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Cuando el Ulises se leía en el metro

Más allá de mi optimismo racional, que nunca he ocultado, gente mucho más cualificada que yo, datos en mano, acredita que 2013 ha sido el mejor año de la historia de la humanidad, con unos índices de desarrollo humano, de descenso de la violencia y de bienestar general impensables no ya hace siglos sino a la vuelta de hace solo un par de décadas.

Lo digo sin ningún afán provocativo. Comprendo que las personas afectadas por la actual crisis, los que han visto truncados sus sueños o los que han sufrido un revés profesional que les ha hecho retroceder respecto a su estatus anterior lean el párrafo anterior con irritación y piensen que estoy haciendo una broma de mal gusto. Pero no es así, por supuesto: una reflexión rigurosa sobre la sociedad en que vivimos tiene que ayudarnos a distinguir las circunstancias individuales de los movimientos globales, a diferenciar la anécdota de la categoría y, por supuesto, a discernir con claridad los datos de las opiniones.

Este análisis, por supuesto, no tiene nada de panglosiano. No pretendo, como el inolvidable personaje con el que Voltaire se burló cruelmente de Leibniz y sus epígonos, que este sea el mejor de los mundos posibles, ni afirmo que la continuada mejora de la calidad de vida sea un proceso mecánico que no se pueda truncar. Se puede, claro que se puede, y los humanos somos tipos -y tipas, naturalmente- capaces de liarla a poco que nos empeñemos. La semana pasada mi admirada vecina de página nos recordaba lo que sucedió hace ahora un siglo, y la historia está llena de momentos en que hemos estado a punto de mandarlo todo al traste.

La gran plaza pública

Los riesgos, claro, son mayores ahora, igual que son mayores ahora las posibilidades de avance y desarrollo. Hemos conseguido dotarnos de herramientas extraordinariamente poderosas con las que hemos potenciado nuestras posibilidades de supervivencia al tiempo que nuestros riesgos de destrucción. Pero seguimos avanzando: siempre en el alambre, siempre al filo de la navaja, pero la humanidad, analizada en conjunto y con una visión a largo plazo, está mejor que nunca.

Y en estas, llega internet. De vez en cuando hay que pararse un momento a pensar en lo que ha representado para la humanidad esta perpetua conexión en red en la que ahora vivimos. En las infinitas posibilidades que se nos han abierto de intercambio y reciprocidad. Internet ha puesto a nuestro alcance más sabiduría y más diálogo de lo que nadie ha podido imaginar en toda la historia. Internet ha roto las fronteras, ha posibilitado el acercamiento entre los mundos más extremos, ha fomentado la solidaridad y el acercamiento. Internet ha incrementado también el comercio hasta límites impensables y, no hay que olvidar (Escohotado lo acaba de acreditar con solvencia) el papel esencial del intercambio de bienes y productos en el impulso de la libertad. Internet se ha convertido en el mayor enemigo de las dictaduras, de las supersticiones, de los dogmas. En la gran plaza pública en la que el ciudadano ejerce todas sus prerrogativas, incluso la de ser vulgar.

Pero internet ha transformado también -lo está haciendo ahora mismo- el modo en que afrontamos el conocimiento. Durante muchos siglos la lectoescritura ha sido el motor del impulso creativo del ser humano, la herramienta esencial de su ejercicio intelectual. Lo fue hasta el siglo XV de un modo selectivo y, a partir de la imprenta, lo fue ya de un modo universal e imbatible, con el soporte del libro como pilar básico pero también con el resto de los géneros y fórmulas que los humanos fuimos inventando para comunicarnos por escrito: desde periódicos a cartas, desde pintadas a folletos, desde publicidad a poemas de amor.

Lectura, imagen y sonido

Con internet la lectoescritura no desaparece pero en buena medida se trasforma y, sobre todo, incorpora otras formas de comunicación y conocimiento que hasta ahora jugaban un papel secundario: el sonido y la imagen, primordialmente, sometidos a tareas ancilares en tiempos pasados, a causa, esencialmente de su dificultad para ser capturados y reproducidos. Una vez domesticados y simplificados, pasan a ser también herramientas básicas y a configurar un nuevo modo de entendernos y comunicarnos.

El caso TED, por ejemplo. TED, como saben, nació como organización sin ánimo de lucro en 1998 para impulsar el debate y la difusión de ideas novedosas en los campos de la Tecnología, el Entretenimiento y el Diseño, tomados como los grandes pilares que están dando forma a nuestro futuro y que en realidad es una forma simple y eficaz de englobar todo el pensamiento humano actual. Lo que empezó siendo una sesuda conferencia anual dirigida a muy selectos suscriptores se ha convertido en una inmensa plataforma pública en la que empieza a estar almacenado el saber contemporáneo más dispar que quepa imaginarse. Como ellos dicen, “las ideas que merecen la pena”.

Pero lo asombroso de TED es el formato: vídeos de diecinueve minutos producidos bajo unas estrictas premisas de amenidad y de eficacia narrativa. Miles y miles de vídeos de estas características donde un sinfín de pensadores, científicos, artistas, políticos, empresarios, soñadores, poetas y otras gentes de mal vivir –en realidad, todo el que hoy por hoy tiene algo que decir- van depositando su saber de un modo tan fácil en el acceso y la comprensión que causa verdadero asombro.

Yo comprendo que los garantes de las esencias, los guardianes de la Cultura miren este fenómeno con el ojo guiñado y protesten airadamente: ¿Es que pretendo insinuar que el visionado de una conferencia de TED debe sustituir la lectura de un buen libro? ¿Es que no me doy cuenta de que el abuso de internet va a terminar modificando nuestras sinapsis cerebrales y haciéndonos incapaces de acercarnos al pensamiento sinuoso y pormenorizado que se presenta en un sesudo ensayo? ¿Es que no veo que nuestros jóvenes leen cada vez menos y propuestas como esta los distancian cada vez más de la buena senda?

Cuando escucho este tipo de reproches (formulados así o de forma más sutil, pero corrientes en la jeremiada cotidiana), siempre me imagino ese “antes” primordial en el que todo el mundo disertaba sobre Kant en sus ratos libres y tenía el Ulises de Joyce como lectura frívola en el metro. Debieron de ser muy bonitos, esos tiempos, si es que alguna vez existieron. Pero como no tengo muchas esperanzas de recuperar paraísos perdidos ni afán alguno de caer en bucles melancólicos, tiendo a pensar que, muy al contrario, vivimos una profunda transformación que nos está proporcionando nuevas formas de aprendizaje y conocimiento. Que no vienen a sustituir nada sino a mejorar y completar lo que había. ¿Con riesgos? Naturalmente. Pero también y, sobre todo, con inmensas oportunidades.


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