuesto- y yo tengo por norma no opinar sobre ese tipo de decisiones.

Lo que lamento es que esta se interponga en el camino del hombre del que yo quería hoy hablarles, arquitecto también, merecedor también de todo tipo de reconocimientos y, sin embargo, diferenciado de Gehry en algunos pequeños detalles: por ejemplo, lleva muerto casi un siglo, es de aquí y no lo recuerda casi nadie.

La vida, que es así de injusta.

Un catalán en Madrid

De la vida privada de José Grases Riera (Grases y Riera, firmaba él, pero ya saben cómo eran entonces algunos para sus cosas) se sabe poco, apenas las pinceladas justas para esbozar su trayectoria. Hijo de acomodados padres de la burguesía catalana y nacido en Barcelona, vino a Madrid siendo todavía niño y en la capital de España comenzó los estudios de arquitectura. A mitad de la carrera regresa a Barcelona y la concluye allí, en 1878, en la misma promoción que Antonio Gaudí.

Recién graduado, y sin que se conozcan las razones de tanto ir y venir, regresa a Madrid y es en esta ciudad donde se instala definitivamente y donde desarrolla lo más significativo de su obra arquitectónica y de su aportación intelectual, que fue, como veremos, notable. Poco más, en cuanto a la vida privada: parece que casado, parece que sin hijos, pero todo un poco nebuloso y perdido.

Bien relacionado, sin problemas para integrarse en el tejido profesional madrileño, su primera gran oportunidad surge cuando gana el concurso para diseñar la sede de la aseguradora norteamericana La Equitativa, el gran edificio que delimita la esquina entre la calle de Alcalá y la calle de Sevilla, que posteriormente sería la sede central del Banco Español de Crédito, más posteriormente aún formaría parte de la gran sede del banco Santander en la conocida manzana de Canalejas y, en la actualidad, parte esencial de una de esas operaciones especulativas y rocambolescas tan apreciadas por nuestros actuales próceres locales. En esta obra, Grases anticipa lo que ya será para siempre su distintivo como arquitecto: eclecticismo, elegancia y una capacidad notable para hacer ciudad, es decir, para pensar el edificio no tanto como una obra en sí misma sino en su condición de elemento integrado en un espacio público.

Lo del eclecticismo suena, incluso ahora, regular. En aquellos años de gran revuelo estético en el campo de las artes plásticas y el diseño, las dos grandes corrientes de la arquitectura finisecular catalana estaban en su máximo esplendor. El modernismo de Gaudí era la culminación de un gran movimiento estético ligado a la Renaixença como factor cultural propio catalán, pero también entroncado con el impulso europeo que, para entendernos, cabría agrupar bajo la etiqueta genérica del art nouveau. Junto a este purismo, militante en algunos casos, otros profesionales, los eclécticos, optan por opciones herederas de diversas corrientes artísticas, con fuertes componentes neoclásicas, que buscan soluciones más funcionales y asentadas sin renunciar al sello personal y, en ocasiones, a propuestas estructurales y ornamentales dotadas también de una fuerte carga de originalidad.

Grases construye en Madrid algunos otros edificios más o menos emblemáticos o funcionales y, desde luego, todos bellísimos. Pero su visión profesional desborda el molde estrictamente arquitectónico para anticipar lo que décadas después será la visión del urbanista. Con una tozudez que seguramente sus coetáneos no se merecían, se empeñó en quitarle a Madrid la costra de poblachón manchego que la mantenía a la cola de las capitales europeas y en ordenar las primeras grandes operaciones urbanísticas especulativas que amenazaban con hacer de esta ciudad un disparate. Fue él quien intentó trazar lo que podría denominarse el primer plan general de Madrid –o el segundo, si se considera el intento, también fallido, de Silvestre Pérez durante el efímero reinado de José Bonaparte-, basado en una Gran Vía Norte-Sur, que descongestionara el desbordado crecimiento del centro (“en chocolatera”, había dicho Larra, aludiendo tanto a la saturación como a la falta de higiene) y regulara las propuestas, incluso algunas razonables, que sin orden ni concierto empezaban a proliferar.

Un tipo curioso

No tuvo éxito, como tampoco lo tuvo para ejecutar la gran galería cubierta de la que pretendía dotar al centro de Madrid, en el mejor estilo parisino (véase el dibujo), pero sí lo tuvo en cambio para desarrollar fórmulas eficientes para el realojo en viviendas baratas de las poblaciones afectadas a finales de siglo por los tremendos terremotos de Granada y Málaga.

Un tipo curioso, Grases. Un buen arquitecto, un notable arquitecto, de los que aún creía que en las ciudades no basta con construir edificios singulares y notables, sino que también son necesarios aquellos que sirven para empastar los espacios, para ordenarlos y para permitir que los viandantes circulen entre ellos con la convicción de que la ciudad nos hace mejores. Un tipo que además, sabiendo que la buena arquitectura no puede ser barata, pensaba que hay que buscar fórmulas para financiar las obras del modo menos gravoso, y para ello incorporaba en sus proyectos fórmulas de financiación absolutamente novedosas y modernas, como la idea de dotar de un restaurante y un embarcadero al monumento a Alfonso XII en el parque del Retiro con el fin de que la recaudación de estos negocios financiara la obra (tampoco le hicieron caso y por eso el monumento no pudo terminarse hasta varios años después de su muerte). Un tipo preocupado por la salubridad y la higiene en las viviendas o por la prevención de los incendios en los teatros. Un tipo que probablemente no era un genio, como Gehry, pero que entendía la arquitectura con la racionalidad burguesa que busca facilitar la convivencia en espacios armoniosos más allá de la intencionalidad expresamente llamativa y rompedora de muchas de las propuestas de hoy y de entonces.

De José Grases Riera, este extraño barcelonés cuya obra tenemos los madrileños delante de nuestros ojos cada día sin saberlo, casi nadie se acuerda. Menos mal que anda por ahí José Miguel Gastón de Iriarte, un arquitecto casualmente formado en Barcelona y residente en Madrid, que se ha empeñado en recuperar su figura y su obra. El otro día estuvimos unos cuantos en la Librería Blanquerna escuchándolo a él y a otros acreditados profesionales que glosaron la figura del insigne arquitecto como paso previo a lo que será una importante exposición conmemorativa. Merecerá la pena, estoy seguro, porque Grases lo merece y Gastón de Iriarte la está preparando bien.


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