Hmmm...

Regalo de cumpleaños

La adoración de los Reyes Magos, de Jan Bruegel El Viejo, 1564. National Gallery, Londres

No conozco de nada a Jesús Zamora Bonilla. Llegué a su blog por casualidad hace algún tiempo y lo instalé entre mis lecturas recurrentes sin excesiva pasión: era un blog agradable, sensato, cargado de lucidez y de bonhomía, pero sin grandes aportaciones al pensamiento contemporáneo ni desmedidas novedades epistemológicas. Me sucedía, además, que estaba de acuerdo en casi todo con él y, francamente, leer para ratificar convicciones es un ejercicio que hace tiempo me dejó de interesar. 

Cuando me incorporé a Twitter me hice seguidor suyo (@jzamorabonilla) casi de inmediato y lo he seguido siendo hasta el presente pese a que él no me corresponde, como aconseja el tácito manual de buenas prácticas de esta particular red social. Lo mismo: un discurso de tercera cultura sensato por encima de todo. 

Cómo llegué a su novela

Un buen día, don Jesús empezó a decir que había escrito una novela estupenda, que estaba disponible en formato ebook y que era muy barata. Me dije: No hay nadie perfecto, a este también le ha dado el síndrome del novelista naif y se ha decidido a engrosar la nutrida lista de títulos totalmente prescindibles. Esto fue hace ya tiempo y hasta que lleguemos al presente tenemos que reseñar tres hitos. 

El primero es que el autor ofreció la posibilidad de descargar gratis el primer capítulo. Yo, como saben ustedes, soy un firme partidario de que me inviten a cosas (y si no que se lo pregunten al gabinete de prensa del Teatro Real), así que no desaproveché la oportunidad: descargué el capítulo, me lo leí de un tirón y me gustó. Pero, perro viejo, me dije: un buen primer capítulo lo escribe cualquiera. El problema es sostener el nivel a lo largo de las generosas setecientas páginas que el autor se ha marcado. Y ahí lo dejé. 

El segundo hito es que empezaron a surgir comentarios de terceros, voces de gentes competentes que llamaban la atención sobre esta novela. Acostumbrado uno a las loas desatadas con que los suplementos culturales alicatan sus páginas, previamente engrasadas por los cheques de los grupos editoriales, las opiniones ajenas que no vengan de nombres muy contrastados me traen cada vez más al pairo, pero, quieras que no, algún efecto hacen aquellas a las que, sin conocerlas, es difícil encontrarles intereses ocultos. 

Y finalmente llegó el cumpleaños del autor. Ese día, don Jesús invirtió los términos de la costumbre y decidió ser él quien hiciera el regalo. Regalo que consistió, lógicamente, en la oportunidad de descargar su novela, de forma gratuita, a lo largo de ese día. 

Eran demasiadas tentaciones como para desaprovecharlas todas. Así que me lo descargué. 

Cuarenta y ocho horas después las setecientas páginas del tocho estaban despachadas y Regalo de Reyes había pasado a convertirse en la novela más importante que había leído en 2013 -por encima de Canadá, desde luego-, en una referencia imprescindible de la novela histórica y en motivo más que justificado para que les hable a ustedes de ella. 

¿Una novela histórica?

He escrito, un poco apresuradamente, que Regalo de Reyes es una novela histórica. De intriga, podría ser también. O política, incluso. Esto de la catalogación no es una ciencia exacta. Yo la considero histórica en la medida en que aborda sucesos ocurridos hace dos mil años, los relaciona con una pintura ejecutada a mediados del siglo XVI y lo narra desde varias ópticas superpuestas: un códice del siglo I, las aventuras de un grupo de arqueólogos en la Siria de los años 50, los sucesos acaecidos en la costa gaditana por aquellas mismas fechas, y la abigarrada aventura de varios personajes entrañables y dispares en un Madrid irreal perfectamente plausible de nuestros días. Sin olvidar, desde luego, un prólogo ubicado en la Polonia ocupada de los comienzos del régimen nazi. 

Lo que Zamora Bonilla consigue en primer lugar es un libro muy divertido, escrito con una prosa fulgurante y directa, cargada de precisión narrativa y de sentido del humor. (Esto, dicho así, suena fácil, pero conseguirlo no está al alcance de cualquiera). Los personajes quizá no alcancen la profundidad psicológica de los héroes shakespearianos, pero son eficaces, están vivos y se hacen querer: incluso a los malos se les entiende y a los tontos se les perdona, como debiera suceder -aunque no suceda- en la vida real. 

La trama está extraordinariamente urdida. Es una pena que, ahora, con esto del espóiler, tenga uno que cortarse de desvelarla. (El espóiler -y pido encarecidamente a mis queridas editoras que me disculpen la osadía de esta apresurada castellanización del término- no ha existido nunca en nuestra tradición y la prueba estriba en que no existe sustantivo para expresar la acción de desvelar las partes esenciales de una trama. Lo más que se decía era aquello de “no me revientes el final”, pero incluso si se hacía, nadie se escandalizaba ni se ponía solemne como sucede ahora, desde que hemos importado el término junto con Halloween y el Black Friday). Una pena, digo, porque no encuentro manera de explicarles lo bien estructurada que está la novela si no me adentro en los vericuetos de sus aconteceres. Pero lo que me importa resaltar es que no estamos ante un ejercicio de estilo o ante un esfuerzo de aficionado talentoso, sino ante un sólido edificio narrativo que se sujeta desde la primera hasta la última página con una consistencia que para sí quisieran la mayoría de las tenidas por obras mayores de nuestra literatura reciente. 

Un día de estos, con tiempo y ganas, nos adentraremos en un análisis detenido de la novela histórica. A la novela histórica le sucede como a la novela negra, que es un espléndido andamiaje sobre el que sustentar construcciones rigurosas pero que las más de las veces se utiliza para perpetrar mamarrachadas. Hoy no me puedo parar en esto porque nos desviaría demasiado. Pero es necesario que apunte que la novela histórica solo tiene sentido si se aborda desde el rigor intelectual y desde la voluntad de ayudarnos a entender el presente a la vista de acontecimientos pasados. La novela histórica no puede ser un manual de historia para vagos ni un pretexto para pasarse los hechos por el forro. 

Este espléndido Regalo de Reyes, que para mí fue un regalo de cumpleaños (del autor), merece ser enmarcado entre lo mejor del género y les invito a que se adentren, con el equipo de arqueólogos protagonistas, a indagar en algunos de los misterios, menores pero fascinantes, de nuestra actual civilización. El mito de los Reyes Magos, que acabamos de celebrar un año más, es uno de los más vigentes en nuestra cultura, y pocos le han dedicado el tiempo y la atención que se merece. Zamora Bonilla es uno de ellos y nos lo cuenta de forma magistral. 

No puedo terminar sin una última reflexión. Regalo de Reyes ha sido editado solamente en formato digital y su precio en el mercado -operaciones de marketing aparte- es inferior a los cinco euros. La editorial que presta su sello y su engranaje a esta obra pertenece a un gran grupo al que hay muchas cosas que reprocharle. Pero en este caso da muestras de una lucidez extraordinaria y pone en evidencia a otros –grandes y pequeños editores- que juegan en este asunto de la edición digital con bastante desvergüenza.

Termino: un libro espléndido, una iniciativa editorial encomiable, un autor a no perder de vista… ¿Comprenden por qué me resisto tanto a enterrarlo todo -buenos y malos, honestos y aprovechados- bajo el epígrafe general de Cultura?


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