Hmmm...

Tres acordes y mucho desparpajo

I.

Ella, Judy Clericuzio, nació en Washington; él, Jack Jameson, en Alburquerque (Nuevo México), pero no se conocieron en los Estados Unidos sino en la españolísima Marbella del ya lejano 1971. Jack, veinteañero, hijo de militar, venía de vivir en una base ubicada en la República Federal de Alemania y buscaba el modo de eludir el servicio militar que le acarrearía un más que probable destino en Vietnam. Judy había venido a España de vacaciones, le había gustado, había regresado para pasar unos meses y al conocer a Jack decidió quedarse. La España de los primeros setenta empezaba a despegar en turismo costero y tenía necesidad, para entretener a los animosos visitantes, de camareros, animadores y cantantes, mucho más valorados que ahora si además de trabajadores sabían hablar inglés. Así que Jack y Judy no tuvieron problema en encontrar trabajo en la costa mediterránea y en Canarias. Sus conocimientos musicales y sus contactos con el show business eran menos que básicos: Jack tocaba exactamente tres acordes de guitarra y Judy disponía de una hermosa voz aún sin desbrozar y había trabajado de relaciones públicas en un pequeño teatro de su ciudad natal. No era mucho arsenal, pero el día que les pidieron que cantaran el happy birthday to you en una fiesta de turistas inauguraron su carrera musical.

II.

Descarados y animosos como eran, comprobaron bien pronto que los ritmos de moda en los ambientes en que se movían eran los de su tierra natal y que ellos tenían capacidad, soltura y cualidades para interpretarlos con relativa solvencia. Rock and roll, rhythm and blues, folckore norteamericano, voces emergentes de aquellos años (de Dylan a Elvis pasando por todos los demás), en poco tiempo se hicieron con un repertorio razonable y empezaron a contactar con el bullente ambiente musical de aquellos años en España. Juan Carlos Calderón, que años después habría de consagrarse a lo grande, los trajo a Madrid. Las salas de aquellos años, entre marginales y glamurosas, como el mítico Picaddilly, que en la movida se convertiría en el mítico Rock Ola, conoció sus primeros pasos. Costa Fleming, lo más de lo más en marcha predemocrática, se la patearon de arriba abajo. Eran los años de Miguel Ríos o de Teddy Bautista arrasando en el campo del rock, pero también de Pedro Yturralde o de Pedro Ruy-Blas apostando por un jazz nacional bien serio. Los años de La Candelaria, en Claudio Coello, del primer Whisky Jazz, del Bombón Bar y de algunos otros sitios de los que ya es imposible acordarse. Judy y Jack se metieron en todos y lo tocaron todo y tocaron con todos, porque con tres acordes se puede tocar cualquier cosa, sobre todo cuando se tienen ganas y es una forma como otra cualquiera de comer honradamente y tomar copas gratis.

III.

Se pusieron de nombre de guerra Cañones y Mantequilla, o, por ser exactos, Guns and Butter, porque ellos no sabían traducir esta expresión al español. ‘Guns and Butter’ les sonaba porque en 1970 se le había concedido el Premio Nobel de Economía a Paul Samuelson tras formular la teoría de la posibilidades de producción que establece las necesidades de decidir, ante la limitación de recursos, entre el gasto militar (cañones) o el gasto civil (mantequilla). Samuelson no hacía más que recuperar la antigua metáfora de Bisckmar, cuando desde su puesto de canciller prusiano advirtió de que en las situaciones críticas había que elegir entre “cañones o mantequilla”, dejando claro ya de entrada cuál era su particular opción. Pero Jack y Judy no sabían nada de Bismarck y muy poco de Samuelson, y la elección del nombre procede de que en Madrid, cuando se lanzaron a la profesionalización de su actividad, fueron originariamente un trío formado por dos hombres (los cañones) y una dulce jovencita, que hacía de mantequilla. Cuando las cosas volvieron al dúo original, el nombre ya formaba parte de ellos.

IV.

El primer disco de Cañones y Mantequilla fue un single lanzado por CBS que llevaba en la cara A el tema titulado Don’t pull my leg (No me tomes el pelo), todo un presagio de lo mal que les ha ido en el mundo de la discografía. En cuarenta años de carrera han grabado cuatro discos –a uno por década- sin lograr nunca con ninguno de ellos un éxito arrollador. Problemas de producción, sin duda, problemas de comercialización –el mundo del disco, hasta la llegada de internet y de los nuevos modelos digitales, ha sido más delirante y despiadado que el del libro- pero probablemente también problemas derivados de su propia actitud vital, mucho más acorde con lo que representa el directo, la actuación en vivo, la gira perpetua, la jam session, la implicación directa con el público. Nunca aspiraron a ser number one de nada –y tenían calidad y repertorio para haberlo sido, por encima de muchos que sí lo han logrado- porque para serlo hay que poner en el entorno un aluvión de representantes y productores y managers y tecnología que hubieran terminado por alejarlos de lo que ellos buscaban: la diversión y la risa, que de paso, solo de paso, les daba de comer.

V.

Llegaron al country casi por casualidad. Ellos tocaban de todo, lo que ahora se llama Americana Music y le sirve a Manolo Fernández en su fantástico programa de Radio 3 para despachar todo lo que le gusta, y de todo siguen tocando, pero una vez los contrataron en el base americana de La Rota para animar las noches bullangueras y tediosas y allí la morriña de los soldados pueblerinos les obligó a volcarse en los ritmos rurales y básicos, que nombres como Woody Guthrie, Jimmie Rogers o Johnny Cash ya habían colocado en el altar de la modernidad. Jack y Judy pensaron que era una buena vía para seguir, que en España el country gustaba pero tenía pocos intérpretes y que sí, que podían tirar por ahí… y por cualquier otro sitio que significara buena música y mucho baile.

VI.

El próximo día 12, la semana que viene, Cañones y Mantequilla estarán de nuevo en Madrid, en el lugar y hora que anuncia el cartel con el que se abre este artículo y será una nueva oportunidad de participar con ellos en una de sus sesiones de line dancing, el baile country por antonomasia que llevan años popularizando entre nosotros. Son 42 años de profesión. Lo han visto todo, lo han hecho todo, lo han vivido todo y siguen en el empeño. No es fácil: la situación de los músicos en España es peor que la de los libreros y los cineastas -aunque se quejan menos- porque carecen de un marco laboral bien regulado, porque los locales de música en vivo apenas malviven, porque cobrar por dar un concierto es un lujo impensable, y por mil razones más. Pero ellos siguen. No siempre viviendo de su música, pero siempre de la música: clases, traducciones, coros, doblaje. Ahí siguen: si en los años setenta salieron adelante con tres acordes y mucho desparpajo, qué no van a conseguir ahora, cargados de ganas y sabiduría.


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