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La escasa crueldad de la familia Cenci

La historia de Beatrice Cenci y su desgraciada familia es un clásico que ha fascinado desde siempre a artistas y escritores. La verdad es que no sé muy bien por qué: los elementos que componen el truculento suceso son desgraciadamente comunes a todas las épocas y sus protagonistas, casi estereotipos que responden estereotipadamente a una situación que se repite con más frecuencia de la que nos gustaría.

Por si alguien no la recuerda y no quiere acudir a la Wikipedia: Francesco Cenci era un noble de la Roma renacentista más malo que un nublado que tenía a su familia sometida a un régimen de terror y en particular abusaba de forma continuada de su hermosa hija. Hartos todos del continuo maltrato, madre e hijos se conjuran con la ayuda de algún criado y un amigo y acaban con la vida del malvado noble. El pueblo de Roma aplaude el homicidio, pero el papa entiende que el principio de autoridad es lo primero y ordena, en aplicación de la ley, la ejecución de la familia.

Variedad de versiones

Como digo, esta historia ha fascinado a muchos. Yo conocía las versiones que habían escrito, para el teatro, los Shelley (Percy y Mary), un poco cursi, como eran ellos, así como las versiones reportajeadas de Stendhal y Alejandro Dumas, antecedentes a su manera de las actuales investigaciones periodísticas y de las que fueron deudores nombres como Sciascia o Kapucinsky.

También los Cenci llegaron al cine. No conozco la película La verdadera historia de Beatrice Cenci de la que informa Filmaffity, pero sí tuve ocasión de ver hace años La passion Béatrice, del atractivo aunque irregular Tavernier, que filmó en 1987 una durísima versión, absolutamente modificada respecto a la realidad histórica -empezando por su datación, que él sitúa en la Edad Media- y convertida en un drama a medio camino entre lo erótico y lo antibélico.

No conocía, en cambio, la obra teatral que en la década de los treinta había firmado Antonin Artaud, aunque en mi ya lejana juventud presté alguna atención al gran autor francés. Artaud, ya saben, un referente inevitable de las vanguardias, tras haber probado todos los estilos, y también todas las sustancias, se inventó el teatro de la crueldad y se puso ahí a indagar en el límite de las emociones y las consecuencias del dolor y el desgarro llevadas hasta el límite en el escenario. Está pendiente una revisión de Artaud: a mí a estas alturas me rechina un poco su propuesta extrema de que la verdadera pieza de teatro es aquella en la que el actor muere de verdad como culminación de la representación. Y me rechina, no tanto por la carencia de actores que tal fórmula produciría, como porque, con semejante formulación, Artaud encuentra una estupenda coartada para no escribir jamás la obra maestra por la que siempre suspiró.

Artaud ha venido poco a España. Yo, de hecho, no había visto nada -aunque ya saben que no soy un modelo para la potenciación de nuestra escena-, así que encontrarme Los Cenci en el Teatro Español fue una oportunidad estupenda para matar varios pájaros de una sentada: Artaud, un autor pendiente; los Cenci, a los que, tras tantas lecturas, ya he cogido cariño, y el Español, un teatro que me resulta entrañable por tantas cosas y casi la única razón que encuentro para justificar la existencia del Ayuntamiento de Madrid.

Escasa crueldad

Salí muy decepcionado de la experiencia, dicho sea cuando la obra ha salido del cartel y ya no daño su taquilla. Desde luego, por sus actores: me van ustedes a perdonar el exabrupto pero estoy convencido de que la media de los actores españoles es muy baja. No se trata de un tópico, sino de una triste constatación que año tras año no ha logrado disminuir mi interés por el teatro pero sí semirrecluirlo en el terreno seguro de la lectura, donde no hay riesgos de que la mala dicción o la gesticulación forzada terminen por arruinar la verosimilitud del texto. (Por supuesto que hay excepciones, pueden ustedes ahorrarse el comentario, y hay buena materia de reflexión en detenerse a saber dónde se encuentran. Otro día). También en este caso son malos, pero además creo que se les obliga a desempeñar sus papeles en un terreno difícil de expresividad forzada que les complica su labor de una manera innecesaria. Valga como ejemplo el caso de Maru Valdivielso, una actriz bastante limitada pero muy dispuesta, que se ve obligada a desarrollar su papel haciendo malabarismos absurdos en una barra de puticlub, de un modo tan dudoso en su necesidad como forzado en sus resultados.

Al problema de los actores añadamos la opción de la directora, en una decisión muy libre, pero creo que equivocada, de trasladar la crueldad de Artaud a una estilización supermoderna, en la que por encima de todo se ve obligada a demostrarnos lo bien que domina el espacio, cuán avanzado es su sentido de la estética y qué agudo dominio de la metáfora tiene sobre la base de maquillajes, vestuarios, pecera en la que la protagonista bucea desnuda y algunas otras bobadas de este género.

No sé si el texto de Artaud ha sido modificado o no, siguiendo otra de las lamentables costumbres de nuestra tradición teatral que en nombre de la adaptación se permite verdaderas traiciones a los autores (y esta es la razón por la que me he negado a ir a ver la masacrada Antígona, de Anouilh, que han perpetrado en el Matadero), pero la traición en este caso se ha hecho por la vía de la puesta en escena.

Artaud pensaba que el teatro tiene que afectar a la audiencia tanto como sea posible: en lo  intelectual, en lo emocional y en lo físico. Del Español salía uno, por la hora, con hambre y con modorra. No sé si era esto exactamente lo que pretendía nuestro hombre con su teatro de la crueldad.


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