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Redecorando el salón de casa

Durante la segunda mitad del siglo veinte el salón de una vivienda burguesa se ha estructurado en torno a dos elementos tecnológicos: el teléfono y el televisor. El primero llegó antes a la casa pero tardó en encontrar acomodo. Al principio estaba colgado de la pared, en el vestíbulo o en el pasillo, casi como una intromisión de la calle en la intimidad sagrada del hogar. Los primeros teléfonos de mesa –aquellas piezas de baquelita por las que hoy suspiran los frikis de las antiguallas- se convirtieron ya en elementos determinantes de la decoración del salón, bien que ubicados en una esquina, en posición subsidiaria. Luego vinieron las góndolas, con sus alegres colores, y luego los supletorios, que permitían hablar desde distintas habitaciones. Hasta que, ya en el colmo de la sofisticación, aparecieron los inalámbricos, que no hacían sino presagiar el actual teléfono móvil, artilugio ligado al individuo y no a la unidad familiar.

Además del teléfono y el televisor, en los hogares burgueses con levísimas esquirlas de intelectualidad los libros y las publicaciones periódicas eran también un buen elemento decorativo. Había posibilidades infinitas: una Espasa de setenta tomos no era demasiado frecuente pero, allí donde estaba, dejaba resuelto el problema de la decoración sin apenas resquicio para la duda. Los Premios Planeta han sido asombrosamente útiles para tal menester y es por eso por lo que nunca ha tenido importancia la calidad de sus interiores, en general tan deficiente. Las revistas, con sus colorines y su papel cuché, han aportado un razonable contraste de los espacios blancos. Y los diarios, marcas tan señaladas desde sus prominentes cabeceras, dotaban a cada hogar de sello ideológico distintivo.

El salón del siglo XX

Pero la primacía del salón en la segunda mitad de siglo –en el último cuarto, sobre todo, para el caso español– ha correspondido al televisor. Ha sido él el que ha presidido nuestra estructura familiar y el que ha marcado las bases de nuestros rituales cotidianos. Con sus cambios, naturalmente, con sus avances, desde aquellos tiempos de la cadena única y monocroma hasta los actuales de gritos ininteligibles y cientos de canales incontrolables.

De pronto, toda esta escenografía se viene abajo. El teléfono está en el bolsillo de cada uno y ya no es infrecuente encontrar hogares en los que no existe una línea fija telefónica o, si existe, se encuentra más ligada a internet que a la comunicación oral. Los periódicos boquean y las revistas han devenido en un artículo raro, que merece la pena leer en la sala de espera del dentista. A las enciclopedias las ha engullido la Wikipedia y, aunque el señor Lara hace como que la cosa no va con él, los anaqueles reservados a las grandes e ignoradas obras de literatura están cada vez más vacíos.

Pero el cambio más fascinante se está produciendo en el caso del televisor. Observen la pelea entre dos tendencias bien marcadas: pantallas más grandes, más amplias, más deslumbrantes, o sustitución del tradicional aparato por la pantalla de la tablet. O másespacio en el salón (incluso con necesidad de una habitación propia) o traslado a otros soportes. Aún no es fácil saber quién ganará la batalla -probablemente las dos sigan extremándose-, pero sí se pueden vislumbrar algunas tendencias a las que habrá que estar atentos.

La televisión, más viva que nunca

La primera observación en cuanto a tendencias es que la televisión no solo no lleva camino de desaparecer, sino que está más viva que nunca. Y no me refiero a los informativos, a los que les quedan, en su actual formato, un par de docenas de telediarios. Ni a los programas de entretenimiento, soeces y torpes como solo sabe serlo el target al que se dirigen. Me refiero, naturalmente, a la ficción, que el formato televisivo ha sabido traerse al siglo veintiuno con sabiduría y acierto. En un tiempo en que el cine da vueltas sobre sí mismo para intentar reencontrarse y en que la novela no tiene nada mejor que hacer que redescubrir el policiaco como el gran género moderno, es la televisión la que, con el formato de las series como soporte, está ofreciendo lo mejor de la creación contemporánea a sus audiencias. Una amiga aquejada de libritis aguda me ponía mala cara el otro día cuando yo le argumentaba todo esto, pero no hacen falta argumentos, sino títulos, para dejarlo bien sentado: Los Soprano, The Wire, Modern Family, Breacking Bad, Juego de Tronos, Roma… Es una pena que Vargas Llosa no haya tenido tiempo de ver nada de esto.

La segunda observación es que la forma de ver televisión es diferente a la que todos conocimos. Ya no hace falta reunirse en un salón para compartir el programa, ni hace falta pelear por el control del mando a distancia Cada miembro de la familia puede elegir su opción desde un dispositivo diferente. Pero, más importante aún: ya no hace falta ser esclavo de la programación: se puede decidir el momento de ver el programa favorito, se puede seleccionar un fragmento, se pueden acumular capítulos..., se puede conseguir una televisión propia y –como dicen los vendedores de regímenes de adelgazamiento- perfectamente personalizada.

Y una tercera faceta: la televisión ya no solo se ve sino que se dialoga con ella. El telespectador actual, por ejemplo, puede enfrentarse a su serie favorita conectado, por ejemplo, a Twitter, y durante el transcurso de cada capítulo, sumarse a una gran conversación en la que participan los actores, el director y los guionistas, los restantes telespectadores, los fans y los detractores, los fieles y los que pasaban por allí… El telespectador actual -usted mismo, amable lector- puede sumarse a esa conversación y decir lo que le parezca y no debe descartar que una observación mayoritaria a favor o en contra de determinados aspectos del argumento termine por incidir en el desarrollo de la trama.

Todos estos cambios -en telefonía, en libros y en televisión- están transformando nuestra manera de comunicarnos y de acercarnos al entretenimiento y la cultura, están modificando nuestras relaciones familiares y nuestro papel de receptores de creación literaria y audiovisual. ¿Para bien o para mal? Ya saben ustedes que yo no soy de amilanarme ante los cambios, pero sí hay algo que me preocupa: el salón de casa necesita una redecoración urgente.


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