Hmmm...

El asma de Séneca

No sé si les pasa a ustedes, pero a mí don Lucio Anneo Séneca no termina de entrarme.

Como tantas veces ocurre, la culpa no es suya, pobre hombre, sino del uso que se ha hecho, por acá y por allá, de su figura y su obra. Unos -casi todos- se empeñan en ponerlo en la lista de españoles ilustres cuando, por mucho que naciera en Córdoba -o Corduba, que así era su nombre entonces-, Séneca no fue sino un ciudadano romano al que le faltaban siglos para disfrutar del honor y la fortuna de la españolidad. Otros hicieron de sus doctrinas un uso pintoresco, como los primeros padres de la Iglesia Católica, tan necesitados de incorporar a su catálogo intelectuales de prestigio con los que dotar a la nueva religión de una pátina de abolengo.

Se han hecho cosas tremendas con este hombre. No sé si ustedes -mis lectores de edad más provecta- recuerdan aquella espantosa serie de televisión -¡cuando yo era un niño!- en la que José María Pemán aprovechaba el nombre y el tono del pensador romano para soltarnos su discursillo neofascista… Pemán era un maestro de la utilización de la literatura para fines perversos y ahí tienen ustedes su excelente versión de la Antígona de Sófocles para corroborarlo. En el caso de Séneca, su condición de paisano le dio a Pemán alas para atribuirle cuanta sandez se le pasó por la cabeza.

Un hombre poliédrico

Séneca ha dado siempre mucho juego, ya digo, y lo sigue dando, ahora que el consumo de libros de autoayuda está en su apogeo y algunos textos del protocordobés, debidamente repeinados, vienen muy al pelo para el management y la gestión empresarial. A estas alturas, en el entorno español y no digamos ya cordobés, el senequismo y lo senequista sirven para justificar cualquier cosa, desde un restaurante hasta un equipo de fútbol.

Haber tenido que manejarlo estos días me ha venido bien para reconciliarme razonablemente con su figura o, al menos, para verlo con algo más de sosiego y comprensión. Séneca, como casi todos los seres humanos, fue un tipo poliédrico, y revisándolo en su complejidad es, como nos pasa a nosotros mismos, cuando terminamos entendiéndolo.

Por ejemplo, el asma.

El hecho de que Séneca fuera asmático desde niño -¡y en aquellos tiempos, donde por no existir no existía ni la magufería homeopática!- lo marcó de una manera decisiva y lo tuvo en muchas ocasiones manejando la idea del suicidio.

Una cosa así condiciona el pensamiento y la acción, desde luego.

Lo que no sé es si por el asma, o a pesar del asma, Séneca fue un tipo versátil, hiperactivo, capaz de combinar intensamente y con éxito una doble vida: la del pensador y la del político, la del intelectual y la del gestor. Con asma y todo, Séneca tuvo capacidad para servir a cuatro emperadores, para alcanzar el máximo poder político imaginable en el vasto imperio romano, para forrarse, para intrigar y para mantener un buen número de amoríos. Y al mismo tiempo, le sobraron arrestos y preparación para escribir tragedias, poesía, textos políticos y morales, cartas emotivas y materiales didácticos durante su etapa de tutor de Nerón.

No brilló por su originalidad. Lo que Séneca hizo bien fue fijarse en los modelos griegos y fusilarlos sin complejos. Con poco genio, pero con aplicación, como buen lector que era. Con una prosa eficiente, pero no deslumbrante. Con cosas que decir, pero sin capacidad de epatar. Fue un filósofo de segunda fila, aunque con la fortuna de que sus maestros –los grandes estoicos griegos- apenas dejaron obra y ha habido que basarse en él y en Marco Aurelio para reconstruir con solvencia el discurso articulado de esa escuela.

Y fue, sobre todo, el primer ensayista digno de tal nombre, el predecesor –a dieciséis siglos de distancia-, del gran Michel de Montaigne, al que se tiene por fundador del género.

El balance no es malo, finalmente, y he terminado por cogerle cariño.

Pero es curioso que en cualquier consulta que se haga sobre Séneca, sobre su obra, sobre su pensamiento, sobre su doctrina, en cualquier libro o artículo que se consulte sobre él, hay siempre una referencia crítica a la incoherencia insultante entre su vida y su obra.

El viejo debate

Ya saben: todo eso del estoicismo, de una vida sobria y sosegada, en comparación con su realidad histórica, empeñada en el atesoramiento de riquezas y poder. La distancia escandalosa entre el dicho y el hecho.

Eso nadie se lo perdona a Séneca: desde el más sesudo intelectual al más frívolo periodista.

Y me andaba yo preguntando el porqué, cuando di con esto.

Esto, para el que no quiera abrir links, es un debate entre Antonio Muñoz Molina y Jorge Bustos en torno a la figura del periodista César González-Ruano.

González-Ruano fue un periodista español profundamente fascista, pronazi e inmoral. (No es que lo diga yo: no son insultos por mi parte, poco dado a insultar con tópicos, sino meros calificativos que el propio Ruano no tuvo inconveniente en aplicarse a sí mismo). Pero era, a la vez, un gran periodista, un tipo que ha producido, dentro de una obra ingente, uno de los más sólidos retratos periodísticos de la España de los cincuenta y sesenta.

Inmoral y excelente, ambas cosas a la vez.

Y Muñoz Molina dice que a un tipo así no hay ni que leerlo (pero él lo ha leído, y mucho, y ha escrito mucho sobre él y no siempre de manera tan despectiva como ahora), mientras que Jorge Bustos dice que si no leyéramos a los escritores que en algo han sido despreciables nos quedaríamos atascados en la cartilla de primero de primaria.

El viejo debate sobre ética y estética, ya saben.

Si fuera otra época del año, me adentraría en él –en el debate, me refiero- como un explorador en la selva, teclas en mano, al menos para dejar servidos a mis lectores los mínimos fundamentos de la vieja cuestión.

Pero con este calor, casi asmático también, como el viejo filósofo, me van a permitir que deje el final abierto, cual previsible novelista de la nouvelle vague, y que les invite a ustedes a que se pronuncien: ¿tiene derecho Séneca a ser leído, por muy incoherente que resulte su biografía en relación con su doctrina? En tal caso, ¿podemos también leer a Ruano? ¿O al primero sí porque tenía asma, pero no al segundo, que al parecer gozaba de una excelente salud?

Como ven, tenemos tema. Vamos con él.


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