Hmmm...

Twitter y el cerebro femenino

Entraba en mis planes escribir algún día sobre el fascinante fenómeno de las redes sociales y darle una pensada al papel que puedan estar jugando en la configuración del pensamiento contemporáneo, aun a riesgo de oxímoron. Pero no tenía prisa. Estarán conmigo en que con este calores preferible postergar temas sesudos y poner ahora el teclado al servicio de asuntos culturales mucho más llevaderos y tradicionales, como pueden ser, qué les diría, la siesta y el gazpacho.

Pero echando un ojo el otro día al time line de mi Twitter (para los que no están puestos en la liturgia de esta red, debo disculparme por el uso de su esotérica terminología, pero esto es como si un aficionado al fútbol intentara explicar cómo se gana un partido sin utilizar la palabra gol), echando un ojo, digo, a Twitter me encontré este trino:

La redacción era, no sé si conscientemente, engañosa porque no queda claro si se refiere a palabras diferentes o solo a cantidad, aunque se trate de palabras repetidas. Pero en cualquiera de los dos sentidos el dato me chirrió y me pareció difícilmente creíble, al menos por el simple procedimiento de fijarme en las personas que me rodean y con las que convivo. Mi punto de vista no era nada científico, pero me proporcionaba al menos la duda como punto de arranque. Y, sin embargo, a la hora en que yo la vi, la frase había sido retuiteada 1.518 veces y 228 personas la habían marcado como favorita sin que nadie la pusiera en solfa ni manifestara la más mínima duda sobre su validez. Así que, no sin temor, me atreví a preguntar:

No hubo respuesta. Lógico, por otra parte. No soy de los que piensa que vaya a estar nadie pendiente de mí a cada momento. Así que dejé pasar un día y volví a la carga:

Para entonces, el retuiteo había tenido el efecto multiplicador que, como se sabe, es esencia misma de esta herramienta de comunicación y en la red estaba circulando con profusión. Eché un vistazo a los retuits y prácticamente todos eran entusiastas aplausos al hallazgo, asentamientos acríticos y, a lo sumo, bromas intrascendentes. En las varias decenas de retuits que analicé solo encontré este, que aportaba un mínimo de sentido común:

Pero no hubo ninguna otra respuesta a mis preguntas. Así que no me quedó más remedio que ponerme a buscar yo la base de la noticia.

Una proteína en el cerebro

Google, como es natural, me ayudó a arrancar. Un grupo de científicos de la Universidad de Maryland, en Baltimore, ha hecho un estudio y lo ha publicado en la revista Journal of Neuroscience. El estudio no va de hombres ni de mujeres, ni de diferencias de género ni de cosa que se le parezca, sino del papel que la proteína FOXP2 tiene en la configuración del lenguaje. Al parecer, a mayor presencia de la tal proteína en el cerebro, mayor capacidad lingüística se genera y, por decirlo de un modo gráfico, más charlatán se vuelve uno. ¿O una?

Aquí es donde viene el quid. El equipo de científicos que firma el trabajo se detiene ahí y ese es el núcleo del hallazgo: repito, la proteína FOXP2, más o menos presente en el cerebro humano, facilita más o menos el uso del lenguaje.

Pero, al parecer, al dar cuenta de los resultados, algún miembro del equipo señaló la circunstancia de que en la muestra utilizada para hacer las investigaciones las mujeres tenían mayor cantidad de proteína que los hombres, hasta el punto de que la proporción de palabras utilizadas en un día era de 20.000 para las mujeres por 7.000 para los hombres. La muestra no era representativa, puesto que solo se trataba de los individuos que habían aceptado someterse a los análisis clínicos, y por tanto no tenía validez ninguna desde un punto de vista de conclusiones sociológicas. Pero alguien recordó que hace media docena de años la doctora Louann Brizendine había publicado un estudio, posteriormente convertido en libro de divulgación, que bajo el título El cerebro femenino obtuvo un enorme éxito. El libro estaba basado en sus experiencias personales, en las charlas con sus pacientes y en alguna muestra hospitalaria tomada más o menos al azar, y, a partir de ahí, la doctora formuló por primera vez la tesis del 20.000 versus 7.000.

