Hmmm...

No todos los caminos llevan a Santiago

En los primeros días de agosto un grupo de esforzados senderistas de uno y otro sexo y en edades ya muy alejadas de la primera e incluso de la segunda juventud andábamos por tierras gallegas hollando sus senderos y escudriñando algunos de sus infinitos rincones. Si tienen curiosidad por conocer los detalles de las rutas que estábamos siguiendo, aquí pueden ustedes husmear.

Uno de los días, cercanos ya a Finisterre y a algunos de los rincones más apartados de la costa de la Muerte, coincidimos en un tramo del recorrido con una de las etapas más conocidas del Camino de Santiago. Nosotros apenas lo cruzábamos pero la coincidencia se producía en una localidad bien provista de hostales, refugios y comercios, de modo que se encontraba repleta de peregrinos y de paisanos perfectamente organizados en torno a aquella realidad.

Nuestra senda transcurría en una dirección opuesta a la que debe tomarse para llegar a Santiago. En ese breve tramo, todos los paisanos que se cruzaron con nosotros, todos los peregrinos, todos los turistas informados se acercaron amablemente a alguno de nosotros para hacernos ver nuestro error, para que rectificáramos nuestros pasos y para que cogiéramos la dirección correcta. Yo mismo tuve ocasión de comprobar la contrariedad con que una amable cicloturista acogió mis explicaciones de que nosotros no estábamos siguiendo el camino marcado por la sencilla razón de que no estábamos haciendo el Camino.

Por fortuna, cuando nos alejamos de aquel centro neurálgico y nos adentramos por veredas agrestes y mal señalizadas, nadie volvió a darnos ni a pedirnos explicaciones, por más que aquella docena de esforzados mochileros de edad provecta pudiéremos parecerles unos tipos cuando menos exóticos.

Un caso paradigmático

Aquella anécdota me resultó tan llamativa que desde aquel instante decidí que la compartiría con ustedes en cuanto reanudáramos el curso. Porque se trata de una anécdota que, elevada a categoría, ayuda a entender -a mí al menos me ayuda- una buena parte del lío que nos traemos  en ese continuo y enredado debate sobre qué cosa es Cultura y cómo debemos entenderla. Me parece que el caso narrado es especialmente paradigmático.

Verán: esto del Camino de Santiago es un invento de hace cuatro días (...). (Aquí he abierto un paréntesis, que mantengo, para que puedan ustedes silbar, protestar, hacer rechiflas, e incluso escribir comentarios al final del texto poniéndome verde por mi ignorancia y mi osadía). Ahora que ya hemos cerrado el paréntesis, aclararemos el sentido de la frase: el Camino de Santiago, como producto acabado de marketing turístico, es un invento de hace cuatro días. De 1993, para ser exactos, cuando la Xunta de Galicia y el Arzobispado de Santiago deciden, a través de una excelente campaña publicitaria, convertir en su mayor activo turístico una antigua y muy decaída costumbre medieval ligada a específicas creencias y prácticas de un cristianismo, digámoslo así, bastante preconciliar.

Todo esto que digo no es ningún hallazgo fruto de una profunda y sesuda investigación. Basta con echar un vistazo a la Wikipedia, donde el tema está muy bien documentado y donde aparece una esclarecedora tabla con la evolución de las cifras de peregrinos desde que se llevan las cuentas.

Por supuesto, que se trate de un invento reciente no invalida el producto. También es reciente la termomix y saben ustedes que la defiendo a muerte. Que sea precisamente la Iglesia católica quien haya dado con este nuevo filón comercial no hace sino acrecentar mi admiración, estrictamente laica, hacia esa máquina de hacer dinero. No puedo criticar ni el Camino ni a sus inventores: soy un firme partidario de cuantas iniciativas sirvan para la creación de riqueza y nadie puede dudar de que ésta está sirviendo para alimentar a muchas familias.

Deporte, cultura, convivencia y espiritualidad

Lo único que quiero señalar, y este es el sentido que doy a mi rentrée, es el excesivo envoltorio con que el producto se ha envuelto, de modo que lo que en principio era únicamente una ruta turística (como los fiordos noruegos, la subida al Anapurna o la visita al Macchu Picchu) se ha rodeado de un fascinante halo simbólico que sirve lo mismo para un roto teórico que para un descosido emocional.

Según dicen los que han hecho el Camino de Santiago de un modo u otro, en más o menos tramos y en cualquiera de sus variantes, se trata de una experiencia que aúna deporte, cultura, convivencia y espiritualidad. Deporte, porque tal es el hecho de hacer la ruta en sus diferentes etapas, bien sea caminando, en bicicleta o a caballo. Cultura, porque cualquiera de las variantes del camino está sembrada de importantes monumentos, ermitas, palacios y muestras diversas de la creatividad humana.

Convivencia, porque el encuentro con otras personas con quien se comparte la ruta permite el diálogo y el acercamiento a los otros. Y espiritualidad, en fin, signifique eso lo que signifique, porque las especiales circunstancias en que se realiza la marcha, la soledad, la reflexión, el diálogo, invitan a cada uno, según el caso, al encuentro con uno mismo, al diálogo con Dios o a cualquier otra forma de acercamiento transcendental, en el caso de que tal cosa se pretenda.

Pues bien, cualquiera de estas cuatro ventajas está al alcance de cualquiera en cualquier parte del mundo. No hay rincón de la tierra en el que no sea posible practicar senderismo al ritmo o en las condiciones que cada uno quiera marcarse. Hallazgos culturales existen en cualquier lugar donde el ser humano haya estado antes. La convivencia se practica desde el momento en que uno, en su caminar, va encontrándose con gente o se acompaña de ella. Y la espiritualidad, que es el asunto que a mí más se me escapa,  estoy seguro de que cualquiera que la busque puede encontrarse con ella. De modo que no veo yo la excepcionalidad del asunto ni el empeño generalizado que de un tiempo a esta parte ha dado a tanta gente por 'hacer el Camino'.

Y me dirá alguno de ustedes, con razón: y a ti ¿qué más te da? Si el Camino de Santiago ha adquirido una importancia especial, si tiene una notabilísima carga simbólica, si se ha convertido en una forma de encuentro y diálogo  entre gentes de todos los rincones del mundo, ¿qué tienes que oponer?

Insisto: nada, pero tampoco tengo nada que aplaudir ni ningún sentimiento al que sumarme. El Camino de Santiago, como los Juegos Olímpicos (de los que hablaremos otro día, al margen de lo que hoy mismo se decida en Buenos Aires), son pastiches modernos de celebraciones antiguas que ya no tienen el valor ni la significación que tuvieron en su día, pero que han sido reinventadas por gentes bastante espabiladas, en parte con esotéricas intenciones simbólicas, pero, en parte también, y creo que sobre todo, para montar un buen negocio. Estupendo: nada que objetar. Siempre que no le demos al asunto un trato de favor -fiscal, institucional o de cualquier otra índole- en el que se discriminan acciones similares so pretexto de no se sabe qué valores intangibles.

Caminar no tiene ninguna importancia. El senderismo es agradable y sano, me permite conocer sitios, hacer amigos y despejar la mente. Pienso seguir haciéndolo mientras el cuerpo aguante.

Pero ni empujo a otros a que lo hagan si no les apetece, ni pido ningún aplauso ni ninguna subvención.

No sé si me explico.


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