Hmmm...

El deplorable espectáculo anual

Hace un año publiqué en estas mismas páginas un artículo sobre el Premio Planeta. Aún me siento orgulloso de él: era preciso e incontestable y remitía a fuentes autorizadas cuya validez se mantiene. Tan satisfecho me quedé con mi trabajo que no me cupo duda alguna de que obtendría efectos inmediatos. No que el señor Lara, tras un ejercicio público de autocrítica, renunciara a convocarlo en años sucesivos: mi inocencia no podía llegar a tanto. Pero sí pensaba que los quinientos ingenuos que anualmente remiten su trabajado manuscrito al celebrado certamen decidirían destinar el coste de ese dispendio a tomarse una caña a mi salud. O que las decenas de periodistas rigurosos y eficientes que pierden tres días en Barcelona loando la mascarada optaran este año por dedicar su tiempo a cosas serias y productivas.

No solo no fue así, sino que el señor Lara encontró –supongo que sin buscarlo- quien salió a la plaza pública en su defensa.

Por aquel entonces comenzaba yo mi andadura en Twitter y, encantado con la buena nueva de haber puesto al tramposo en su sitio, lancé, a los cuatro seguidores que por entonces tenía, el siguiente trino: El #PremioPlaneta me preocupa como síntoma de la estafa #cultural que nos rodea. Escribo sobre ello en #Vozpopuli. http://vozpopuli.com/blogs/1861-juan-torres-el-planeta-como-sintoma …

Un intercambio epistolar 2.0

Para mi sorpresa, uno de los galardonados con el premio pocos años antes me contestó. Su tuit decía: “Dime la verdad, ¿cuántos ganadores del Planeta has leído?”. Simpleza por simpleza, contesté: “Un fraude es un fraude, lo gane Agamenón o su porquero”, trino que me pareció mucho más al hilo de la cuestión que el que lo motivaba. Recibí respuesta, claro, en menos de 140 caracteres: “Juan, creo que muchas veces se habla de esta historia sin conocerla de verdad. Y se generaliza demasiado. Saludo”.

Llegados a ese punto, me pareció que debatir en formato telegrama resultaba un poco espeso, así que me esforcé en buscar el correo electrónico del conocido autor y le puse unas líneas:

“Estimado X: Lejos de mí la intención de agredir a los autores implicados. Seguro que hay excepciones, y matices, y anécdotas. Pero precisamente el pensamiento avanza porque somos capaces de elevar la anécdota a categoría. El Premio Planeta está trufado de irregularidades de las que el propio Lara alardea. Y en todo caso a mí no me preocupa el premio, sino el eco mediático que recibe –completamente desmesurado- y el juego trucado con el que se simultanea la búsqueda del máximo beneficio y la exigencia de la máxima protección estatal. Un tema fascinante, en todo caso. Mea culpa: no te he leído, pero prometo remediarlo.”

Obtuve educada respuesta, que edito ligeramente para respetar al máximo la privacidad del autor:

“Juan, ya lo sé, tu artículo era totalmente respetuoso en lo que a los autores se refiere. En cuanto a las irregularidades del Premio, yo sólo puedo certificar mi caso concreto. [...] En cuanto al juego mediático, creo que es fácil de entender cuando es el premio de Novela (sic) mejor dotado en lengua castellana, y también en atención a sus más de sesenta ediciones. Ningún periodista asiste a punta de pistola, sino porque el fallo suscita interés, y está además concebido como un excelente espectáculo (sic de nuevo). La existencia del Planeta no perjudica a nadie, y el dinero del premio sale de las arcas de una empresa privada. El dinero que mueve, que es mucho, beneficia a la editorial, pero también a autores y a libreros. Los anuncios de las novelas ganadoras suponen ingresos para distintos medios, y todo lo que rodea a la gira representa ingresos para otros sectores. Entiendo que a ti no te guste esa maquinaria, pero no veo cómo puede hacer daño a alguien el que exista. Hablas de "protección estatal", pero no existe ninguna que sea exclusiva del Premio. Hay algo en lo que me gustaría que pensases: hay en España miles de personas que el único libro que compran al año es el ganador del Planeta. Posiblemente, si no existiese el Premio no comprarían ninguno. Gracias a la editorial en muchas, muchísimas casas españolas hay ejemplares de Vargas Llosa, de Cela, de Millás, de Álvaro Pombo... Quizá el que los compró no los lea, pero un día alguien lo hará. Sólo por eso, Juan, creo que hay que estar satisfechos del indudable papel que ha jugado el Planeta en el mundo de la lectura en España. Te mando un abrazo, y hasta cuando quieras”.