Para que se hagan ustedes una idea respecto al tal libro, la revista Nature –el catecismo de la literatura científica, donde se determina de verdad y con todo tipo de controles la validez de las investigaciones que se publican en el mundo- desmontó las teorías de la doctora Brizendine con una contundencia que no suele ser habitual en esos lares. Aquí tienen ustedes el demoledor informe pero, por si no quieren aburrirse con su lectura íntegra, les diré que contiene afirmaciones como esta: “Pese a las amplias credenciales académicas de la autora, El cerebro femenino lamentablemente no cumple con las normas más básicas de la exactitud científica y el equilibrio. El libro está plagado de errores científicos y es engañoso sobre los procesos de desarrollo del cerebro, el sistema neuroendocrino y la naturaleza de las diferencias sexuales en general”. O, en otro lugar: “El problema con las explicaciones de las diferencias de sexo no es que sean excesivamente biológicas, sino que son fundamentalmente no-biológicas y no explican nada". Y concluye el fulminante varapalo con estas palabras: “Nuestros intentos de comprender la biología de la conducta humana solo avanzarán si tratamos de explicar las cosas como son, no como nos gustaría que fueran.” (La traducción exprés es mía)

La doctora Brizendine no solo no se amilanó ante este rapapolvo sino que hace dos años publicó un nuevo tomo titulado esta vez (adivinen) El cerebro masculino, que repite las mismas tesis desde la óptica contraria. Ante los reproches que algunos le hicieron, durante la promoción del libro, por las críticas que le llegaban por parte de sus colegas, la dispuesta doctora no tiene empacho en responder: “No estoy tratando de escribir tratados científicos. Estoy escribiendo para las personas que son inteligentes pero que no hacen ciencia (…) Trato de explicar realidades complejas de manera sencilla”. (También la traducción es mía). Y se quedó tan ancha tras haber afirmado -porque eso es, en realidad, lo que venía a decir-, que una cosa es la verdad y otra lo que hay que contarle a la gente común.

Cómo se compone un tuit

Recapitulemos, pues:

 1) Alguien hace una investigación de la que resulta un hallazgo central: el papel que la proteína FOXP2 juega en el desarrollo del lenguaje humano. Tangencialmente se apunta la casualidad de un factor de género que no se ha estudiado con rigor pero que circunstancialmente coincide con otro estudio anterior que había sido tildado de falso y acientífico.

 2) La noticia, recogida por muchos medios, a partir de un teletipo de agencia o de una nota de prensa (no he conseguido dar con ese escalón inicial), contiene un sesgo notable respecto a la verdadera investigación, puesto que se centra en una parte marginal de la misma como es el factor de género.  Esa conclusión marginal (20.000 vs 7.000, para entendernos) es además realzada por su coincidencia con la investigación anterior.

4) Los medios, en general, recogen, aunque con la boca pequeña, la salvedad de los científicos dando poco valor a la conclusión de género por la endeblez de la muestra. El tratamiento que dan a la noticia es frívolo y sesgado, pero al menos en los últimos párrafos introducen dudas.

5) Cuando la noticia se tuitea desaparecen las salvedades y solo queda la esencia misma de la falacia: la afirmación esencial de que las mujeres hablan tres veces más que los hombres –y me da igual que se dé a esa afirmación un sesgo positivo (qué listas son) o negativo (qué charlatanas)-, afirmación que, como ya sabemos, no se sostiene científicamente, pero que es la que queda y la que, de forma totalmente acrítica, se difunde.

¿Cuánto me ha costado llegar a esta conclusión y demostrarla? Una horas de rastreo en internet, algunas lecturas y, eso sí, el pago religioso del artículo de Nature (16$) que veré si puedo colocar, en concepto de gastos, a los editores de este periódico que tan caritativamente me acoge.

Este es el problema de Twitter y de él tendremos que seguir hablando.


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