Hmmm...

Una discoteca en Ibiza

Hace ahora veinte años (mes arriba, mes abajo), el etnólogo francés Marc Augé vino a Madrid a presentar su libro Los no lugares, espacios de anonimato. Antropología de la sobremodernidad, que Gedisa se había apresurado a editar en español muy poco después de que el original francés hubiera representado un hito en el pensamiento antropológico europeo como no se recordaba desde los tiempos fundacionales de Lévi-Strauss.

La presentación tuvo lugar en una histórica librería madrileña, que libraba en aquellos momentos su enésima batalla por la supervivencia y que se manejaba con unos recursos tecnológicos y logísticos muy próximos al valor cero. El equipo sonoro, en particular, merecía ya desde tiempo atrás los honores museísticos de alguna institución dedicada a indagar en los inicios de la electrónica. El micrófono, especialmente vetusto, se desencajaba de continuo de su sujeción provocando desgarradores ronquidos en mitad de la charla, y los inmensos altavoces carraspeaban a cada rato entre chasquidos. La voz del conferenciante se acoplaba en cuanto este descuidaba por milímetros la proximidad de sus labios y, por supuesto, en dos o tres ocasiones, la voz se le fue sin razón aparente.

El profesor Augé, con el aplomo del veterano curtido en mil conferencias y la buena educación de alguien que se ha formado en la selecta École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, hizo como que no se daba cuenta de nada y pronunció su alocución con eficacia y acierto, mientras que los anfitriones se dividían los papeles: el editor buscaba con ojos desencajados a quién hacer responsable de aquel desastre y el director de la librería investigaba  algún lugar donde esconderse para que nadie percibiera su vergüenza.

Con todo, ya digo, la presentación se hizo a librería llena, la exposición fue impecable, las preguntas razonablemente sensatas y las respuestas, tan inteligentes como cabía esperar. Así pues, todo salió como salen por lo general estas liturgias laicas.

No recuerdo ahora si hubo cóctel o no. Si el acto hubiera sido hace diez años, no me cabría duda de que lo hubo, porque en los primeros años de este siglo hasta los editores eran ricos y desparramaban canapés como un obispo reparte bendiciones. Pero en los primeros noventa del pasado siglo andábamos metidos en otra crisis (levísima, por supuesto, en comparación con la actual) y es probable que no se repartiera ni agua. Con cóctel o no, hubo, por supuesto, charleta, corrillos, saludos y esas cosas  que se dan en estos casos y fue en ese momento cuando el director de la librería se acercó a Marc Augé para disculparse por las condiciones infames del equipo de sonido. La respuesta del etnólogo, pronunciada en un español suficiente pero gangoso y agudizado, como corresponde a un francés que como tal ejerce, fue la siguiente:

- Queguido amigó, al contraguio, no solo no debe usted pediggg disculpás, sino que yo debo estargle agradecido, porque gracias a las condiciones ambientalés he podido documentag de manega palpable mis tesis sobge la sobgemodernidad...

La sobremodernidad

No quiero alargarme antes de llegar a donde quiero llegar, pero es inevitable que les indique que con este concepto de sobremodernidad, Augé había apuntado con acierto a algunos de los cambios que en el cambio de siglo han venido a configurar nuestro modo de vida. Simplificando mucho, la sobremodernidad se opone a la modernidad -o más bien la culmina- por tres características: sobreabundancia de acontecimientos (ahora ya no solo hay partidos del siglo cada semana, sino momentos históricos varias veces al día), sobreabundancia espacial (la televisión, internet y los vuelos low cost nos permiten ver, vivir y estar casi en cualquier lugar del planeta de manera continua), y la sobreindividualización, es decir, la capacidad de entender el mundo y de vivirlo sin necesidad de aferrarnos a un grupo identitario.

Si esas tres circunstancias han sido posibles, sigue diciendo Augé, es porque en el mundo actual, para poder desenvolvernos, han surgido unos espacios esenciales, los no lugares, que han venido a configurar de un modo determinante el mundo actual.

Oigamos a Augé (esta vez en un español traducido por mí y por tanto sin parodia fonética): "Si un lugar puede definirse como identitario, relacional e histórico, un no lugar es aquel espacio que no puede definirse ni como identitario, ni como relacional ni como histórico".

Dicho de otro modo, los no lugares son los espacios de tránsito, de paso, circunstanciales, faltos de significado en sí mismos y carentes de importancia vital. Son espacios en los que la relación con el otro, si la hay, carece de importancia; en los que el lenguaje es caótico, en los que los ruidos abundan y lo que acontece es un collage sin relato... Son, en definitiva, los ámbitos en los que el individuo moderno tiene que saber desenvolverse sin protección, pero también sin cortapisas, ejerciendo su libertad y también su responsabilidad, de un modo directo y básico, como hasta ahora no se había conocido.

Los no lugares de nuestras vidas

No lugares al alcance de cualquiera de nosotros son, por ejemplo, el metro (al que Augé ha dedicado dos luminosos ensayos), el supermercado o la autopista, que se contraponen con toda nitidez a los lugares por antonomasia: el hogar, la oficina, la escuela, la patria, la iglesia... los espacios que hasta ahora han conformado nuestra identidad y en torno a los cuales nos organizamos colectivamente. En el no lugar no hay colectivo, sino individuos agregados, no hay identidad sino anonimato, no hay diálogo sino muchos monólogos superpuestos.

El no lugar por antonomasia es el aeropuerto, sobre el que recaen todos los rasgos de la sobremodernidad, con su sobreabundancia espacial y su individualización de referencias. El aeropuerto no tiene siquiera identidad propia puesto que todos los aeropuertos son idénticos, con los mismos elementos y los mismos rasgos.

Otro no lugar característico es la discoteca, un espacio que acaso fue moderno en sus orígenes -los jóvenes acudían a él para encontrarse, para dialogar, para emparejarse con el pretexto de la música-, pero que andando el tiempo ha perdido cualquier rasgo identitario hasta convertirse en una expresión palpable de la sobremodernidad.

Pues bien, la nueva vuelta de tuerca del asunto han sabido darla, como tantas cosas, en Ibiza. Ibiza es, por definición, un no lugar emblemático, un no espacio en el espacio, al que acuden gentes de todos los lugares del mundo y de todas las capacidades adquisitivas, a la búsqueda, como en nuevo zen, del Gran Vacío sobremoderno. En este sentido, -y la idea se me ocurre ahora mismo, escribiendo, porque no me había percatado de ello-, la discoteca ibicenca es la antítesis del Camino de Santiago: inmanencia versus trascendencia, individualidad frente a grupalismo, frivolidad frente a búsqueda de sentido.

Si quieren que les sea sincero, a mí la discoteca aeroportuaria de Ibiza me ha gustado (salvo alguna discrepancia que mantengo respecto al precio del gintonic). Si las ciudades fueron en su día el gran espacio liberador de la iniciativa productora individual, los no lugares son el gran invento que nos hemos dado para aprender a vivir con nosotros mismos, con nuestra libertad, lejos de la presión del grupo, llámese este religión, patria o club de fútbol. Pasar horas en un aeropuerto tiene mucho de aprendizaje y de crecimiento personal. De evasión también, por supuesto, y de maduración afectiva y emocional. Si además hay en él una discoteca, absolutamente anónima, de paso, libre de cualquier compromiso o imposición, no me queda sino aplaudir la iniciativa.

Uno es que es así de frívolo.

Y además estoy convencido de que al profesor Augé le encantaría pronunciar allí una conferencia: en el templo mismo de la sobremodernidad. Rodeado de ruido.


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