Hmmm...

Este año he leído menos

Menos libros, me quiero referir. Porque lo que es leer en sentido estricto, no doy abasto. Fue entrar en Twitter, a mediados de año, y verme obligado a dedicar la mitad de mis días y mis noches al seguimiento de la intensa actividad intelectual que en ese ámbito se desarrolla a golpe de ciento cuarenta caracteres. Que no es solo leer (y entender) los pensamientos profundos que proliferan como churros en otoño lluvioso, sino además seguir las recomendaciones contenidas en los enlaces, los comentarios a los retuiteos o las conversaciones enmarañadas. En los ratos libres hay que mirar los guasaps, atender a los carcundas que aún envían esemeses, gestionar los correos electrónicos (¡esa enorme antigualla!), seguir la docena de blogs en los que uno ha conseguido depurar su interés por las opiniones de otros, leer los diarios de siempre y los que cada semana surgen como nuevas promesas del periodismo de verdad. Sin olvidar, claro, las revistas culturales, la prensa internacional, alguna que otra red social que, por más que quieras, no puede quedar del todo desatendida y, por supuesto, los sitios webs de clientes, proveedores o pesados.

Así que leer libros empieza a ser un asunto no solo desprovisto de glamur y tono, sino además casi imposible.

Casi. Porque uno aún conserva ciertos hábitos de los que no se desprende con facilidad y sigue creyendo que la reflexión sólida y consistente se estructura de acuerdo a unas características que, en líneas generales, se parece bastante a lo que venimos conociendo por libro. Ustedes me entienden.

Así que me referiré no a todo pero sí a lo más significativo que ha pasado por mis manos en este finiquitado 2012

Dos libros imprescindibles

Los dos más importantes que he leído este año salen del campo de la psicología.

Daniel Kahneman es un psicólogo conductista que obtuvo en 2002 el Premio Nobel de Economía por sus estudios sobre el comportamiento humano en situaciones de incertidumbre. El resultado de esos estudios fue la formulación de laTeoría de la Perspectiva, un modelo que ha sido determinante para conocer el comportamiento de los individuos en situaciones que pueden reportarles pérdidas o ganancias. Casi diez años después publica un libro imprescindible para contrastar la solidez de sus teorías.Pensar rápido, pensar despaciorecoge y sistematiza la teoría de la perspectiva y, ahora ya de forma definitiva, desmonta el pensamiento tradicional que tenía alhomo economicus como un ser basado en comportamientos básicamente racionales y objetivos.  Lo que Kahneman sostiene –y en buena medida demuestra - es que tal racionalidad se encuentra asentada en el cerebro humano de una forma consciente, lenta, tediosa y complicada, mientras que en la misma persona coexiste otro sistema, intuitivo, rápido, cómodo y eficaz, que permite tomar decisiones basadas en las emociones y en la mera intuición. ¿Cuál es la consecuencia? Pues que, salvo que estuviéramos constantemente vigilantes, lo normal es que buena parte de nuestras decisiones se adopten por el “sistema rápido” y este nos conducta, la mayor parte de las veces, al error..

El otro libro imprescindible del año es el de Pinker. Ya saben que Steven Pinker es el fundador de la moderna psicología cognitiva y que su libro La tabla rasamarcó a comienzos del presente siglo un hito definitivo en el viejo debate entre herencia y aprendizaje. En Los ángeles que llevamosdentro Pinker se pone más provocador que nunca y enuncia algo que en esta crisis no gusta decir: que el ser humano ha mejorado mucho y ha aprendido a convivir de un modo que, viendo sus orígenes, podría parecer inimaginable. El libro se inscribe en la corriente de optimistas racionales, de la que ya les he hablado aquí.

Cuentas pendientes

Como, fuera de estas,  no ha habido grandes novedades, me he puesto a saldar cuentas pendientes. Aproveché que Martha Nussbaum venía a recoger el Príncipe de Asturias y me metí entre pecho y espalda su Crear capacidades. Propuestas para el desarrollo humano. De esta profesora de ética  me ha gustado su esfuerzo por aterrizar la filosofía y hacerla útil para la mejora de la calidad de vida, pero no estoy seguro de que una relectura moderna de Platón, como ella propone, sea la mejor manera de amueblarnos la cabeza. En todo caso, por si les sirve de orientación, es la única persona que usa la palabra empoderamiento  sin sacarme de quicio.

Cuenta pendiente era también Honrarás a tu padre, de Gay Talese, y al respecto solo tengo una cosa que decir: salgan inmediatamente a comprarlo y a leerlo, aunque se dejen este artículo a medias.

Por terminar con ensayos y cosas así: hace poco me referí en estas páginas a Empresarios oprimidos de Gabriel Zaid, y sería injusto que no lo recogiera en este rápido repaso. Zaid, ya saben, es físico, poeta y mexicano, tres cosas que, al parecer, se pueden conjugar viendo lo bien que él lo hace. Su libro Los demasiados libros ha sido para mí, desde hace veinte años, una guía segura en el proceloso mundo de la bibliofilia. Empresarios oprimidos es una reedición de un viejo libro que ahora ha crecido, en realidad una recopilación de artículos sobre la iniciativa empresarial y el autoempleo que deberían leer los hunos y los hotros.

Tenía otras dos deudas pendientes que este verano me lancé a pagar. Nada, de Carmen Laforet, y Entre visillos, de Carmen Martín Gaite, son dos títulos de referencia de nuestra literatura para los que no había encontrado hueco. De la primera no conozco nada más y debo decir -con todo el respeto que merece alguien que escribió en aquellos oscuros años- que su novela ha envejecido mal. En cambio, Entre visillos me ha fascinado. De Martín Gaite valoraba sobre todo su obra ensayística -esa extraordinaria biografía de Macanaz, imprescindible para conocer nuestro Imperio-, pero en esta novela, aún lejos de la vena imaginativa y fantástica por la que derivó después, hay una narradora de mucho fuste y de una calidad que se mantiene con el tiempo.

No me pidan recomendaciones sobre novela negra. Dentro de unas semanas les explicaré por qué ya no la leo. Con todo, cayó una en mis manos y me gustó. Será porque es japonés, seguramente.

En el terreno de lo circunstancial, me leí El camino de vuelta, el último libro de memorias del expresidente de la Comunidad de Madrid. Joaquín Leguina es un hombre de prosa sobrevalorada y de autoestima abundante, así que, cuando va de ingenioso, como es el caso,  se pasa de frenada. Pero hay que reconocer que el libro se lee con facilidad y arranca alguna risa, incluso cuando cuenta anécdotas mal documentadas.

Y sí, de acuerdo, lo reconozco, he leído dos novedades de autores españoles consagrados. Pero ambas son muy malas y si las nombro me van a reprochar que no apoyo al libro con el suficiente entusiasmo. Así que hagamos como que no.

Feliz año.


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