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Recuerdo de un tipo raro

De la ciencia española del XIX ya les traje aquí una muestra y un lamento: los del gran matemático José de Echegaray, quien tuvo que dedicarse a escribir malos versos y peores dramones para ganarse el pan  que no le proporcionaban –quién lo diría ahora- ni sus cargos políticos ni su capacitación científica. Si escribir en Madrid es llorar, como quiso Larra, hacer ciencia en España en aquel periodo era, directamente, condenarse al hambre y a la marginalidad.

En los últimos decenios del siglo, en paralelo a la literaria y bien conocida Generación del 98, apareció la Generación de sabios, el nombre con el que Laín Entralgo bautizó a los pocos científicos españoles que, empeñados en sacar la cabeza hacia el exterior, consiguieron sentar algunas bases sólidas de modernidad e innovación.

El nombre clave de aquella generación fue, naturalmente, Santiago Ramón y Cajal, un tipo insólito, de esos que solo aparecen  muy de tarde en tarde, no se sabe si por casualidad o por milagro, y en el que se dieron un cúmulo de circunstancias extraordinarias –capacidad, entorno, empeño, casualidades- que hicieron posible sus excelentes resultados y su triunfo personal.

Pero en aquella generación de científicos más o menos sabios –porque la denominación no dejaba de ser algo hiperbólica-, hay también un nombre que hoy resulta tan desconocido como atractivo y al que conviene dedicar unas líneas y una reflexión.

Un granadino en Madrid

Federico Olóriz repartió los 56 años de su vida entre tres poblaciones: Granada, donde nació, estudió e inició su carrera de Medicina; Madrid, donde ejerció como catedrático de Anatomía y como estudioso de diversas disciplinas; y Miraflores de la Sierra, la localidad de la sierra madrileña que eligió para pasar sus vacaciones estivales, huyendo, con su numerosa y enfermiza familia, del insoportable verano de la capital.

Pese a que no salió de España prácticamente para nada, el nombre del doctor Olóriz se vincula a una de las disciplinas punteras en todo el mundo civilizado de la segunda mitad del siglo diecinueve y casi todo el veinte: la antropología. Como disciplina independiente de las ciencias naturales, la antropología nació y se desarrolló casi simultáneamente en un tiempo récord en los ámbitos académicos de todas las grandes potencias de la época (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Alemania) al hilo del interés cada vez mayor por las ciencias aplicadas y por el estudio de los seres humanos desde una óptica biológica, histórica y cultural. Este interés científico, descriptivo y analítico, que había tenido en Darwin su mejor exponente, venía  favorecido por la cada vez mayor laicidad del mundo desarrollado y por la complejidad de unas sociedades en las que la revolución industrial y el colonialismo habían introducido factores nuevos y poco conocidos.

De todo este lío, que revolucionó el pensamiento humanístico hasta extremos poco antes impensables, España ni se enteró. Andaba este país, como suele, con sus propios enredos metafísicos, con sus ayes de siempre y con su política de vuelo corto, y en la Universidad bastante tenían con seguir dilucidando, Santo Tomás en ristre, las potencias del alma.

Conviene decir estas cosas y ponerlas en contexto para entender el coraje y la intuición del doctor Olóriz adentrándose en el terreno, aún muy pantanoso, de la antropología física, la rama de la nueva disciplina más ligada a los aspectos estrictamente biológicos del ser humano. Para un especialista en anatomía con ganas de investigar, la antropología física era una tentación  difícil de resistir porque le permitiría salir de las limitaciones  estrictamente médicas de su especialidad –estudio de los huesos, de los músculos y su movilidad: interesante pero conocido- para adentrarse en un territorio en el que por aquel entonces aún estaba todo por descubrir.

Policía científica

Sus estudios sobre el índice cefálico en España, que le obligan a viajar por todo el territorio,  lo convierten en un pionero del trabajo de campo y del análisis estadístico aplicado a  las ciencias sociales. Lo mismo ocurre con su trabajo sobre la epidemia de cólera en Granada y, más importante aún, con su ingreso en la Academia de Medicina en 1896, donde leyó un discurso titulado La talla humana en España, para cuya realización tomó medidas antropométricas de 7.396 varones vivos, 502 mujeres vivas y 200 cadáveres. Un modelo de investigación que hoy nos puede parecer incluso insuficiente, pero que en su día abrió novedosas vías de trabajo basadas en evidencias.

Pese a que Olóriz dedicó casi todo su esfuerzo a la ciencia especulativa, su nombre ha quedado definitivamente ligado a un descubrimiento funcional: el uso de la huella dactilar como sistema de reconocimiento. Aunque en otros países se había empezado ya a trabajar en esta dirección, fue el sistema Olóriz el que sirvió para clasificar y categorizar las marcas de las yemas de los dedos, estableciendo así un método de reconocimiento casi infalible que ha llegado hasta nuestros actuales documentos de identidad. Este interés práctico en la identificación de individuos convirtió a Olóriz en profesor de la Escuela de Policía y en el pionero español de la actual policía científica.

Pero decíamos al principio que nuestro buen doctor, y su numerosa familia, no soportaban bien los calores madrileños y pronto adquirió la costumbre de recluirse en Miraflores de la Sierra. Llama la atención esta querencia toda vez que los Olóriz no tenían ningún vínculo con aquel municipio y trasladarse a él, en los vehículos y por los caminos de la época, llevaba la friolera de once horas. El caso es que allí se acomodaba la familia desde julio a septiembre, que allí compró una casa y que incluso lio a su amigo Ramón y Cajal para que adquiriera la de al lado para pasar juntos el estío y echar partidas de ajedrez como la que ilustra la foto. Allí, Federico Olóriz realizó en 1896 una de sus características investigaciones antropológicas, Estadística de Fecundidad en Miraflores de la Sierra 1896, cuya edición facsimilar acaba de ser publicada por la Universidad de Granada y el Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra. Lo editado, lo que se conoce sobre el trabajo, es solo la encuesta de población y sus datos numéricos. Olóriz no hizo públicos sus resultados ni se refirió a ellos en ningún momento, por lo que se ignora si estaba insatisfecho con ellos o si tenía previsto continuar la investigación. Pero el librito, que recogí gratuitamente en la casa de cultura del municipio serrano al pie de una breve pero sentida exposición sobre el personaje, es un fascinante ejemplo de un tipo muy raro, empeñado, en la España del XIX, en trabajar con datos y no con opiniones.


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