Hmmm...

Trampas en el solitario

Mientras andaban ustedes tostándose en la playa e hinchándose a tintos de verano, casi tres mil individuos de ciento ochenta países se reunían en una lejana localidad noruega para disputar la 41ª Olimpiada del Ajedrez, el encuentro internacional por equipos más importante de esta disciplina deportiva, que se celebra cada dos años desde 1927.

Como viene siendo habitual, los medios españoles -a diferencia de los de la mayoría de nuestros vecinos- apenas se han hecho eco de este acontecimiento. Los diarios deportivos bastante tienen con su ración diaria de florentinismo mamarracho y los demás saben de esto casi lo mismo que de física nuclear. Solo Leontxo García, en El País, ha vuelto a dar una lección de periodismo, escribiendo un puñado de crónicas lúcidas, bellas y de interés para un público no especializado.

El único motivo por el que los medios han dedicado algunas líneas a esta Olimpiada es por la extraña circunstancia de que dos ajedrecistas han muerto durante su celebración, uno de ellos tras concluir su partida con un resultado inesperado. Por fortuna, no he visto tras estos sucesos ninguna campaña advirtiendo contra los peligros de jugar al ajedrez, lo cual me hace pensar- tan tendentes como somos al alarmismo injustificado- que el asunto en realidad ha importado bastante poco.

Un aspecto llamativo de esta Olimpiada ha sido el palmarés resultante. China, donde el maoísmo lo tuvo prohibido durante décadas, se ha puesto a la cabeza del ajedrez mundial, aunque Rusia sigue siendo una potencia tan notable como lo ha sido hasta ahora. India despunta entre los emergentes y muchos países de la órbita soviética conservan el interés por un deporte al que los viejos comunistas le dedicaron mucho tiempo y dinero.

El ajedrez languidece

El mundo occidental y capitalista, ni fu ni fa. Ahí andan, repartidos la mayoría de los países de nuestro entorno, navegando entre las cincuenta potencias mundiales, lo que no es mucho decir para naciones como Alemania, Francia o Gran Bretaña, o para los mismísimos Estados Unidos, que desde que sufrió el trauma de Fischer no ha vuelto a levantar cabeza.

En realidad, la Olimpiada ha vuelto a poner en evidencia lo que todo el mundo sabe desde hace años: el ajedrez languidece, como deporte elitista y minoritario, en una sociedad en la que el espectáculo lo es todo. Si algunos deportes clásicos y de tirón popular, como el tenis y el baloncesto, tuvieron que cambiar sus reglas para adaptarse a las exigencias televisivas, ya me contarán ustedes dónde vamos con una disciplina donde el tiempo razonable de cada partida se sitúa en las cuatro horas y donde un solo movimiento puede tardar en producirse más de veinte minutos. No hay prime time que lo soporte.

Los que ya tenemos una edad y ciertas añoranzas nos escudamos a veces en el recuerdo de la retransmisión televisiva de la final Kárpov-Kaspárov para culpar a los actuales gestores de los medios audiovisuales del apartamiento del ajedrez en su parrillas. Pero eso es una pequeña trampa que nos hacemos en el solitario. Aquel acontecimiento -mérito también del gran Leontxo- solo fue posible en un tiempo en que no había más que los dos canales públicos en la televisión española. Me gustaría ver cómo competiría hoy una retransmisión de esa índole contra la selva audiovisual de nuestro actual espectro.

Cambiar las reglas

Yo lo tengo claro: el ajedrez si quiere salir del gueto minoritario en el que se cuece en su propia salsa tiene que cambiar las reglas. El gran Fischer ya lo sostenía en su tiempo y propuso algunas ideas tan sencillas como eficaces, que, por supuesto, nadie atendió. El actual presidente de la Federación Internacional, el kalmukio Kirsán Iliumzhínov, cuando llegó al cargo hace dieciocho años, intentó atraer a las televisiones con la disputa del cetro mundial mediante un formato novedoso y rompedor, que incluía la celebración del evento en un casino de Las Vegas. El experimento tuvo el extraño efecto de dejar a los ajenos tan fríos como siempre y de empujar a los clásicos hasta el borde del boicot. De manera que Iliumzhínov se olvidó de sus revolucionarias propuestas y se limitó a gestionar la FIDE como cualquier presidente de federación deportiva que se precie: con conservadurismo y corrupción, como si hubiera hecho el aprendizaje en cualquiera de las españolas.

Precisamente coincidiendo con la Olimpiada, ha habido elecciones a la FIDE, y el bueno del mandamás kalmukio ha sido reelegido una vez más, derrotando al excampeón Kaspárov como ya lo hiciera hace unos años con el excampeón Kárpov. El apoyo de Putin (Kalmukia, ya saben, no es más que un trozo de Rusia) es mucho apoyo, como lo es el del sempiterno presidente de la Federación Española, tan hábil como Villar en mantenerse inalterable a la sombra del poder.

Y hablando de España, es preciso decir que nuestros representantes han hecho un papel excelente. La selección absoluta -en la Olimpiada pueden jugar juntos hombres y mujeres, aunque en la práctica éstas prefieren limitarse a su propia especialidad- ha obtenido la décima posición, por delante de todas las naciones europeas, con excepción de Hungría, y de las americanas, con excepción de Cuba. El equipo formado por Vallejo, Salgado, Antón e Illescas ganó siete de los encuentros disputados, empató dos -contra Rusia uno de ellos, que tiene mucho mérito- y perdió dos, contra Bulgaria y Hungría.

Las chicas también lo hicieron bien, aunque su decimotercera posición final supo a poco porque tuvieron al alcance de la última ronda la medalla de bronce. El equipo español estuvo formado por la ucrania Olga Alexandrova, la georgiana Ana Matnadze, la cubana Yudania Hernández, la canaria Sabrina Vega y la extremeña Amalia Aranaz.

Menciono las nacionalidades de origen de las componentes de nuestro equipo porque, hablando de trampas en el solitario, no sé si nuestras federaciones deportivas tienen cierta tendencia, en los últimos tiempos, a conseguir medallas a golpe de nacionalización.

A mí me da lo mismo: mi patriotismo es absolutamente inmune a los éxitos deportivos, exactamente igual que a sus fracasos, y el deporte profesional es un concepto que me cuesta entender, aunque no tengo nada contra los buenos profesionales que encuentran en nuestro país el apoyo -financiero, emocional o político- que les niegan en el suyo. Ojalá se pusiera el mismo empeño en fichar científicos e investigadores. Pero bien está, siempre que no nos engañemos: la buena posición del equipo femenino español en la 41ª Olimpiada no es un reflejo fiel del interés por el ajedrez entre las españolas, a las que, así, en general, me da que les importa bastante poco.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba