Hmmm...

No se dejen besar por ese gato

Tengo instalado en casa un paquete de esos que proporcionan infinitos canales de televisión, muy útil para practicar el sedante ejercicio del zapeo, una de las actividades más relajantes que conozco, solo a la altura de disciplinas contrastadas y centenarias como el taichí y el mus, que ya tenían muchos kilómetros a sus espaldas cuando la televisión no estaba ni siquiera prevista.

Pues eso: que yo, de vez en cuando, me siento ante el televisor con el mando en la mano y me recorro uno a uno el medio centenar de canales disponibles hasta que la modorra me puede o alcanzo un adecuado nivel de placidez, momento a partir del cual puedo dedicarme a actividades más provechosas o, en días echados a perder, centrarme en la programación específica de alguno de ellos.

En este último caso, las sorpresas son pocas: algún partido del Seis Naciones con el que no contaba, un vídeo que de pronto me llama la atención, una película que me remueve por lo inesperada o lo emotiva (hace poco me ocurrió con Fassbinder y de ellos quiero escribir otro día) o algún disparate tan mayúsculo que me deja frenado y sin capacidad de reacción, como el programa aquel de cocina que me llevaba a reflexionar sobre la enorme capacidad de supervivencia del ser humano.

Eñe de cañí

Pero hace algunas semanas sucedió algo inesperado: el paquete en cuestión ofrecía un canal nuevo, desconocido para mí, aunque tal vez existía de antes. Se trata del Canal Ñ, dedicado a la programación ininterrumpida de cine español, lo cual, dicho así, tiene su atractivo. Tuve además la fortuna de que, en el momento en que lo descubrí, Ñ empezaba a emitir El verdugo, una de esas pocas películas que uno puede pasarse viendo toda la vida y añadiendo en cada revisión un matiz más, un nuevo modo de disfrutarla, otro  momento de emoción.

Así que me quedé prendado con el nuevo canal. No caí en la cuenta, en ese momento fundacional, de algo tan obvio como estadísticamente básico: que para rellenar veinticuatro horas de programación solo hay dos opciones, o repetirse como la cebolla o ser muy generoso en la consideración de los títulos que merecen la pena ser emitidos.

Porque, en efecto, Ñ no alardea de ser “el canal del cine español de calidad” sino solo del “cine español”. Y ahí empezaron mis decepciones.

Durante un par de meses me he paseado por esta sintonía sin pararme a ninguna reflexión. Llegaba, comprobaba que la película de turno era de nula calidad, me cercioraba que la siguiente iba a ser aún peor, y lo dejaba para otro día. Y así, uno tras otro.

Hasta que la semana pasada, supongo que aquejado por algún extraño sortilegio, o por la ingesta inadecuada de algún licor impropio, llegué a Ñ tras la correspondiente fase de zapeo y comencé a ver una película que se llama Besos de gato. Con nueve años ya a sus espaldas, no sabía nada de ella. Tampoco de su director, Rafael Alcázar, cuya breve filmografía ni me suena. Sé algo más de sus actores, porque son los de siempre, los que están en todas las películas españolas dispuestos a demostrar que no están ahí por lo que son sino que son porque están ahí. Sin saber nada, pues, me la tragué entera y me quedé perplejo: un argumento imposible, una realización incapaz, una interpretación torpe, una producción miserable, un guion de malos aficionados. Inverosímil, chapucera, aburrida, ininteligible, irritante, pueril.

Una industria quejosa

Fue tal mi asombro y mi enfado que cuando terminó el bodrio me quedé a esperar la siguiente película en la confianza de que el azar hubiera determinado la programación de un Berlanga o un Buñuel que me quitaran el mal sabor de boca. No fue exactamente así: le tocó el turno a una cosa llamada Por qué se frotan las patitas que, si no tan insultantemente mala como la anterior, tampoco era como para hacer la ola.

A partir de esta experiencia me di cuenta de la verdadera importancia del nuevo canal y de la necesidad de compartirlo con ustedes. Ahí tienen, almacenado y ordenadito, el fruto de una de nuestras industrias más subvencionadas y protegidas, una industria que recibe del Estado más dinero del que aportan sus clientes pero cuyos integrantes están siempre quejosos de lo maltratados que se sienten.

Piensen ustedes ahora en una industria cualquiera de las que se ganan la vida en el duro territorio de la oferta y la demanda.  Imagínense que esta industria elaborara productos de la calidad del que aquí estamos comentando y los comercializara (como las entradas de cine) a precios no precisamente regalados. Imaginen que ante la previsible estampida de clientes, esta industria clamara al Estado para que viniera en su ayuda y, en un evento anual de enorme repercusión pública, lanzara la jeremiada recurrente de lo mucho que ellos se merecen. Entre otras cosas, pagar menos impuestos que los demás mortales.

Imagínenselo. Y alguno de ustedes me dirá: es que el cine es arte y es cultura: no puede compararse con las demás industrias.

Arte y cultura. Pónganse a tiro de estos besos de gato y luego me lo cuentan.

Qué desfachatez.


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