Nuestro intercambio siguió, pero lo importante ya estaba escrito por ambas partes y no les quiero aburrir con menudencias.

Vivir de falacias

Transcribo los comentarios de este autor porque en él aparecen perfectamente reflejados los tres argumentos básicos en los que se sustentan las falacias del Planeta.

Primero: Es un premio surgido de la iniciativa privada, así que cada uno hace en su chiringuito lo que quiere, máxime cuando produce beneficios que se reparten entre muchos.

Segundo: Hay premios Planeta buenos y malos y los primeros hacen mucho bien a la comunidad lectora.

Tercero: Gracias a la enorme promoción de los premios Planeta, en muchos hogares han entrado libros.

Estos mismos argumentos los llevamos oyendo edición tras edición, sustentados en el viejo principio de que una mentira mil veces repetida termina convirtiéndose en verdad. No es cierto, naturalmente: una mentira mil veces repetida termina convirtiéndose en mil mentiras, las diga Lara o cualquiera de sus acólitos.

El Premio Planeta es una iniciativa privada dentro de un sector extremadamente regulado. Ya he escrito sobre esto, pero basta con observar la nómina de autoridades de primerísimo nivel que asisten a su entrega para darse cuenta de la dimensión pública que tiene. O, si quieren mirarlo de otro modo, echen un ojo a las ayudas públicas de que disfrutan las empresas del señor Lara y verán que no es del todo fácil deslindar en su actividad lo público de lo privado. (En este excelente artículo de hace solo unos días, que concluye con una bibliografía contundente, pueden ustedes ver a qué me refiero).

En segundo lugar, aunque todos los libros publicados bajo los auspicios del premio fueran obras maestras, seguiría estando contaminado por sus trampas y sus falacias. Pero ni siquiera es así: incluso los nombres rimbombantes que pueblan su nómina entregaron al Planeta sus obras más infames, en un acto más o menos inconsciente de su opinión sobre el premio.

Por último, que en algunos hogares españoles la biblioteca básica esté sustentada en los libros editados bajo el sello del Premio Planeta, me hace temer lo peor sobre las posibilidades de desarrollo intelectual de estas familias. Como he tenido ocasión de reiterar en muchas ocasiones, leer es un verbo transitivo: contra lo que muchos se empeñan en hacernos creer, la lectura en sí misma no proporciona sabiduría. Si así fuera, el millón largo de lectores diarios del Marca serían candidatos al Nobel.

Un año más

Pero un año más reitero que lo que me llena de estupor es la cobertura mediática, entusiasta y acrítica con que se rodea tanta desvergüenza. Me sorprende, porque muchos de los medios que hacen la ola a esta lamentable parafernalia están muy enfadados con nuestros políticos, con el gobierno y con el mundo entero porque falta honestidad y decencia. Y porque nadie dimite. Y porque nadie está en el cárcel.

Los mismos medios que despotrican cada día contra un sistema que necesita una regeneración ética adulan durante tres días al año a Lara –casualmente durante los tres días en que sus redactores pasean por Barcelona a cuenta de la editorial convocante-, publican con letras de molde sus declaraciones aun a sabiendas de que se trata de torpes obviedades y omiten la evidencia de una mentira institucionalizada bajo el argumento incontestable de que “es el premio mejor dotado en lengua castellana y está concebido como un excelente espectáculo”. Argumentos ambos harto peligrosos cuando estamos hablando de decencia y honorabilidad.

Escribo este artículo sin saber quién ha ganado este año. Aunque fuera el mismísimo Cervantes con la segunda parte de El Quijote todo cuanto antecede lo volvería a suscribir. Y, a menos que se rindan, lo volveré a escribir el año próximo.


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