Hmmm...

Un asunto inquietante

El café, como bebida social, posee una fuerte carga ideológica. Es la gran bebida de la sobriedad que liberó a las sociedades occidentales, ya en la edad moderna, del yugo del alcohol. Es la bebida racional por excelencia, antierótica, cerebral. La bebida que adopta como propia el Siglo de las Luces y, especialmente, las naciones puritanas y productivas, marcadas por la ética protestante y por el sentido épico de la recompensa del esfuerzo.

El café posee propiedades idóneas para la moderna y predemocrática civilización europea: gracias a la cafeína, “el café actúa sobre el sistema nervioso central, aumenta la actividad intelectual, acelera los procesos perceptivos y las secuencias de ideas y despierta la actividad del espíritu sin desembocar en la depresión”, como afirmaba un prospecto de finales del XIX. Son las propiedades perfectas de la bebida que demanda la joven burguesía, empeñada en la creación de los nuevos Estados burocratizados y laicos, imbuida del esfuerzo mercantil y empresarial a partir de criterios racionales. Son los valores que la joven Lieschen alaba de su bebida favorita en la espléndida Cantata del café con la que Bach hizo un guiño a las nuevas generaciones.

La bebida del burgués

El nuevo europeo, el burgués triunfante del siglo XVII, no solo ha cambiado en su actitud mental, sino en su propio físico. El hombre medieval, incluso el más pudiente, realizaba mucha ejercicio al aire libre. El burgués, por el contrario, ejecuta actividades cada vez más intelectuales, su lugar de trabajo es la oficina, su posición, sedente. Su ideal ya no es la aventura ni la búsqueda del acontecimiento, sino la regularidad, la norma y la rutina.

Esta nueva forma de trabajar y de vivir concierne a todo el organismo. El café era conocido desde tiempo atrás pero hasta entonces no había encontrado su papel social. Con la aparición del espíritu burgués se convierte en la droga idónea para facilitar su transformación. Se infiltra en el cuerpo y realiza en el plano químico y farmacológico lo que el racionalismo y la ética protestante efectúan en el plano ideológico e intelectual. Por medio del café el principio racionalista consigue acceder a la fisiología humana y la configura conforme a sus necesidades. Como resultado se obtiene un cuerpo que funciona según los nuevos requisitos.

Por su misma composición química, el chocolate estaba predestinado a ser la antítesis del café. Su componente básico, el cacao, no contiene cafeína sino una pequeña cantidad de teobromina, un alcaloide de estructura molecular muy parecida pero de eficacia mucho menor. El chocolate apenas ejerce una acción estimulante sobre el sistema nervioso central, y eso ya lo advirtieron los médicos del siglo XVII.

El chocolate y el ideal católico

El chocolate, pues, no es estimulante, pero es nutritivo, y este valor lo hizo particularmente atrayente para el orbe católico. En virtud del principio de que los líquidos no quebrantan el ayuno, el chocolate sirvió de alimento sustitutorio durante la Cuaresma, lo que lo convirtió en la bebida indispensable de países tan católicos como España e Italia.

Pero la importancia del chocolate tiene también otros componentes, digámoslo así, imperiales. El descubrimiento, el comercio y el consumo del chocolate estuvieron estrechamente ligados a la Corona de España y a sus inmensos dominios. Los conquistadores lo habían traído desde México y durante más de un siglo pesó sobre su comercio un estricto monopolio. Estas son las razones que dotaron a la bebida de una identidad netamente española –aunque muy extendida por sus dominios de Italia y los Países Bajos-, primero como alimento clerical durante el ayuno y luego como bebida mundana de moda, hasta formar parte del estilo cortesano español que marcó a toda Europa antes de Versalles.

Hacia finales del XVII, el estilo francés comenzó a suplantar al español, en parte apropiándose de elementos esenciales de este. La boda de Ana de Austria con Luis XIII marcó el comienzo de este cambio. La infanta, educada en Madrid, llevó el chocolate a la sofisticada corte francesa donde pasó a formar parte de los elementos más identificativos del rococó. Convertido en bebida de la aristocracia europea, fue símbolo del estatus social, como lo era la lengua francesa, la cajita de rape o el abanico.

El chocolate se convirtió, así, en la antítesis del café. Fomentador del hedonismo, del erotismo y del ocio, el chocolate da al cuerpo todo lo que el café le resta. Este alimenta al espíritu; aquel, al cuerpo. Sintetizando mucho: lo que el café representaba para el ascetismo protestante, lo representaba el chocolate para el catolicismo barroco. El chocolate era la bebida del Antiguo Régimen; el café, el de la burguesía empresarial.

Del chocolate al cacao

La desaparición del antiguo régimen conllevó el ocaso del chocolate. ¿El ocaso? Sería mejor decir su ocultamiento, su transformación en otra bebida, el cacao, que lo sustituyó durante el siglo XIX y se implantó definitivamente en el XX. El nuevo brebaje fue inventado en 1820 por el holandés Van Houten y consiste en extraer casi todo el aceite de las habas del coco para hacerlas menos nutritivas pero más digestivas. Comercializada en forma de polvo, se convirtió en una bebida muy apreciada en la Europa central y septentrional para su consumo por los niños. El chocolate también fue domesticado mediante su transformación en tabletas, convertidas en un estimulante de nuevo tipo. Paradójicamente, fueron países tan poco católicos como Holanda y Suiza quienes se hicieron con el liderazgo del antiguo monopolio español.

Ni el chocolate ni el cacao tienen hoy la consideración de estimulantes, como la sigue teniendo el café. El cacao ha sido durante todo el siglo XX la bebida emblemática del desayuno de los niños. La que fuera la bebida del estatus del antiguo régimen, representación del poder y del esplendor, acabó siendo la de aquellos que no tienen poder ni responsabilidad en la sociedad burguesa.

Hoy es cada vez más frecuente encontrar en las barras de los bares a jóvenes profesionales desayunando cacao, años después de haber alcanzado la edad adulta. ¿Es porque el cacao está de nuevo conquistando los espacios de la influencia social o porque sus consumidores apuestan de forma más o menos consciente por una nueva forma de marginalidad? Entre los muchos asuntos de la actualidad para los que no tengo respuesta, este es uno de los que más me inquietan.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba