Hmmm...

¿Es compatible el zen con el gin-tonic?

Con el de la semana pasada, fueron ochenta los artículos con los que he colaborado en este periódico desde su fundación. De ellos, más de cuarenta han sido entregados este año, todas las semanas del año, excepto el mes de agosto.

Mis colaboraciones han procurado ajustarse a ese territorio difuso y torturado que suele denominarse cultura, un cajón en el que se vuelca, bastante revuelto, todo cuanto más o menos tiene que ver con la creación estética, ética e intelectual del ser humano. Lo más fácil para definir el término es ajustarse a la vía de los hechos: cultura es lo que bajo tal epígrafe aparece en los periódicos, aunque, como soy un tipo rabiosamente moderno y me declaro ferviente seguidor de la Tercera Cultura, incorporo también a mi foco de atención muchos de los temas que los periódicos vuelcan en la sección de Sociedad, ese saco sin fondo en el que cabe casi todo con escaso criterio.

Ítem más, coincido con los etnólogos en que lo que no es naturaleza es cultura, de manera que, sin necesidad de hacerme demasiadas trampas en el solitario, me siento en condiciones de abordar desde este rinconcito casi cualquier tema posible, aunque procuro siempre rebozarlo de la pátina correspondiente para que nadie me acuse de extralimitarme.

La duda como método

Cuando los responsables de este periódico me preguntaron cómo quería llamar a mi sección, no tuve apenas que pensarlo. Hmmm es una hermosa onomatopeya, una reveladora expresión que deja bien a las claras la actitud con la que me siento cada semana a escribir: la duda, el titubeo, la puesta en cuarentena de todo lo que nos pretenden vender. El mundo de la cultura está lleno de belleza y de trampas, de emociones y de sustos, de genialidades y de tropelías, de maravillas y de estafas. En el mundo de la cultura se mueven genios y tramposos, honestos y enredadores, artistas y zascandiles. Distinguir el grano de la tomadura de pelo es relativamente fácil, pero hay que detenerse, darle -como se dice ahora- una pensada y poner negro sobre blanco las evidencias, por más que los suplementos culturales de los diarios hegemónicos se empeñen en vendernos las burras de sus propios intereses. Así que aquí me tienen, dispuesto a denunciar un Planeta o a poner en evidencia a un Teatro Real, aunque a cambio me dejen sin entradas.

Es más difícil combatir contra la sacralización de la cultura porque en este pecado incurren incluso amigos míos, y a mí me cuesta una barbaridad meterme con mis amigos.

La sacralización de la cultura es ese empeño en escribirlo todo con mayúsculas para resaltar su importancia. Si cuela -y el problema es que coló hace mucho tiempo-, ya tenemos una casta, rigurosamente sacerdotal, que se arroga todos los derechos a ser tratada como intocable. Me río yo de los políticos. La casta cultural tiene sus propias leyes, sus propios derechos, su lenguaje específico y su catecismo. Lo de menos son las trampas que cuelan de rondón, llámense precio fijo, IVA reducido, subvenciones y ayudas estatales... Lo verdaderamente tremendo es cómo se ha logrado introducir en la cabeza de cada ciudadano una serie de dogmas  cuyo cuestionamiento acarrea la excomunión irremediable: por ejemplo, que todos los libros son buenos y respetables, que internet tiene muchos peligros que distraen de la verdadera cultura, que "antes" -entendiéndose antes como un tiempo impreciso e indefinido- todos éramos más cultos y más felices, que las opiniones políticas de cualquier escritor o cineasta tienen más interés que las de un fresador o un taxista, que el papel entintando contiene unas propiedades terapéuticas que ya quisiera para sí la aspirina, que "la izquierda" -entendiendo por tal un batiburrillo indescifrable de nombres e intereses- siempre se preocupa mucho por la cultura...

Desde Hmmm, naturalmente, he declarado la guerra a esa nueva religión. Y a veces me enfado, claro que me enfado, y más que me voy a enfadar si siguen sin hacerme caso. Los amigos que me leen -que no son, ni de lejos, todos mis amigos, porque muchos de ellos están tan cansados de oírme que no se molestan en abrir mis artículos- me insisten en que no me lo tome todo tan a pecho, que tengo ya una edad en la que me conviene vigilar la tensión.

Al final, las obsesiones

De manera que a veces disimulo y hablo de cosas que parecen secundarias para que no se me note. Hablo de autores desconocidos o de películas olvidadas; hablo de pintores a los que se hace poco caso o de filósofos a los que nunca se debe olvidar. Son artículos que disfruto porque me permiten revivir momentos que en su momento me hicieron disfrutar.

En otras ocasiones salgo del campo trillado de la cultura convencional y me adentro en territorios menos considerados. La televisión, por ejemplo: la televisión tiene ya una edad y ha aportado cosas al mundo de la creación sobre las que merece la pena detenerse. Los culturetas profesionales hablan de ella con desdén y la desprecian, pero esa es la ventaja de que yo no lo sea. Y luego está internet, ese mundo nuevo, inabarcable, aún balbuceante, que a todos nos ha transformado y sobre el que no hay que olvidarse de reflexionar.

La actualidad no me atrae demasiado. En parte porque me aburre y en parte porque desde Hmmm no se hace periodismo -aunque algunas veces se habla de él. El periodismo lo hacen los compañeros que escriben a diario las noticias y no quiero competir con ellos para que no me pongan en evidencia. A veces sí, un fallecimiento, un estreno o un libro recién editado me dan pie para mis elucubraciones, pero son siempre pretextos, nunca actualidad.

Escribo, como es natural, de mis obsesiones, de mis apetencias, de mis hallazgos. Escribo de mis viajes y de mis lecturas, de los personajes que me han marcado y de aquellos que aborrezco, de mis filias tanto como de mis fobias.

Pero al final vuelvo siempre a lo mismo: soy un profundo descreído, un tipo que procura no tener otra certeza que a la que cada momento le es dado descubrir, alguien que se niega a aceptar dogmas, vengan de donde vengan. El discurso cultural está lleno de ellos y Hmmm está empeñado en desmontarlos. Llevo ochenta artículos intentándolo y, mientras el ordenador aguante y Jesús Cacho me lo permita, aquí pienso seguir. Mi intención última viene formulada en el título de este artículo: no hay nada de sagrado en ninguna actividad del ser humano; hay, sin más, el empeño en ser cada día un poco más felices y, para conseguirlo, vale lo mismo hacer zen que tomarse un gin-tonic. Lo absurdo es pensar que ambas actividades sean incompatibles o que una resulte más digna que la otra.

Sirva hoy esta declaración de intenciones a modo de arte poética para empezar el año con las cosas claras. Cada una de las afirmaciones anteriores podrían ir enlazadas a todas y cada una de las piezas escritas, pero se trataría de un ejercicio engorroso del que es preferible que nos dispensemos todos. Les deseo un feliz año, como los usos aconsejan, pero les recomiendo que no se queden esperándolo sentados: los años, como los niños, son inocentes y amorfos al nacer y luego terminan resultando como entre todos los hagamos. Así que pongámonos a ello para que este resulte -como casi siempre suele suceder- mejor que el precedente.

Vamos con ello.


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