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Un campeón poco épico

España le debe mucho a Leontxo García en materia de ajedrez. Ajedrecista él mismo, pero sobre todo un profesional de la información dotado de un olfato periodístico fuera de lo común, su esfuerzo por popularizar entre el gran público el extraño deporte del tablero merece el máximo reconocimiento. Algunos hitos de su labor son sencillamente memorables, como conseguir retransmitir en directo a través de TVE, sin que se durmieran las ovejas, las partidas del match Kárpov-Kaspárov de Sevilla en 1987. Pero para mí -que creo más en la constancia del trabajo que en los golpes maestros- resulta especialmente meritorio el sostenido mantenimiento, a lo largo de tres décadas, de su sección de ajedrez en El País, donde ha logrado un estilo narrativo ejemplar, en el que lo informativo y lo didáctico han encontrado un formato común y un tono ciertamente atractivo. Yo lo leo porque el ajedrez me interesa en sí mismo, pero creo que Leontxo García es comparable al difunto Joaquín Vidal: escribía sobre toros, asunto que no nos interesa a muchos, pero lo hacía con una prosa tan extraordinaria que sus crónicas merecían ser leídas haciendo abstracción del contenido. Pienso que las de Leontxo también debieran interesar, por su calidad y su estilo, a aquellas personas por completo ajenas al ajedrez.

Con el recientemente finalizado match por el título mundial entre Anand y Carlsen he tenido oportunidad de comprobar  que Leontxo García sigue siendo el gran periodista que era, y desde luego ha conseguido que El País fuera, de largo, el diario español que mejor y con mayor interés ha informado sobre el acontecimiento. Si a alguien se le ha escapado, que eche un vistazo al conjunto de crónicas publicadas al respecto y comprobará que no miento. Ahora bien, dicho esto también hay que decir que Leontxo utiliza algunas trampas, muy de periodista clásico, para atraer el interés, forzando algunas veces la máquina de la verdad. No digo que mienta, ni que se invente nada, pero hace como esos periodistas capaces de condensar en un titular de catorce palabras declaraciones largas y sesudas de alguien que se ha esforzado al máximo en matizar.

Jugador de silicio

Lo que ha hecho Leontxo es lanzar un mensaje muy dospuntocero, que es algo que vende una barbaridad: Carlsen -ha venido a decir- marca un antes y un después en la historia del ajedrez porque pertenece a la generación nacida tras el surgimiento de los grandes ordenadores imbatibles. Es un “jugador de silicio”, dice, preparado en una órbita muy por encima de los pobres humanos que hasta ahora han dominado el tablero. El ajedrez, con el encumbramiento del joven noruego, ha perdido lo que le quedaba de arte para convertirse prácticamente en una pasmosa actividad robótica.

Por supuesto que no es así, y no hay como leerse la letra pequeña de sus sabias crónicas para comprobar que Carlsen no ha hecho, para coronarse campeón, sino lo mismo que hicieron sus antecesores: aportar ligeras novedades tácticas y explotar las debilidades del contrario. Lo mismo que hará quien le arrebate el título dentro de dos o de veinte años.

Ser campeón del mundo de ajedrez es una cosa muy seria. Es ser capaz de elaborar complejísimas construcciones mentales a velocidad de vértigo intentando ser mejor que el rival, otro tipo capaz de lo mismo y, por tanto, sometidos ambos a una tensión límite. En cada generación no hay en el mundo más de dos o tres personas, media docena a lo sumo, que reúnan los requerimientos necesarios para alcanzar el título.

Ya han oído ustedes hablar de esas bobadas patrioteras que sitúan al español Ruy López  (1540-1580) como el primer campeón mundial de ajedrez. Tonterías. A efectos de entendernos, el primer campeón mundial oficial, proclamado en 1886, fue el alemán Steinitz, quien derrotó a Zukertot por 10 victorias a 5 en un match disputado en varias ciudades de los Estados Unidos. Pero un cómputo más riguroso debería arrancar en 1948, cuando la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) se hizo cargo de la organización del Campeonato Mundial tras el fallecimiento del ruso-francés Alekhine, el único campeón que ha muerto en posesión del título.

No les aburriré con la historia de este campeonato, llena de momentos hermosos y escabrosas batallas. Les suenan Fisher y Spaski, Kárpov y Kaspárov y, por supuesto, porque yo les he hablado de él, mi querido Korchnoi, el mejor jugador de los que nunca se han coronado. Les suena el lío de la guerra fría, y las chiquilladas de unos y de otros, y los constantes rifirrafes entre tipos cuyas personalidades no son exactamente iguales que las del común de los mortales. Pero lo que aquí quiero señalar es que en el periodo más estable y regulado del Campeonato del Mundo de Ajedrez, entre el citado 1948 y el desastroso 1993, nueve nombres se han inscrito en la cima: Euwe, Botvinnik, Smislov, Tal, Petrosian, Spaski, Fisher, Kárpov y Kaspárov. Cada uno de ellos representa un estilo y un modelo y cada uno -desde la fundacional displicencia de Euwe a la rigidez rocosa de Tigran Petrosian, por salirnos de los nombres más trillados- daría lugar a titulares ditirámbicos de un tiempo nuevo.

El presidente de Kalmukia

A partir de 1993 el ajedrez entró en una época oscura y extremadamente revuelta. El cisma provocado por Kaspárov tras su ruptura con la FIDE desmelenó por completo el sistema. La nueva organización auspiciada por el campeón ruso mantuvo el sistema tradicional de match por el título y, mientras duró, fueron él mismo y Krámnick quienes inscribieron su nombre en el palmarés. La FIDE entretanto cayó en manos del peculiar y un tanto enloquecido Kirsán Iliumzhínov, multimillonario presidente de la república autónoma rusa de Kalmukia, quien, empeñado en hacer del ajedrez un deporte televisivo y multitudinario, convirtió los campeonatos del mundo en una pachanga vocinglera que ha elevado  a la cima en el brevísimo periodo de siete años, nada menos que cinco nombres - Jálifman, Anand, Ponomariov, Kasimdzhanov y Topálov- alguno de los cuales alcanzó el título con la misma fortuna con que hubiera podido obtenerlo jugando a la lotería.

En 2006 las cosas volvieron a su cauce. Krámnick tuvo el honor de inscribir su nombre como primer campeón reunificado, pero le duró poco. Entre 2007 y 2013 el indio Viswanathan Anand se aupó merecidamente a la cima con un título ya plenamente rehabilitado y en las pasadas semanas le ha tocado pasar el testigo a un jovencísimo y despiadado Carlsen. Todo normal y previsible. Anand ha hecho un pésimo campeonato, atenazado quizá por la presión de defender el título en su país natal, y el joven noruego se ha limitado a desarrollar un juego estructurado y sólido, agazapado a la espera de los errores del rival. Nada épico, desde luego.

Comprendo que titular así le resulte a Leontxo poco periodístico y se vea obligado a tirar por la vía del silicio. Pero lo que hay que celebrar es que el Campeonato del Mundo de Ajedrez ha vuelto por donde solía: a la hegemonía normalizada de tipos excepcionales entre los que se produce un inevitable y necesario relevo generacional. Anand ha sido un buen campeón del mundo, con un juego brillante y armónico. Ahora le toca a Carlsen demostrar que su victoria no ha sido casual. Y un buen día, cuando la edad y el cansancio empiecen a pasarle factura, llegará un jovenzuelo desvergonzado, convencido de que la experiencia está sobrevalorada, y echará por tierra su supremacía.

El ajedrez se parece a la vida más de lo que creemos.


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