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El ajedrez como panacea o la solemnización de la cultura

Al ajedrez le sucede como a la lectura: casi nadie lo practica pero se le tiene en una alta consideración intelectual. Del mismo modo que cuando se dice que Fulanito lee se expande sobre Fulanito una especie de hálito reverencial, cuando se dice que Menganito juega al ajedrez, Menganito queda de inmediato adornado de una serie de atributos difusos pero altamente positivos. Luego puede resultar que Fulanito no haya pasado en su vida de Ruiz Zafón y que Menganito no conozca ni los rudimentos básicos de la apertura española, pero no importa: Fulanito y Menganito quedarán para siempre marcados con el hierro de los elegidos.

Esta sobrevaloración de unas actividades en detrimento de otras me ha llamado siempre la atención. Escuchar música, por ejemplo. No creo que disfrutar de Bach con intensidad y aplicación sea menos instructivo que atragantarse con los tochos de Almudena Grandes (por poner un ejemplo comparativo nada malintencionado) y, sin embargo, el verbo leer siempre tendrá una valoración mejor que la vulgar locución verbal escuchar música. Del mismo modo, jugar a las damas es una actividad tan inútil y honrada como la del ajedrez, pero no hay ni punto de comparación con el blasón que proporciona este.

Se han escrito maravillas sobre los beneficios que el ajedrez aporta a la salud y son muchos los que afirman con todo convencimiento que los ajedrecistas son más listos que el común de los mortales. Desmontar esta afirmación es bastante fácil: basta con pasearse por cualquier club de ajedrez de barrio para comprobar que el surtido de lo que allí se encuentra tiene un parecido sorprendente con la media nacional. Hay individuos incluso, como en la vida misma, rematadamente tontos. Y bellísimas personas, también, solo faltaría.

¿A qué se debe esta tendencia a ensalzar el ajedrez como si fuera la máxima expresión de la sabiduría humana? Es verdad que se trata de un juego extraordinariamente complejo, pero tampoco el golf parece fácil, ni el póker, puestos a buscar equivalentes sedentarios, donde también se da un alto grado de profesionalismo. El antropólogo francés y ajedrecista Thierry Wendling, en un libro estupendo del que me parece que no existe traducción, argumenta que se trata de un fenómeno de proyección muy curioso:  los aficionados comprueban que los grandes maestros (los jugadores profesionales de máxima categoría internacional) son gente con un elevado cociente intelectual y con unas dotes -de memoria, de análisis, de retentiva- verdaderamente inusuales. Y establecen un silogismo elemental: los grandes maestros son unos genios; los grandes maestros juegan al ajedrez; luego todos los que jugamos al ajedrez somos unos genios.  Es como si todos los que montan en bicicleta pensaran que tienen la misma capacidad pulmonar de Induráin o si todos los que juegan al fútbol se atribuyeran el olfato de Messi para el gol.

Pero si ellos están convencidos de que tienen un don especial es porque los demás se lo atribuyen. Y le atribuyen además un cúmulo de virtudes tal que lo verdaderamente extraño es que a estas alturas no se haya convertido ya en la panacea de obligado uso en el sistema nacional de salud. Déjese usted de investigaciones carísimas sobre el alzheimer, olvídese de tratamientos tremendos para los procesos degenerativos, dónde va usted a gastar más dinero en terapias de disfunciones mentales: un tablero de ajedrez y a casa. Y para educar a los niños, ¿qué me van ustedes a contar? Ni planes de estudio, ni asignaturas ni vainas: ajedrez a todas horas y todos unos genios. Asombra que teniéndolo tan claro estemos tardando en dar el paso.

Tanto en el caso de los libros como en el del ajedrez me acuerdo con frecuencia de algo que contaba Oliver Sacks en su libro Migraña. Decía mi neurobiólogo favorito que la mayoría de los estudios que se han hecho sobre esta enfermedad establecen que los afectados por fuertes procesos migrañosos son más inteligentes que la media de la población. La duda le surgía a Sacks al comprobar que los autores que afirmaban esto eran a su vez migrañosos, lo que introducía un notable sesgo en la imparcialidad de sus investigaciones. A su vez, los que afirman que la gente que lee es mejor que la que no lee suelen ser autores de libros que necesitan que alguien compre. Y los que sostienen que el ajedrez hace más inteligente al que lo practica suele ser un ajedrecista o alguien que vive de su entorno.

Yo no tengo una posición firme al respecto, en esto como en casi todo. Me inclino a pensar que el verbo leer sólo tiene sentido cuando se declina en transitivo –y por tanto no significa lo mismo leer a Dostoievski que a Maria de la Pau Janer- y que jugar al ajedrez es muy bueno para aprender a jugar al ajedrez.  Fíjense si no en lo mucho que leía el asesino de Oslo y qué profundidad intelectual la que llegaba a alcanzar Bobby Fisher.

Nos empeñamos tanto en solemnizar las cosas.


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